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Éxodo

Éxodo
“Así pues, si no te creen ni escuchan la voz por la primera señal, creerán por la segunda. Y si no creen tampoco por estas dos señales y no escuchan tu voz, tomarás agua del Río y la derramarás en el suelo; y el agua que saques del Río se convertirá en sangre sobre el suelo” (Éx 4,8-9). Como hemos podido percibir en los textos anteriores, Dios dijo a Moisés que no tiene por qué estar muy pendiente o preocupado de su propia imagen ante el pueblo; que la cuestión no es que tenga que creer o apoyarse en sí mismo sino en quien le envía. En definitiva, que Moisés es tan débil como aquellos a quienes es enviado. La imagen de su cayado convertido en serpiente, así como su mano que quedó cubierta de lepra en cuanto se la acercó al corazón, son los signos visibles de su debilidad. Tiene que ser consciente de que él no va a librar a nadie, menos aún a un pueblo entero. Será Dios, el Fuerte, el del brazo poderoso, quien doblegará a toda una nación con el Faraón al frente. Es así como los egipcios comprenderán y conocerán, aunque sea de lejos, al Dios de Israel: se presentará ante el pueblo opresor como su Rescatador, su Redentor. Redentor de Israel, he ahí uno de los nombres ... Seguir leyendo
“Y añadió Yahvé: Mete tu mano en el pecho. Metió él la mano en su pecho y cuando la volvió a sacar estaba cubierta de lepra, blanca como la nieve. Y le dijo: Vuelve a meter la mano en tu pecho. La volvió a meter y, cuando la sacó de nuevo, estaba ya como el resto de su carne” (Éx 4,6-7) Este texto contiene una alegoría catequética muy semejante a la anterior. Dios manda a Moisés que meta la mano en su pecho. A continuación le invita a sacada y resulta que estaba cubierta por la lepra. Le dice entonces que introduzca de nuevo la mano en su pecho y, al volverla a sacar, cuál sería su sorpresa al encontrarla totalmente limpia. La enseñanza catequética es de grandísima importancia. Sólo Dios es Santo. Sólo Él está limpio de toda impureza. Recordemos que en Israel la lepra no solamente indica una enfermedad orgánica, sino que también es índice de la impureza radical del hombre. Tengamos presente el miedo atroz que se apoderó de Isaías cuando al ser llamado por Yahvé al ministerio profético vio su Gloria: “[Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros, y entre un pueblo de labios impuros habito: que al rey Yahvé Sebaot han visto mis ojos!” (Is 6,5). Todos sabemos que en Israel hablar de ...
“Dijo le Yahvé: ¿Qué tienes en tu mano? Un cayado, respondió él. Yahvé le dijo: Échalo tierra. Lo echó a tierra y se convirtió en serpiente; y Moisés huyó de ella. Dijo Yahvé a Moisés: Extiende tu mano y agárrala por la cola. Extendió la mano, la agarró, y volvió a ser cayado en su mano. Para que crean que se te ha aparecido Yahvé, el Dios de sus padres, el Dios de Abrahám, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob” (Éx 4,2-5).   Hemos podido ver que Moisés tiene dudas muy serias de que pueda cumplir la misión que Dios le ha encomendado. No es que no se fie de Él; de quien no se fía es de sus hermanos los israelitas. No cree que le vayan a aceptar así como así que se ponga a darle órdenes y que las acaten. El escepticismo, cuando no la burla, incluso la agresión, que Moisés prevé por parte del pueblo son más que razonables. A unos hombres y mujeres tantos y tantos años sometidos brutalmente les convencen los hechos, no los bellos discursos. Dios oye la reticencia de Moisés como si ya la esperase. Pasa por encima de lo que podría ser la reacción de los israelitas ante su enviado y se limita a decide que arroje su cayado al suelo. Así lo ...
