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Adoratrices, Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad 

En la Tienda del Encuentro

Nos cuenta Jesús que el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso celebrar el banquete de bodas de su hijo, pero los invitados lo despreciaron. Mandó, pues, a sus criados a los cruces de los caminos, a las plazas y las calles para que todos aquellos con los que se encontraran, pobres o lisiados, ciegos o cojos, entraran al convite. Ninguno sería rechazado por proceder de veredas tortuosas; todos serían atendidos como invitados de gran distinción. Dos mil años después la parábola sigue cobrando vida; las Adoratrices, como tantas órdenes, congregaciones e institutos seglares de la Iglesia, son los sirvientes que buscan a quienes —en este caso, mujeres—deambulan por senderos jalonados de dolor y tormento. Les lavan los pies, les vendan las heridas, les ponen un traje de gala y les conducen hasta el Padre.

Las Adoratrices, Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad es una congregación religiosa integrada por más de mil hermanas, y extendida en veintitrés países de Europa, América, Asia y África. Visitamos en Madrid la Casa Madre, donde reside una comunidad de nueve adoratrices. En su capilla resalta la belleza singular del Sagrario, adornado con dos puertas; la segunda de ellas es de cristal de roca decorado con las joyas de Santa María Micaela, aquellas de las que se desprendió cuando se consagró al Señor y fundó la congregación. Su carisma es de “adoración y liberación”, es decir, adorar la Eucaristía y rehabilitar a las chicas —como ellas llaman a las mujeres (adultas, adolescentes, madres con hijos…) que se encuentran en contextos de prostitución y trata, y/o riesgo de exclusión social, violencia de género, drogas, etc.— para poner fin a su discriminación. «Como Adoratrices, luchamos a favor de las mujeres y de los derechos a tener una vida digna, y esto no lo decimos nosotras; lo dice Jesucristo. Somos tan reivindicativas como Él», apunta la Hermana Pilar.

Su fundadora es Santa Mª Micaela del Santísimo Sacramento (Madrid, 1809), una mujer revolucionaria que quiso dar a sus coetáneas una presencia que se le negaba. En 1848 es tan consciente de la misión a la que Dios le llama —puesto que ya había empezado a atender a mujeres en prostitución— que ella misma escribe sobre Jesucristo: «Lo vi tan grande, tan poderoso, tan amante, que decidí no servir más que a un solo Señor, que todo lo reúne para colmar mi corazón». En 1856 nace la congregación a partir de una pequeña comunidad de hermanas “samaritanas” que, como ella, ofrecen su vida a la mujer asaltada y herida que yace, indefensa, al borde del camino. «Lo que más me llama la atención de la Santa es su mirada tan actual sobre los derechos de las mujeres, y eso que nació y vivió en el siglo XIX», afirma la hermana.

la caridad como imperativo

Y es que sus inicios se remontan a cuando Micaela Desmaissières y López de Dicastillo, joven de una noble y acomodada familia, en una visita a enfermos del Hospital San Juan de Dios de Madrid se topa con una mujer a la que han engañado y obligado a prostituirse. Este hecho le deja tan profunda huella que decide volcarse en su ayuda. «Dos siglos después ha cambiado la forma pero no el contenido: en muchos ambientes y culturas las mujeres tienen que seguir defendiendo su lugar. Parece obvio que a igual formación, igual trabajo, igual sueldo, igual reconocimiento, pero todavía se tiene que recordar esto», asevera la Hermana Pilar.

Pese a que este interés por la mujer desprotegida le supuso el calificativo de loca, Micaela persiste en su empeño, sin importarle las trabas que se encuentra a su paso. «Sigue con la misión desde su visión de un Cristo liberador, de un Cristo resucitado, vivo, presente en la historia. La Santa nos manda estudiar las “inclinaciones, maneras y gestos” de cada chica, para saber qué les gusta hacer y qué pueden hacer. Se trata, pues, de apoyar a las mujeres para que sean capaces de llegar adonde puedan, y todo esto gratis. “Hacedlo gratis, que cuando el mundo os lo pague, lo habréis perdido todo”, nos dice en las Constituciones. Aquí no está hablando de dinero —puntualiza la Hermana Pilar— sino de la capacidad de las Adoratrices de ser gratuitas, de hacerlo porque creemos en Jesucristo». Fue canonizada por Pío XI en 1934.

