Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, noviembre 23, 2017
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Aborto, ni se ve ni se nota 

Recuerdo una campaña publicitaria de los años noventa que promocionaba una determinada marca de tampones, utilizando el eslogan ni se ve, ni se nota”. Se trataba de convencer a la potencial compradora de que, aunque tuviese la regla, no pasaba nada porque con aquel producto podría hacer vida normal, ya que nadie vería nada y nadie notaría nada; de hecho, ¡ni siquiera ella lo notaría! Podría montar a caballo, bañarse en el mar, correr… todo con una gran sonrisa, la piel tersa y bronceada junto con un brillo especial en sus negros ojos.

En el fondo, como en tantos otros ámbitos de nuestra vida social, el mensaje que se daba no era otro que “eres lo que sientes”; una gran mentira que cualquier mujer en edad fértil puede corroborar si uno le pregunta. Y es que ningún tampón, compresa o copa menstrual puede cambiar la realidad de lo que es, en esencia, la menstruación: un proceso biológico que ocurre en el cuerpo de la mujer, por el cual el endometrio cae en forma de sangrado, al no haberse producido ese mes la fecundación del óvulo por un espermatozoide. La “cuna” que la naturaleza había preparado para acoger una nueva vida, se deshace al no acudir ese mes el candidato a la cita.

Lo cierto es que, preguntando a las mujeres que tengo alrededor cómo se sienten cuando llega ese antipático momento del mes, todas coinciden en que no es algo en absoluto agradable y les afecta tanto por medio del dolor físico como en el plano afectivo: ¿o no hay cambios de humor relacionados con el ciclo? Por más que la publicidad la vista de seda… la regla se queda.

la preocupante sociedad de los tibios

Algo parecido ocurre en Occidente, en España, con el tan traído y llevado asunto del aborto. Que si la Ley lo permite o no, que si plazos, que si supuestos, que si es cuestión de consenso… Quienes ganan dinero con el oscuro negocio del aborto invierten mucho en publicidad; no diseñando carteles ni produciendo spots, sino haciendo suyo el lema de aquella campaña: “ni se ve, ni se nota”. Como su fuente de ingresos está directamente relacionada con el mundo de la contracepción —así lo reconoció la propia fundadora de la IPPF, Margaret Sanger, al explicar que a más relaciones “de riesgo”, más anticonceptivos, más abortos y de ahí nuevos anticonceptivos, etc.— no hace falta publicitar los centros abortistas. Va de suyo que, “si todo falla, no me queda otra que abortar”. Pero… “¡tranquila, mujer!” —se encargan lo abortistas de prometerte— “… ni se ve ni se nota… es limpio, rápido, no duele… son menos de diez minutos y te vas a tu casa con tu chico… ¡Es como una pequeña regla…!”. Eso sí: pasando por caja. Tú y tu hijo les importáis un pimiento. De verdad: solo buscan tu dinero.

Lo propio del aborto —seamos claros— es la muerte: la muerte del niño que una mujer, la mayor parte de las veces engañada, forzada o inconsciente, lleva en sus entrañas. ¡Son tantas y tantas las cosas que el mundo se pierde cada vez que un niño es abortado…! Y con el niño muere una parte de su madre: porque es mentira —y de las grandes— que a ella no le pase nada. Por supuesto que es mentira. Y a quien no se lo crea, le invito a contactar con REDMADRE para conocer de primera mano los testimonios de quienes pasaron por un aborto provocado. No se quedarán indiferentes ante la verdad de esta tragedia.

Nuestra sociedad, tan insolidaria como autocomplaciente, nos invita a mirar hipócritamente hacia otro lado, sacando de las chistera estupideces como esa de “… yo no estoy a favor del aborto, pero que cada uno haga lo que quiera; a nadie se le obliga a abortar…”. ¿Por qué? Muy sencillo: porque vivimos en una sociedad que hace mucho perdió su sentido y razón de ser: estar al servicio de las personas. Y se ha convertido en una especie de tibia y pegajosa melaza en la que casi nadie se moja por nadie; en la que reina un patético individualismo comodón. En la que aquello de “dar la vida” nos suena a película o, como mucho, a noticia del telediario que les toca hacer a otros —pobrecillos—, a quienes unos malos muy malos les cortan la cabeza. “¡Uff, qué mal está todo!” es lo más que acertamos a decir en demasiadas ocasiones, esperando que algún día llegue un inexistente mesías político y lo arregle, para poder seguir viviendo en paz.

importancia de la formación remota

Pero no; no nos engañemos. En la batalla entre la Vida y la Muerte, entre la Verdad y la Mentira, entre la Belleza y la Fealdad, entre el Bien y el Mal, no hay sitio para los neutrales; no cabe ser imparcial. Y mientras la apetecible publicidad de la cultura de la muerte nos siga engolosinando con el buenrollismo de lo políticamente correcto, desgraciadamente estaremos del lado de los que no protegen ni defienden ni a la mujer ni a su hijo.

“¿Qué puedo hacer?”. No, la pregunta clave no es esa, sino “¿quién soy? ¿quién debo ser?”. Solo acertando y asumiendo la respuesta correcta, estaremos en disposición de aportar soluciones. Y no porque seamos valientes, más o menos virtuosos o con vocación de Supermán; sino porque reconociendo nuestra debilidad, nuestra vulnerabilidad y nuestra herida, podremos ser un instrumento útil en manos de Aquel que sana las heridas y transfigura los corazones. Y sin necesidad de apuntarse a una ONG, porque ser provida no es cuestión de activismo, sino de actitud: sensibilidad ante el sufrimiento, misericordia en lugar de juicio, fortaleza para perseverar ante las contrariedades y firmeza para afrontar las situaciones complicadas. Todo, desde la verdad… con caridad.

Para terminar, una idea fundamental para los padres: plantearse el aborto no es más que la punta del iceberg de lo que sucede en la vida de una persona; es la consecuencia de unos problemas, no el problema en sí. Cuando una chica, un chico, llegan a esto, es porque han recorrido todo un camino de búsqueda afectiva a lo largo del cual la herida de desamor ha sido la única gran protagonista. Evitar un aborto in extremis es una solución —necesaria— de emergencia. Pero hay que llegar antes: hay que saber amar a los hijos para poder educarles; hay que educar su afectividad y su sexualidad desde la cuna para enseñarles a amar. Y esa es nuestra tarea como padres.

Pero, ¿cómo hacerlo?:

  • Amándonos antes nosotros para que tengan un claro modelo de masculinidad y feminidad; para que viéndonos aprendan a amar, sabiendo que el mejor amor a los hijos es un fruto del amor conyugal.
  • Pasando tiempo con nuestros hijos: hay un tiempo para estar, un tiempo para hablar y un tiempo para… ¡escuchar! Tiempo para corregir y para educar su libertad.
  • Contando con ellos en las decisiones en las que pueden y deben participar. Darles las gracias. No juzgarles. Confiar en ellos. No dar nada por supuesto. Pedirles perdón.

La familia, escuela de amor, entendida como el entorno en el que enseñamos a nuestros hijos a ser persona, es sin duda la mejor “prevención” ante un embarazo imprevisto y, llegado el caso, ante un posible aborto. La familia que actúa, que está; la familia que sí se ve y sí se nota. Porque el amor puede más que la muerte.

Rafael Lozano
Director Asociación REDMADRE Madrid

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