“Respondió Moisés y dijo: No van a creerme, ni escucharán mi voz; pues dirán: No se te ha aparecido Yahvé” (Éx 4,1). Abrimos este versículo y nos disponemos a hablar de lo que llamamos la tragedia de Moisés, que es en realidad la tragedia de toda persona a quien Dios envía con una misión concreta. Tragedia porque lo cierto es que existe un abismo brutal entre la experiencia que el enviado tiene de Dios, y que es personalísima, y el escepticismo que normalmente envuelve y acompaña a los hombres a quienes es enviado. Abismo de vértigo es el que se apodera del corazón de Moisés. Éste trasluce su drama por medio de una objeción aplastante: ¡No me van a creer, no querrán escucharme! Me dirán que soy un farsante, peor aún, un loco, si les digo que te has aparecido a mí y me has confiado una misión.  Escepticismo, desconfianza, esto es lo que normalmente encuentran los enviados de Dios en los hombres hacia los que se dirige la misión confiada. Escepticismo y desconfianza propios del corazón del hombre que necesita ver con sus ojos, oír con sus oídos y hasta tocar con sus manos todo aquello que sobrepasa los esquemas normales de su religiosidad. Éste fue también el gran drama de Jesús. Drama que se hace más y más hiriente y doloroso cuando ...
“Yo haré que este pueblo halle gracia a los ojos de los egipcios, de modo que cuando partáis, no saldréis con las manos vacías, sino que cada mujer pedirá a su vecina y a la que mora en su casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, que pondréis a vuestros hijos y a vuestras hijas, y así despojaréis a los egipcios” (Éx 3,21-22).  La profecía que a continuación nos relata el autor del libro del Éxodo nos asombra hasta lo inimaginable. Si ya de por sí resulta poco menos que imposible que Israel pueda librarse del cepo de hierro que Egipto ha amarrado a sus pies; si, según todos los indicios, la cerviz del Faraón no se va a doblegar ante el Dios de Israel por muy persuasivas que sean las palabras y argumentaciones de Moisés ante él; por si todo esto fuera poco, Dios proclama, como si tal cosa, que Israel no solamente saldrá de Egipto sino que llevará en sus manos las riquezas, joyas y alhajas de sus habitantes. La verdad es que esta profecía no parece muy verosímil. Que Egipto sufra en su carne unas desgracias a las que llamamos plagas, que consigan doblegar su soberbia de forma que consienta dar la libertad al pueblo de esclavos que tiene sometido y que tan buenos rendimientos le da, se podría ...
“Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con toda suerte de prodigios que obraré en medio de ellos y después os dejará salir” (Éx 3,20). Yo forzaré la cabeza de hierro del Faraón, mi mano es más fuerte que la suya, por lo que no le quedará más remedio que dejaras salir. Quiera o no quiera os encaminaréis hacia la libertad porque así lo he decidido yo. Mi decisión prevalece sobre la del Faraón. Esto es lo que le viene a decir Dios a Moisés. Como ya he expresado con anterioridad, el libro del Éxodo, o si queremos, la historia épica de salvación que Dios hace con Israel al liberarles del yugo de Egipto y conducirles por el desierto hasta la tierra prometida, está jalonado por signos, obras y memoriales que marcarán indeleblemente la espiritualidad de este pueblo, su experiencia de fe. En este sentido vamos a sondear lo que nos quiere decir su autor al declarar que Israel saldrá hacia su libertad porque la mano de Yahvé está a su favor, o si queremos, contra su opresor. Afirmar que Dios extiende su mano contra el Faraón equivale a decir que desplegará su fuerza, su poder, sobre él, de tal forma que todos sus intentos para tratar de impedir que libere a Israel serán inútiles. Acerca del significado de la mano como ...
“Ya sé que el rey de Egipto no os dejará ir sino forzado por mano poderosa” (Éx 3,19). Recordemos que Dios había dicho a Moisés que pidiese permiso al Faraón para adentrarse en el desierto a fin de tributarle sus actos de culto y adoración. El autor parte en su exposición de los hechos del trasfondo histórico en el que están enmarcados. Trasfondo que realza la omnisciencia de Dios que, como vemos, anticipa la negativa del Faraón. Omnisciencia de la que parte el autor para informar acerca de la actitud negativa del Faraón, lo cual no quiere decir que condicione y determine sus actos. Teniendo esto en cuenta, lo que realmente nos llama la atención es esta puntualización del desierto como lugar de encuentro entre Dios y su pueblo. Desierto, soledad, precariedad, tentación, miedos … Todas ellas son palabras esenciales que tejen la relación del hombre con Dios. Desierto, Israel y Dios constituyen el eje de la inigualable experiencia de fe en la que todo buscador de Dios debe de mirarse. Desierto, tiempo de amores entre Dios y su pueblo. Esto es lo que proclamarán una y otra vez los profetas para recordar a Israel que hubo un tiempo en su historia en la que la experiencia de su precariedad fue la que sostuvo su fidelidad a Dios, es decir, no era una precariedad ...