Aparte de las hermanas, existen equipos profesionales muy organizados y estructurados (psicólogos, trabajadores sociales, educadores, etc.) para llevar a cabo proyectos desde los que se ha atendido a más de dos mil mujeres en España y más de nueve mil en todo el mundo, sobre todo en América Latina e India. Si bien el grueso de la labor se orienta a las mujeres en contextos de prostitución, las Adoratrices también disponen de doce colegios repartidos por España y de unas cuantas residencias universitarias. «Nuestro personal tiene los mismos valores de la Eucaristía: la acogida, la solidaridad, el no enjuiciar lo que vemos externamente…».

Dios elige el mimbre para formar el cesto

La llamada de cada hermana a la vocación específica de adoratriz es todo un misterio. Dios saca a los suyos de la multitud y les encomienda una misión concreta en el compromiso evangélico de amar y servir a Dios y a los hombres. El trabajo es duro, pero el Espíritu Santo no deja de aletear en quienes lo reciben y aceptan.

La Hermana Pilar, barcelonesa de 54 años, es también la directora general de la Fundación Amaranta, creada en el 2006 por las Religiosas Adoratrices para reforzar, apoyar y cohesionar la obra social en todos los puntos donde la congregación está presente. «Yo soy una chica de parroquia con una inquietud desde siempre por lo social, tema muy presente en mi casa. Fui al colegio de las Adoratrices de Badalona y allí me dieron a conocer a un Cristo liberador. En ese ambiente de adoración y servicio sentí que Jesucristo me llamaba a seguirle. La vida no es solamente lo que hacemos, es lo que somos, y la vida religiosa es muy enriquecedora. Soy una mujer, soy adoratriz, vivo con libertad ¡y tengo votos! Un día concreto sentí que Dios me quería en un lugar concreto y hoy, treinta y cuatro años después, sigo estando en mi aquí y en mi ahora, porque me siento profundamente enamorada de Jesucristo. La vida está llena de puntos negros pero lo que importa es que tengan sentido y que los puntos de luz den una mirada completa».

La Hermana Rogelia es leonesa y está encargada de la portería y de la sacristía. «Mi hermana me aconsejó conocer a las Adoratrices y recién cumplidos los dieciocho años entré en la congregación. Llevo cuarenta y cuatro años de religiosa y estoy feliz de haber servido a Dios en los hermanos más necesitados. Ahora, por mi edad, no tengo un apostolado concreto con las mujeres, sino que ayudo a que otras hermanas puedan atenderlas. En todos esos años de trabajo con las chicas, o bien íbamos a los barrios y a las cárceles en su busca, o bien era la misma Policía la que nos las traía. Procurábamos que tuvieran una formación y una vida de piedad. Eran chicas con vidas destrozadas, que han podido salir adelante. En Oviedo atendía a chicas de Colombia, Venezuela, que venían engañadas a España con droga, las pillaban y sufrían condenas de siete o nueve años de cárcel. Cuando conseguían la libertad condicional nos las llevábamos a casa para prevenirlas de las malas compañías y enseñarles un oficio. Para ser adoratriz solo hace falta tener vocación. Si Dios te elige ya te dará la fuerza para ello como me la ha dado a mí».

En el convento de las Adoratrices de Guadalajara, mandado construir por la sobrina de Santa Micaela, Doña Diega, duquesa de Sevillano, viven actualmente una comunidad de cuarenta hermanas mayores, muchas de ellas nonagenarias, con edades comprendidas entre los 95 años de la Hermana Gregoria y los 70 de la Hermana Carmen María. El año pasado murió una hermana con 105 años y el anterior otra con 106. Al lado del convento se encuentra el colegio Niña María, también de las Adoratrices, donde vive otra comunidad.

