Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, noviembre 23, 2017
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El jardinero infiel 

“No son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino”

Confucio

Como cada 11 de septiembre, Cataluña celebra la Diada o fiesta de la comunidad. Se conmemora la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas al mando del duque de Berwick durante la Guerra de Sucesión Española el 11 de septiembre de 1714, tras catorce meses de sitio. Esta victoria conllevó la abolición de las instituciones catalanas tras la promulgación de los Decretos de Nueva Planta, en 1716.

Es por eso que la Diada tiene cada año un carácter reivindicativo y entre los diferentes actos que se programan siempre hay manifestaciones.

Este año, dado el clima en el que se ha instalado el Gobierno de la comunidad y una buena parte de sus representantes políticos, cabe pensar que las reivindicaciones pueden desarrollarse en una atmósfera de preocupante agitación, como manifestación de fuerza frente al Estado de la Nación, en demanda de la independencia.

Adelantándose a estos posibles actos y como aviso a navegante, el Presidente del Gobierno ha dicho en en Zaragoza:

“En democracia no llega más lejos quien más corre, sino quien no se desvía del buen camino”.    “Lo importante es ganar, y a partir de ahí, hacerlo de la forma más elegante, más educada, con los menores costes posibles. Tiene que ganar España”

La mayor parte de los españoles se preguntan alarmados ¿Cómo es posible haber llegado a esta situación?

Nada en la naturaleza ocurre sin una razón. Las acciones de una sociedad, son el fruto de una idea —verdadera o falsa— que al igual que la semilla en la tierra, germina en nuestro cerebro y finalmente nos mueve a manifestarnos en un determinado sentido.

Si en los últimos dos años, los separatistas catalanes vienen anunciando su proyecto, y paso a paso han ido cumpliendo su hoja de ruta ¿Por qué el gran poder del Estado ha permitido llegar a la situación extrema en la que nos encontramos? ¿Por qué se ha permitido que España hiciera un impresentable ridículo permitiendo la charlotada del 9-N? ¿Por qué se ha permitido qué el dinero que no tenía el Gobierno catalán, que nadie les prestaba y que al final ha salido de los impuestos de todos los españoles —incluidos los catalanes—, se destinara, no a solucionar los problemas básicos y fundamentales de la comunidad, sino a planificar, fomentar, publicitar y financiar la situación extremadamente crítica a la que hemos llegado? ¿Por qué durante tantísimos años el Estado ha permitido que en Cataluña se hiciera caso omiso de las leyes vigentes? ¿Por qué sabiendo en qué se estaba despilfarrando el dinero que deberían destinar a las competencias que les estaban transferidas, se invertía en actividades que no eran de su competencia y se destinaban a sustentar su proyecto independentista? ¿Por qué se ha permitido que su deuda con el Estado ascienda a 75.000 millones de euros, en detrimento de todos los españoles —incluidos los propios catalanes— y que ya han dicho que no piensan devolver, ni el Estado se atreverá nunca a intentar recuperar?

La lista de los “¿Por qué?” podría hacerse interminable.

¿Es que el Estado no se enteraba de lo que pasaba? ¿De qué le sirven entonces los costosísimos —pero necesarios— servicios de inteligencia?

El/los Gobierno/s era/n perfectamente consciente/s de lo que ocurría en Cataluña, no desde hace dos años, sino desde hacía décadas, y si se ha llegado a la vergonzosa situación por la que estamos atravesando, no ha sido por otro motivo que por su permanente incomparecencia.

Sería injusto culpar de esta falta de presencia solo a Mariano Rajoy.

El presidente Rodríguez Zapatero, no solo no compareció, sino que alentó un estatuto catalán que nadie había pedido y que tan nefastas consecuencias ha originado. «Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán» (2003).

José María Aznar decapitó políticamente a Alejo Vidal Quadras por deseo del expresidente catalán Jordi Pujol, que puso su “desaparición de la escena política” como una de las condiciones para sellar en 1996 el pacto del Majestic, y ser relevado por un “nacionalista” como Josep Piqué. Con esta acción, Aznar, prácticamente, hizo desaparecer de Cataluña al PP. Pujol ha revelado, en el último volumen de sus memorias, las condiciones que impuso a Aznar para firmar el pacto del Majestic, entre ellas poner fin a los ataques contra el catalán y a la “agresividad” de Vidal Quadras.

Por su parte, desde su ascenso al poder, Felipe González estableció una comunicación directa y permanente con Jordi Pujol para abordar los problemas derivados del desarrollo autonómico de Cataluña: el problema de las cofradías de pescadores, el despliegue de la Policía catalana y el consabido desarrollo estatutario. La relación fluida entre Felipe González y Jordi Pujol facilitó los pactos que alcanzaron en 1993. Fue en el transcurso de esta fluida relación entre los dos mandatarios, cuando en junio de 1986, la carrera de Pujol pudo llegar a su fin. Los por entonces fiscales Mena y Villarejo presentaron la petición de procesamiento de los dieciocho antiguos consejeros de Banca Catalana, entre los que se encontraba Pujol, por presuntos delitos de apropiación indebida, falsedad en documento público y mercantil y maquinación para alterar el precio de las cosas.

A pesar de esta grave acusación por parte de la Fiscalía, en una resolución de marzo de 1990, la Audiencia de Barcelona decretó el sobreseimiento definitivo de la acusación contra Pujol, aunque reconocía que la gestión había sido «desastrosa».

Felipe González fue acusado por el exfiscal Carlos Jiménez Villarejo, de ser cómplice y «encubridor» del expresidente autonómico, al no trasladar la causa a Madrid, al tiempo que denunciaba que los fiscales generales nombrados por el PSOE, le prohibieron investigar en los años 80 y principios de los 90 al expresidente de la Generalidad, Jordi Pujol.

Estos casos ilustran muy claramente como la histórica animadversión existente entre PSOE y PP, ha impedido que supieran distinguir entre el adversario y el enemigo. Durante 35 años, ambos partidos han estado alimentando a la bestia del nacionalismo, requiriendo su apoyo parlamentario cuando sus escaños en el parlamento español, no eran suficientes para gobernar.

De ahí la incomparecencia del Estado en Cataluña, cuando el nacionalismo cometía los desafueros de todos conocidos. De ahí la orfandad de los ciudadanos que se sienten tan catalanes como españoles, y a los que ahora se les pide que se manifiesten en contra del fruto, que por activa y por pasiva, han labrado entre todos los políticos que nos han desgobernado. De ahí la fractura producida en la sociedad.

¿Por qué nos rasgamos las vestiduras ahora por los acontecimientos que se están produciendo en Cataluña, si durante casi cuatro décadas se ha pretendido ignorar, como en las aulas, generación tras generación, se ha venido adoctrinando a los alumnos y sembrando en sus mentes un sentimiento antiespañol?

La perniciosa semilla del nacionalismo que se plantó en su momento, se dejó que germinara, se la ha venido abonando a conveniencia de cada uno de los sucesivos jardineros infieles y por fin, con el paso del tiempo, ha fructificado y se ha reproducido por la irresponsabilidad del cultivador.

Con la semilla de la independencia, a los catalanes se les ha prometido, poco menos que el jardín del paraíso. Pero… ¡Cuidado! Porque hay semillas que acarrean la ruina. El jardinero sabe, que en ocasiones, las flores más bellas, son las más peligrosas.

 César Valdeolmillos Alonso

 

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