“He decidido sacaros de la tribulación de Egipto al país de los cananeos, los hititas, los amorreos, perizitas, jivitas y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel. Ellos escucharán tu voz, y tú irás con los ancianos de Israel donde el rey de Egipto; y le diréis: Yahvé, el Dios de los hebreos, se nos ha aparecido. Permite, pues, que vayamos camino de tres días al desierto, para ofrecer sacrificios a Yahvé, nuestro Dios” (Éx 3,17-18). Quiero empezar esta catequesis con una pregunta: ¿Qué hay detrás de las palabras que Dios dice a Moisés quien, a su vez, tiene que transmitidas al Faraón: Permítenos que vayamos camino de tres días al desierto, para ofrecer sacrificios a Yahvé, nuestro Dios? Si nos fijamos bien, todo esto parece un contrasentido. No parece muy razonable que la primera y más urgente necesidad que un pueblo sufriente, embrutecido por la esclavitud con la violencia interna y externa que ello supone, sea la de adentrarse en el desierto para dar culto a Dios. Bien es cierto que Yahvé se portó muy bien con sus antepasados. Mas después como que se escondió mucho, mucho tiempo…, demasiado; y les ha dejado caer en el más profundo de los sufrimientos. Justamente por lo increíble del cuadro escénico no es posible atribuir la redacción de este texto a ninguna mente humana. ...
“Respondió: Yo estaré contigo y esta será para ti la señal de que yo te envío: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte” (Éx 3,12). ¿Quién soy yo?, replica Moisés a Dios cuando le confía la misión de liberar a Israel de Egipto. La respuesta que le da Dios disipa, o al menos debería disipar, cualquier duda. La cuestión -le dice Dios- no es quién eres tú, sino quién soy yo que es el que te envía. Y o, Yahvé, estaré contigo a lo largo de toda tu misión, yo soy el garante de ella. La prueba de mi estar contigo la vas a tener cada día, cada paso que des con mi pueblo hacia la libertad. Vuestro caminar estará marcado por hechos prodigiosos que te hablarán de mí. Así será día tras día hasta que celebréis con gozo vuestra libertad al pie de este mismo monte en el que me he aparecido a ti y te estoy hablando. Con estas palabras nos viene expuesto en las Sagradas Escrituras lo que podríamos llamar el núcleo fundamental que marca toda relación auténtica del hombre con Dios. Relación que nos habla de la fe, la cual tiene su razón de ser no en el temor servil o en un asentimiento irresponsable a normas o, lo que es peor aún, ...
“Así pues, el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto además la opresión con que los egipcios los oprimen. Ahora, pues, ve; yo le envío a Faraón, para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto” (Ex 3,9-10). Después de anunciar a Moisés que va a librar a su pueblo y que le llevará a una tierra prodigiosa que destila leche y miel, empieza Dios, como quien dice, a poner manos a la obra. Le dice a Moisés: ve y preséntate ante el Faraón, quiero librar a mi pueblo de sus manos, aquí estoy yo para salvarle. He aquí un rasgo esencial que veremos aparecer en todas las manifestaciones de Dios a lo largo de la Escritura: Dios es quien salva. El se inclina ante el humilde y el desvalido y, más aún, tal y como lo presentan los profetas, es padre de huérfanos y protector de las viudas. Si emprendiésemos la tarea de sondear y analizar tantos y tantos textos de las Sagradas Escrituras en los que Dios resplandece en su faceta de salvador y valedor de los abandonados, desvalidos, humillados, excluidos, etc., nos enfrentaríamos a una tarea realmente interminable. Como pincelada maestra de estos oídos de Dios que escuchan a los suyos, podríamos detenernos en la figura de Ana, madre de Samuel, quien fue uno de los ...