La Hermana Luz Divina es de San Martín del Castañar (Salamanca). «Cuando Dios llama, uno no puede resistirse. Dejé a mi madre en una silla de ruedas y me vine al convento. Yo sabía que mi sitio era estar con las Adoratrices y que Dios cuidaría de mis padres mejor que yo. ¡Y así ha sido! El Señor nos ha hecho pasar mucho pero todo lo ha hecho bien. ¡Le doy gracias por la aceptación y conformidad a su voluntad! He sido muy feliz. Lo que me llena es la Eucaristía y las chicas. Dice la Santa que por las chicas daría su vida y yo creo que cualquier adoratriz haría igual».

La Hermana Elvira tiene 93 años y es de Madrid. «Hemos sido cuatro hermanos: dos jesuitas, uno casado y yo, religiosa. En el hogar que tuvimos nos dieron a conocer que el amor a Dios y al prójimo va unido. Además, teníamos una tía monja Reparadora y al visitarla sentía que me atraía la vida religiosa. Cuando le conté a mi madre la vocación, dijo: “Dios me la ha dado, si Él me la ha pedido, ¡no me puedo negar!”, y Él le premió ese acto de generosidad porque luego estuve acompañándola hasta su muerte. ¡Después de sesenta y nueve años sigo felicísima de ser adoratriz!, de hacer el bien y de ayudar a la juventud, pues yo podría haber sido cualquiera de estas muchachas. En muchos momentos me he sentido impotente, pero tenemos el Sagrario, que nos hace salir renovadas. Ya dijo nuestra Santa que la adoración es imprescindible para coger fuerzas. El trabajo ha sido mucho y muy duro pero cuando nos visitan las chicas, que hoy son abuelas, se nos llena el alma. En algunas, incluso ha habido vocaciones».

La Hermana Modesta tiene 91 años y es alcarreña, de Valdesaz. «Estudié Magisterio y cuando gané las oposiciones para maestra del Estado me mandaron a un pueblo cerca de Sigüenza. Estuve unos meses, pero como ya tenía el comecome de la vocación, escribí una carta renunciando a mi plaza para marcharme de religiosa. Nadie lo sabía y pensé: “Cuando suelte la bomba va a ser tremendo”. Ocho días antes de entrar se lo conté a mi madre. “¡Pero si yo te dejo estar en la Iglesia el tiempo que quieras!, me decía. “Eso no me basta”, le contestaba yo. Luego, al verme tan feliz se fue contentando».

La Hermana Ana María nació hace 91 años en Zafra (Badajoz). «Me eduqué con monjas y agradecí lo que hicieron por mí, ¡pero ser monja para otra! ¡Me horripilaba! Sin embargo, todas las cosas divertidas del mundo: alternar, los bailes, las excursiones… me dejaban descontenta, y en cambio, cuando asistía a las reuniones de los Padres del Corazón de María y veía a tantos seminaristas jóvenes entregados a la causa de Cristo, me enternecía. ¡Ahí empezó la vocación rotunda a Dios! Un sacerdote me dio a leer la vida de Santa Micaela y tuve claro seguir a Cristo como adoratriz. Estuve veintinueve años en Londres trabajando mucho por las chicas. La mayoría eran españolas que estaban solas, sin dinero y con situaciones muy complicadas. Muchas llegaban con la intención de abortar y al final no lo hacían. Algunas nos las traían porque querían tirarse al Támesis».

El hecho de desplazarse en silla de ruedas no le es impedimento a la Hermana Ana María para moverse con facilidad por los pasillos y las estancias de la casa. «Como ha sido chófer tantos años, se maneja muy bien con este auto sin gasolina», bromean las hermanas.

