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Monumento de Bikernieku 

¡Tierra, no cubras tú mi sangre, y no quede en secreto mi clamor! (Job 16,18).

Con éstas palabras, escritas blanco sobre mármol negro en cuatro idiomas: hebreo, letón, alemán y ruso, se ha levantado el Monumento al holocausto judío en Bikernieku (Rīgā) (1).

Las víctimas del nazismo han sido principalmente hombres, mujeres y niños judíos procedentes de Letonia y del centro de Europa. También prisioneros rusos, y políticos disidentes.

Muchas piedras sin tallar hacen de pequeños dólmenes funerarios y pequeñas placas con los nombres, no de los difuntos, unos 1.000 de entre los 20.000 prisioneros que albergó el lugar desde el año 1941 a 1944, sino de sus ciudades de origen.(2)

Es un Memorial Público, allí donde los verdugos escogieron lo más recóndito de los bosques de Letonia, para esconder sus crímenes.

Los estudiosos se preguntan: ¿por qué la elección de estas dos naciones, Letonia y Lituania, para sembrarlas de tumbas en lo profundo de los bosques, o en las orillas del mar (Palanga)?

Gn 4, 10: Caín, ¿qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.

“La relación con el Infinito, es la responsabilidad de un mortal por un mortal.” (3).

La locura, el alcoholismo, la vida errante, la desesperación, fueron la consecuencia con que se enfrentaron quienes participaron activamente en estos hechos.

Otros, abriéndose al arrepentimiento, reconocieron su culpa.

Eran fríamente exterminados por sus verdugos que utilizaban como instrumentos letales, no el gas tóxico, no el horno crematorio, sino el trabajo extenuante para cavar fosas comunes, el rechazo de asistencia humanitaria en las enfermedades, la debilidad de los largos desplazamientos a pie entre la nieve y el frío polar, la tortura, el tiro en la nuca, la sordera frente a madres que reclamaban recuperar a sus hijos de pecho, el estupor de los niños y los viejos ante el odio irracional, o ante la tierra madre que habría sus entrañas para recuperar lo suyo. El grito, sofocado; los ojos, sin luz, inexpresivos, cegados por el espanto.

Y las copas de los pinos tocando el cielo; y los rayos del sol que nace, sube y muere; y los pájaros que no cejan de cantar con sus trinos a la Vida; y la frescura y el aroma de la espesura del bosque; y la fuerza religiosa del eco del “Shemá Israel” recitado para morir alabando a Dios; y la muerte de algunos que eran cristianos.

Yo, la verdad, no he sabido rezar ahí, solo mirar, escuchar, fotografiar, y caminar más de una hora perdido en el bosque por senderos de tierra, hasta toparme con pistas modernas de asfalto para patines, bicis, hacer footing, o ir al paso, como yo.

Me ha regresado la esperanza al día siguiente, en la primera Misa. La Pascua ahora es también “esto”: un pan ácimo de la aflicción tomado por Cristo para pronunciar: Esto”, es mi CuerpoÉsta”, es mi Sangre por la que somos recibidos en la Tierra Prometida.

Digo con Jeremías: ¡hermanos de este lugar, huesos, barro, polvo: Adam!

¡Verdaderamente, Cristo ha resucitado! Esta es la fe de Iglesia, es mi fe: ¡Resurrexit!

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA, QUIEN CREE EN MÍ AUNQUE MUERA VIVIRÁ. (Jn 11, 25).

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ¡¡ven Señor Jesús!!

Hoy rezo los Salmos 10 y 12 del Oficio, recordando la kippa que cubre el montón de piedrecitas del Memorial, puesta ahí como frágil símbolo del alma y de la identidad de un Pueblo. El Pueblo que, en vida o en muerte, con cantos de alegría o gritos de lamentación, ha sido creado por Dios para ser Alabanza de su Nombre.

Antífona: ¡Tierra, no cubras tú mi sangre, y no quedará en secreto mi clamor! (Job 16,18).

(1) Rurmala, Salaspils, Sarkandaugava, el ghetto de Riga, y muchos otros lugares en Letonia conservan el Testamento de aquellos que, conscientemente o no, dieron la vida por la redención del mundo.

(2) Wikipedia. Las víctimas del nazismo en Letonia, oscilan entre 40 a 70.000.

(3) Levinas, Emmanuel, Ética e Infinito (2000).

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