Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, octubre 17, 2017
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Alcanzado por su mirada 

Pedro ha sido mirado con amor, con amor ha conocido su verdad. Por fin se ha abierto su camino al discipulado. Sabe que no ha amado a su Señor. Al llegar el momento de la decisión, lo que realmente ha pesado ha sido su propia vida.

Con esta mirada en su corazón y en su alma, ya está en condiciones de iniciar la andadura hacia su encuentro; andadura marcada más por dolores y sollozos que por pasos en ese momento histórico de su vida. Es  libre, no tiene que prometer nada o, mejor dicho, no tiene nada qué o para prometer. Es lo suficiente libre como para ser amado. La reverberación de este amor que recibe ya llegará a su tiempo como dice el salmista: “A su tiempo da el fruto” (Sl 1,3).

No se avergüenza de su desconsuelo. Hay momentos en la vida en los que contener las lágrimas no es signo de fortaleza sino de soberbia. Este momento de Pedro es especial. Vendido su Maestro y Señor por la presión tirana de su impotencia, no le quedó otra sino abrir la fuente de sus ojos, aquellos que recibieron la luz de los ojos de Dios. Mirada que cambió  sus heridas. Me explico. Herido de muerte por su incapacidad para amar, ha pasado a ser herido por el amor, ha sido alcanzado por el dardo de Dios que, sorteando sus abismos tenebrosos, lo ha devuelto a la superficie.

A estas alturas, y puesto que nos compete a todos, es bueno señalar que todo aquel que, como Pedro, conserva con mimo en su alma la mirada luminosa de Dios, puede desde su libertad y rescate devolvérsela. Digamos que cuando esto acontece, Dios asiste “perplejo y, más aún, indefenso” al expolio de su corazón: “me robaste el corazón, amada mía, con tu mirada…” Por supuesto, y es conveniente insistir, que en primer lugar brilla la mirada de Dios, mirada que parece detener el tiempo, como el de las negaciones de Pedro. Lo sanea y lo lanza a la eternidad de la que Él es Dueño y Señor. Eternidad que aletea sobre el hombre cuando, como hemos dicho, vuelve sus ojos a  aquel que le miró, el que sopló sobre él la vida que no conoce la finitud.

De esta respuesta del hombre hablamos ahora centrándonos nuevamente en Pedro. El apóstol está en espera. No han pasado muchas horas desde que el Señor le dejó con su mirada salvífica y se encaminó hacia la muerte. La tensión se hace insoportable por lo que, en un cierto momento, se dirige a sus amigos y les dice: ¡Voy a pescar! Todo está haciendo mella en su resistencia, también en la de los demás por lo que deciden acompañarle (Jn 21,3).

No pescaron nada en aquella noche, quizá ni les importaba. Es más que seguro que su corazón, su mente, su alma, no estaban tan pendientes del arte de la pesca como del crucificado, que hasta entonces parecía que no era más que un prisionero de la muerte. Las horas pasan lentas y tediosas, no hablan entre ellos. Todo se hace pesado, molesto, sórdido; donde hay desazón, todo es impertinencia, y así hasta el amanecer. Sale el sol, pero la tienda de las tinieblas se ha plantado en la barca.  

De pronto, algo como un rayo atraviesa la malla opaca de sus pensamientos. Es la Voz. “¡Muchachos!, ¿tenéis pescado? Echad la red a la derecha”. Abundancia de peces… y una mirada, la del discípulo amado con su grito alborozado: ¡Es el Señor!

Es la mirada que nace del amor. Se eleva impetuosa como la lava de un volcán incandescente. Rebosa, como ella, el cráter de lo visible hasta alcanzar lo invisible. Su fuerza no está tanto en los ojos del rostro sino en los del corazón (Ef 1,17-18). Toda alma que es capaz de mirar así al Invisible (Hb 11,27), hechiza su corazón hasta adueñarse de él… “Me robaste el corazón, amada mía”.

El Omnipotente queda desvalido, mas no se puede quejar. A fin de cuentas ha sido Él, y sólo Él, quien enseñó al alma a mirar así. Un mirar por medio del cual, como dice Orígnenes, Dios y el creyente se hacen dos en un mismo espíritu, de la misma forma que el hombre y la mujer son dos en una sola carne.

… y en la orilla se miraron

¡Es el Señor! El grito atraviesa el corazón de Pedro. No quiere saber más, nada pregunta. Siente demasiada nostalgia de la mirada de su Amado como para indagar si Juan está seguro de lo que ha visto. Tal y como está se arroja a las aguas. Cada segundo de más es un latido de amor menos.

No saltó a las aguas así, precipitadamente, para reparar o pagar su cobardía o culpa alguna. Todo, como dice Pablo, se lo había cancelado Él por medio de su sangre derramada en la cruz (Col 2,14). Se lanzó al mar porque le quemaba el amor. Sentía el deseo vital de devolver la mirada al que con tanto amor y perdón había puesto sus ojos sobre él. Se abalanza a las aguas, no sabemos si turbulentas o no que tampoco importa. Lo hizo apresuradamente como a quien le falta el aire. Llevaba, según su parecer, una eternidad navegando entre dos abismos: el de la Presencia, porque la Mirada se había dibujado indeleblemente en su alma; y el de la Ausencia, porque sus ojos, que escudriñaban ansiosos el espacio, se golpeaban contra el vacío. Pedro llevó en su carne y en su espíritu como nadie aquello que nuestros místicos dieron en llamar la noche oscura del alma: Presencia que enloquece y Ausencia que levanta los fantasmas de la incredulidad.