La Hermana Paulina es la sacristana. Nació hace 77 años en Alcoy (Alicante) y por la felicidad de su semblante podemos adivinar que la consagración a Dios y a las chicas le llena plenamente. «A mi padre lo mataron en la guerra, teniendo yo pocos meses, y mi madre murió muy joven, con lo que me criaron unas tías. Un sacerdote me prestó una revista sobre las Adoratrices y me gustó tanto su carisma de adoración y liberación que pensé: “Si algún día siento la inquietud por la vida religiosa ya tengo la congregación elegida”. Y así fue. Después de cincuenta y nueve años de adoratriz sigo encantada».

 Pan que se parte y reparte

Su razón misma de existir es la vivencia de la Eucaristía, el motor que les arrastra y les mueve. Desde esta convicción profunda de que Dios actúa en la vida de las personas toman forma todos sus trabajos y proyectos. «No es posible separar nuestra presencia en la sociedad de la presencia de Dios. Es verdad que hay muchos escándalos en la Iglesia, pero ¿el ser de la Iglesia es fulanito de tal? No. El ser de la Iglesia es Jesucristo vivo en la Eucaristía —apunta la hermana Pilar—. Por eso somos mujeres consagradas a Dios que acompañamos a otras mujeres desde la creencia absoluta de que Dios está en la vida de cada uno y es independiente a nuestras propias acciones, porque a veces lo hacemos bien y a veces lo hacemos mal, pero Él siempre está».

Tras el Concilio Vaticano II se les concedió la dispensa de no vestir obligatoriamente el hábito puesto que, a la hora de acudir a determinados ambientes para rescatar a las chicas, la ropa seglar les permite pasar desapercibidas. «Aunque muchas hermanas al llegar a casa se lo ponían», cuenta la Hermana Modesta. Eran los primeros años en los que, como las chicas dejaron de llamar a sus puertas, las Adoratrices decidieron ir en su busca.

¿Cuál es su manera de actuar? La Hermana Pilar, como directora de la Fundación Amaranta, nos lo explica: «Nos acercamos en equipo de tres o cuatro personas a donde las mujeres trabajan (clubs de alterne, prostíbulos, la calle) y mantenemos una primera toma de contacto. Lo primero, les ofrecemos apoyo para cualquier necesidad en el ámbito sanitario, jurídico y psicológico. Después, les presentamos la posibilidad de vivir en centros de de atención inmediata y otros centros de acogida. La gran mayoría de las que están en contextos de prostitución vienen engañadas».

Desgraciadamente, nuestra sociedad deja a mucha gente en la cuneta. Desconocemos si algún día se podrá acabar con la lacra de la prostitución —es un “Goliath” muy difícil de derribar—, si bien, la apremiante aspiración es lograr que la dignidad del ser humano no parezca una cuestión de dinero, sino lo que es, un derecho inherente a toda persona, independientemente de sus circunstancias. «Debemos luchar para que los pobres sean menos pobres, que las condiciones de igualdad sean tales que no se pueda vender a nadie; luchar para que las leyes protejan a las personas y que todos los derechos de las mujeres sea reconocidos… A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Hablo de derechos y hablo de una mesa abierta, compartida. Porque la Iglesia es un espacio de acogida, es Eucaristía. A mí me da igual el color político, lo que queremos es que se defiendan los derechos y sean consecuentes», propugna la Hermana Pilar.

mucho ama a quien mucho se le perdona

Predicando la paciencia y la bondad de Dios, y acogiendo a cada una en su fragilidad, han sido muchas las chicas a las que las Adoratrices han prestado ayuda. De todas ellas guardan en su corazón sus nombres, su forma de ser, sus aventuras y desventuras… La Hermana Modesta recuerda con especial cariño a una que conoció estando en Roma. «Llegó de Argentina con la intención de ser artista, pero al acabarse el dinero deambulaba por las calles sin tener dónde ir. Un caballero la llevó a la Protección de la Mujer de entonces y la trabajadora social la trajo a casa. Empezamos una amistad que todavía perdura. Cada día me buscaba para hablar y que le contara cosas de Dios y de la Virgen. Un padre carmelita la orientó y cambió de vida. Hace tiempo que vive en Santo Domingo como misionera. ¡Muchas han sido evangelizadas para evangelizar!».