“He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los perizilas, de los jivitas y de los jebuseos” (Ex 3,8). Continúa Dios hablando con Moisés. Digamos que todo este diálogo es un preámbulo preparatorio para la misión que le va a confiar. El texto que ahora veremos catequéticamente es de una belleza impresionante, algo que realmente nos conmueve en nuestro interior. En la catequesis anterior leímos que Dios no era un Ser ausente de los problemas de su pueblo, y por ende de ningún hombre. Pudimos decir eso por su forma de referirse a Moisés: he visto, he oído, he conocido las tribulaciones de mi pueblo. Ahora da un paso más: He bajado para librarle. Como es de rigor, hemos de actualizar la historia de Israel a la luz de nuestra vida, pues, como ya hemos dicho con frecuencia, no hay ninguna diferencia entre el corazón del pueblo santo y el nuestro en lo que respecta a carencias y debilidades. Dicho esto, lo que dice Dios a Moisés, he bajado para librar a mi pueblo”, tiene un eco tan grande como bello en nuestro corazón, siempre tan dado y sujeto a ...
“Dijo Yahvé: Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores: pues ya conozco sus sufrimientos (Ex 3,7) Ya antes del encuentro de Dios con Moisés en la zarza, el autor del Éxodo nos había dicho que Dios había oído los gritos de su pueblo, sometido a la servidumbre en Egipto, y que había decidido actuar. Ahora vuelve sobre el mismo tema presentando a Yahvé en primera persona. Es así como le oímos decir a Moisés: Bien vista tengo la aflicción de Israel, conozco sus sufrimientos y le he escuchado. Al presentarnos así a Dios hablando de esta forma tan personal, el autor deja, por así decirlo, su papel de cronista de un relato histórico, apareciendo más bien como testigo de fe de la historia de salvación del pueblo santo. Al señalar con énfasis el “he visto”, “he escuchado”, “conozco”, etc., el autor está apuntalando unos pilares, auténticos fundamentos en lo que respecta a la fe. De hecho, ésta flaquea y se pone en tela de juicio cuando nos da la impresión de que el Dios en quien creemos parece como si fuese ciego y sordo a nuestros problemas. He ahí uno de los grandes dilemas del hombre para creer: la sensación de que Dios sea ajeno a nuestras contrariedades y desgracias. Este ...
‘Y añadió.’ Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios” (Ex 3.6). En el texto anterior habíamos dicho que la tarjeta de presentación con que Dios se daba a conocer a su pueblo a lo largo de la Escritura era prácticamente la misma: “Aquí estoy, no temas, estoy contigo”. Estas y parecidas palabras acompañan a todos aquellos que Dios llama en orden a las distintas etapas de salvación que hace con su pueblo santo. Podemos ver, por ejemplo, cómo cuando Dios escoge a Josué para culminar la travesía del desierto con la conquista de la tierra prometida; la garantía que le ofrece es que así como sus ojos fueron testigos de que su Fuerza estuvo con Moisés, de la misma forma estará con él para poder llevar a cabo su misión: “Nadie podrá mantenerse delante de ti en todos los días de tu vida: lo mismo que estuve con Moisés estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré” (Jos 1.5). Me he inclinado por este ejemplo porque tiene un gran paralelismo con lo que Dios dice a Moisés una vez que le manda que no se acerque más. y que se descalce porque está en su recinto santo, en su presencia. He ...