Presencias y Ausencias, que bien conoce toda alma enamorada como, por ejemplo, la de la esposa del Cantar de los Cantares, quien, aun habiendo robado el corazón al Amado, tiene que aprender a reconocerlo en sus Ausencias para poder crecer. ¡Cuánto saben de esto las almas realmente maduras en el Amor! A estas alturas nos viene muy bien escuchar el testimonio personal e inapreciable que nos da Orígenes justamente en su comentario al Cantar de los Cantares: “Con frecuencia –Dios es testigo- he sentido que el Esposo se me acercaba al máximo; después se iba de repente, y yo no pude encontrar lo que buscaba. De nuevo siento el deseo de su venida, y a veces él vuelve, y cuando se me ha aparecido, cuando le tengo entre las manos, se me vuelve a escapar, y una vez que se ha ido me pongo a buscarle una vez más…”

Pedro ha llegado a la orilla. También los demás con el botín arrebatado al mar. Hacen fuego, comen y se encuentran los dos. Están frente a frente. Sus miradas se cruzan. Le toca a Jesús dar el primer paso, normal, Él es el Fuerte en esta relación, viene de amarle hasta la muerte. Le mira y, como si no hubiese ningún pasado, le pregunta: ¿Pedro, me amas? Su Mirada se ha hecho Palabra de vida. No es la de quien se siente defraudado, es un lazo de amor. Jesús no está pidiendo sino dando. Le está dando la buena noticia de que ha muerto por él para confirmar-apacentar con su Amor a sus hermanos, tal y como se lo había prometido (Lc 22,31-32).

¿Me amas? Y así por tres veces. También por tres veces mira Pedro a Jesús. Sus ojos son brasas de amor aún chispeantes. Señor, ¡que si te amo! ¡Bien lo sabes! Bien sabes lo hambriento que estoy de ti, te llevo esperando una eternidad, exhausto y agotado por el deseo abrasador hasta la locura de estar contigo. Me estoy moviendo en la delgada línea que separa la vida de la muerte, la esperanza de la desesperación, por mis ansias de ti, de tu mirada, de tus palabras, de tu amor. No me preguntes si te amo; mira mis ojos y dime si existe en hombre alguno una historia de amor más sublime que la mía…, que la nuestra.  

Ese día ocurrió lo que Dios más temía, que un hombre aprendería tanto de Él que terminaría robándole el corazón, tal y como Él mismo lo había profetizado y prometido por medio del Cantar de los Cantares. Digo que ocurrió lo que más temía por simple recurso literario. A final de cuentas vino al mundo, se hizo Emmanuel, para que todo esto ocurriese.

Todos somos Pedro. A todos, al igual que a Juan, nos han esculpido en el alma ojos de águila, primero para aprender a mirar, y después para hechizar a Dios. Justamente el icono con el que se reconoce a Juan en su evangelio es un águila. Dicen los padres de la Iglesia que nadie se elevó tanto como él para poder escribir su evangelio. Digamos que así como Moisés se mantuvo fiel a Dios por la fuerza que le daba su mirar al Invisible (Hb 11,27), de Juan se dice que escribió su evangelio como quien veía al Invisible.

La mirada de Juan así como la de Pedro,  son miradas propias de las almas que han sido ganadas por el amor incondicional de Dios. Los ojos de estos hombres son capaces de traspasar lo visible… -¡Es el carpintero! (Mt 13,55)- y reconocer en él al Hijo de Dios. De la misma forma que, como dice Orígenes, son ojos capaces de traspasar lo visible de las Escrituras –la palabra escrita- y alcanzar a ver en ellas su espíritu y vida  (Jn 6,63), es decir, al Invisible.

Todos somos Pedro. Todos somos Juan. Todos tenemos escondida en nuestra alma la mirada que roba el corazón a Dios. Es cuestión de excavar en nosotros mismos hasta encontrarla. En cuanto a Dios…, a Él le toca aceptar “la osadía del alma”.

Al robar el corazón a su Amado, la esposa adquiere sus derechos de conquista. Por su parte, el Esposo, que es quien en realidad ha movido todos los hilos, cumple su cometido como tal, que es descorrer el velo que cubre el rostro de su esposa y hacerla suya: “¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! Palomas son tus ojos a través de tu velo” (Ct 4,1).

Esto es lo que hace el Señor Jesús con el velo que cubre nuestra alma, como dice Pablo (2Co 3,14). Así, cara a cara, sin nada que separe ni oculte, Dios ama al hombre, lo eleva a su altura y lo diviniza. Punto de inflexión para su divinización es la Encarnación de Dios. Acerca de ella, nos dice san León Magno que “Dios se hizo hombre para que el hombre llegase a ser Dios”.

Nuestro llegar a ser Dios no es una piadosa intuición de san León Magno o de tantos otros Padres de la Iglesia; es profecía y promesa ya acontecida en y por el Señor Jesús. Promesa y profecía que el hombre puede acariciar como don del Resucitado     (Jn 1,12-13). Es viviendo en Él, como bien testificó Pablo (Gá 2,20), que todo hombre puede experimentar, sin ningún tipo de pretensión elitista, lo que es estar en Dios.  Es un estar en el que su saber sobre Dios lo vive en una permanente y dinámica expansión, algo así como la del cosmos. Es un saber desde el alma.

Mucho de esto nos podrían decir y testimoniar tantos amigos de Dios como, por ejemplo, Jeremías, cuya alma mística tiene un especialísimo encanto para todos aquellos que se aventuran a palparla. Jeremías supo de Dios, desde su alma y desde su corazón. Y a un cierto punto, su saber se confundió, en una excelente mezcla, con el sabor de Dios y viceversa. Él mismo confidencialmente nos dice lo sabrosas que eran las palabras con las que Dios enriquecía su alma (Jr 31,25-26).

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