No es fácil ganarse el afecto de quien llega a la casa magullada por la vida. «¿Que cómo se consigue el cariño de una chica “complicada”? Dándole justamente de lo que carece, mucho amor, y siguiendo el ritmo de cada una —cuenta la Hermana Modesta—. A mí me decían: “En vista de que usted no ha sido curiosa, se lo voy a contar yo….”. Y me abrían su corazón. ¡Cuántos abusos pasaron algunas!». A la Hermana Elvira también se le endulzan los ojos al recordar sus primeros años de religiosa en Marruecos. «Teníamos allí un colegio para chicas internas y externas; les dábamos una formación muy completa. También enseñábamos a las presas a leer y escribir. Recuerdo a una joven musulmana que terminó pidiendo el bautismo y llevando a sus padres a la fe católica. ¡Hemos visto muchos milagros de conversión!», confiesa con emoción.

La Hermana Pilar nunca olvidará la contestación de una joven: «En mis primeros años de adoratriz viví con mujeres drogodependientes que venían de contextos de prostitución. Un día le dije a una: “Chica, no bebas. ¿Por qué bebes?”. Ella me dijo: “Pilar, me ofendes. ¿Tú te crees que yo puedo aguantar los diez hombres de esta noche sin beber?”».

la sola presencia ya es acogida

El amor es un boomerang que siempre vuelve a quien lo dona; esta es la compensación verdadera. El pasado mes de abril, la congregación ha sido galardonada con el Premio de Derechos Humanos Reye de España-otorgado por el Defensor del Pueblo y la Universidad de Alcalá de Henaeres, y entregado por Felipe VI-por su labor en favor de las mujeres víctimas de trata y violencia de género. Aunque muy agradecidas por este reconocimiento, para las hermanas el mejor pago es la satisfacción de llevar a cabo la misión encomendada por Dios, al margen de los resultados. <<Nuestro esfuerzo y nuestra presencia se hace por Jesucristo, que vive y está presente en la historia, y porque creemos profundamente en los derechos de las mujeres>>, sostiene la Hermana Pilar.

Las adoratrices están acostumbradas a convivir con el sufrimiento y a ver definidos los estragos del mal en el hombre, tantas veces atado a la columna de sus miserias, de sus vicios y sus debilidades. «Ocurren cosas malas porque muchas veces la persona usa mal la libertad que Dios nos da; pero Él nos quiere tanto que nos vuelve a dar otra oportunidad, y otra, y otra. Tengamos fe en Dios y esperemos lo mejor de todas las circunstancias, por malas que sean», añade confiada la Hermana Ana María.

«Cuando te arrodillas y dices: “Señor, que pase este sufrimiento para esta criatura”, y ves que no pasa, entonces uno tiene que darle la vuelta al dolor. ¿Cómo puedo estar cerca de ella para que mi acogida sea tierna, comprensiva, y que tenga la huella de Jesucristo? Nuestra fundadora decía que la acogida debe ser incondicional y de respeto total. Ante todo creo en el amor misericordioso de Dios, pero es verdad que hay gente cuyas acciones son malas y hacen mucho daño al otro. ¿Cuál es nuestra posición respecto al mal? Ya lo dijo Jesús: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”; “antes de poner una ofrenda, reconcíliate con tu hermano”; y respecto a la mesa, “invita al banquete, si no quieren ir, sal por los caminos a buscarlos”».

Las decanas de la congregación sostienen que, después de tantos años de actividad, ofrecer su vida y su oración por la labor de las hermanas es otra manera de ayudar. «La Eucaristía es nuestra Tienda del Encuentro, aunque no nos veamos. Ellas están en la primera línea de batalla y nosotras en segunda, rezando —subraya la Hermana Modesta—. Aquí estamos hasta que Dios quiera. La muerte me da un poco de respeto pero no miedo, porque sé que voy al encuentro con el Amado, que es el objetivo de nuestra vida».

Victoria Serrano Blanes
Periodista

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