Le dijo: No te acerques aquí: quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3.5). ¡Heme aquí!, había dicho Moisés a la voz que, desde la zarza ardiente, proclamó una y otra vez su nombre. Dios vuelve a hablar ahora para decirle ¡no te acerques más, descálzate, estás en tierra sagrada, en mi presencia! Ni tú ni nadie podéis cubrir la distancia que os separa de mí. Con estas palabras el autor pone de manifiesto la absoluta trascendencia de Dios. De El podemos saber solamente tanto cuanto se nos dé a conocer. Es un manifestarse con palabras que se cumplen en acontecimientos. Intentar conocer o dar explicaciones de Dios en un campo distinto al que El mismo escoge para manifestarse, corre siempre el gran peligro de hacer de El un ser lejano, casi como un objeto de investigación, y, al mismo tiempo, terrible e incluso caprichoso en lo que respecta a la historia del hombre y del mundo. De ahí la advertencia de Dios a Moisés: No te acerques, no estás en condiciones para saber de mí. Fui yo quien me acerqué a vuestros padres y quien me acerco ahora a ti y, por tu medio, a todo mi pueblo santo. No te acerques ni tengas miedo. Los grandes miedos del hombre con respecto a sus ...
“Él respondió: Heme aquí” (Éx 3,4b). Heme aquí, responde Moisés a la voz que acaba de pronunciar su nombre. Digamos que la búsqueda de Moisés de dar con una explicación a lo que le parecía tan extraño, ha tenido un resultado que sin duda superó por completo sus expectativas: se ha encontrado con la Voz. La Voz del Santo, como así la llaman los profetas de Israel. Es la Voz que convoca al pueblo y lo libera de sus opresores: ‘Levántate. Jerusalén, sube a la altura, tiende tu vista hacia Oriente y ve a tus hijos reunidos desde oriente a occidente, a la voz del Santo, gozosos del recuerdo de Dios… Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia que vienen de Él” (Ba 5,5-9). La respuesta de Moisés ante Dios, ante su Voz, que es lo mismo, nos indica la puerta por la cual entramos en su Misterio, en su intimidad. Es la actitud, la única posible, que permite al hombre adorar a Dios en espíritu y verdad (Jn 4,24). Decimos que es la única actitud posible porque sólo desde ella entra el hombre en la verdad en lo que respecta a su relación con Dios. Es la actitud que le impide salirse por la tangente a la hora de sopesar lo ...
“Cuando vio Yahvé que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza, diciendo. ¡Moisés, Moisés! (Ex 3,4a) El texto que acabamos de presentar nos ofrece una catequesis riquísima, y que, en sus variados matices, nos desvela que la relación de Dios con el hombre es por encima de todo, una relación de amor, de ayuda, en definitiva, de salvación. Habíamos visto en los textos anteriores que Dios se hizo notar ante Moisés por un fenómeno al menos curioso, como es el hecho de que arda una zarza en medio del desierto sin que llegue a consumirse por el fuego. Moisés no se contenta con admirar este fenómeno; se acerca, a pesar de que es más que posible que esté cansado del trabajo del día. Habíamos visto anteriormente que una vez llevó las ovejas más allá del desierto y que llegó hasta el Horeb, la montaña de Dios. Al especificar una vez, nos da a entender que Moisés no llevaba normalmente su rebaño tan lejos. Tenemos, pues, motivos para deducir que ese día debía de estar más cansado de lo normal, tendría prisa por llegar a casa y relajarse. A pesar de ello, se acerca a la zarza que arde. Parece como que está movido por la intuición de que hay algo en la zarza que arde sin consumirse que ...
“El Ángel de Yahvé se le apareció en forma de llama de juego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Dijo, pues, Moisés: Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza” (Ex 3.2-3). Así pues. Moisés llega hasta el Horeb y ve una zarza que está ardiendo. Hasta ahí todo relativamente normal. Que un matojo de hierbas, un arbusto, una zarza. arda en el desierto con los calores extremos que se pueden llegar a dar, podría ser al menos relativamente normal. Sin embargo. hay algo que llama fuertemente la atención de este hombre, para quien los parajes que hacen parte de su hábitat natural no guardan secretos. Conoce todo los recodos y planicies como la palma de su mano: hay, sin embargo, algo en la zarza que arde que escapa a su experiencia y comprensión. Resulta que cuando creía saber todo lo relativo a su entorno como si fueran sus dominios, se da de bruces con un acontecimiento que no entra en los parámetros de su comprensión; mira una y otra vez hacia la zarza y ésta no deja de arder, y, sin embargo. no se consume. Eso ya no es normal. Intuye que está ante un hecho extraordinariamente inusual, de ahí su decisión: ‘Voy a ...
“Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios” CÉx 3,1). Podríamos decir que todos los acontecimientos narrados hasta ahora respecto al Éxodo han sido como el pórtico grandioso que nos adentra en la eximia historia de liberación que Dios hace con su pueblo. Nos aventuramos más y afirmamos que, de la misma manera que Dios ha preparado un pueblo para manifestarse al mundo, se ha preparado también un hombre hecho a la medida del amor liberador que va a desplegar sobre este su pueblo santo. Un amor que tiene sus puntos históricos verificables, y que recorren la gran epopeya de Israel desde su salida de Egipto hasta la llegada y conquista de la tierra prometida. Así pues, culminado lo que hemos dado en llamar el pórtico introductorio, el autor del Éxodo nos presenta la figura de Moisés que poco tiene que ver aparentemente con lo que de él hemos visto hasta ahora. Como pudimos observar, el Moisés del que se nos ha hablado es alguien que quiso cambiar la suerte del pueblo oprimido a su manera. El Moisés que nos presenta este capítulo tercero es un simple pastor. El rebaño que apacienta ni siquiera es suyo; pertenece a su suegro del que sabemos ...
Hemos visto que Moisés, dadas las circunstancias, se ha encontrado en la necesidad de huir apresuradamente a Madián. Definitivamente, a Israel, el pueblo santo de Dios, aquel que Él prometió a Abrahán que habría de ser numeroso como las arenas del mar y las estrellas del cielo (Gn 22,17), no le puede ir peor en Egipto. Desde la muerte de José las cosas no hacen más que agravarse. El tiempo se encarga de borrar recuerdos; y la figura de José, el gran primer ministro que libró de la hambruna y la miseria a Egipto gracias a su buen gobierno (Gn 41,46-49), ya no es siquiera una sombra. Sus descendientes, los israelitas, son cada vez tratados con más desdén y desprecio. Llega, pues, un momento en que los someten y reducen a la esclavitud. A todo esto, ¿dónde está Dios? De generación en generación, los israelitas contaban a sus hijos las extraordinarias maravillas que su Dios había hecho con su pueblo. Nombraban con auténtico amor reverencial a sus patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob, etc. Las noticias que se pasaban de padres a hijos tenían este carácter de todo lo que es extraordinario y maravilloso. En definitiva, de generación en generación, se tenía la conciencia de que el pueblo de Israel era un pueblo bendecido por Dios. Así pues, preciosas y dignas de admiración eran tantas y ...
Hemos visto que Moisés, dadas las circunstancias, se ha encontrado en la necesidad de huir apresuradamente a Madián. Definitivamente, a Israel, el pueblo santo de Dios, aquel que Él prometió a Abrahán que habría de ser numeroso como las arenas del mar y las estrellas del cielo (Gn 22,17), no le puede ir peor en Egipto. Desde la muerte de José las cosas no hacen más que agravarse. El tiempo se encarga de borrar recuerdos; y la figura de José, el gran primer ministro que libró de la hambruna y la miseria a Egipto gracias a su buen gobierno (Gn 41,46-49), ya no es siquiera una sombra. Sus descendientes, los israelitas, son cada vez tratados con más desdén y desprecio. Llega, pues, un momento en que los someten y reducen a la esclavitud. A todo esto, ¿dónde está Dios? De generación en generación, los israelitas contaban a sus hijos las extraordinarias maravillas que su Dios había hecho con su pueblo. Nombraban con auténtico amor reverencial a sus patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob, etc. Las noticias que se pasaban de padres a hijos tenían este carácter de todo lo que es extraordinario y maravilloso. En definitiva, de generación en generación, se tenía la conciencia de que el pueblo de Israel era un pueblo bendecido por Dios. Así pues, preciosas y dignas de admiración eran tantas y ...
Salvado de las aguas por la hija del Faraón, Moisés fue criado por su propia madre gracias a la astucia de una de sus hermanas, la cual consiguió hacer creer a la hija del faraón que le podría buscar una nodriza que le amamantase, que en realidad era su propia madre. Cuando el niño creció, fue llamado por la hija del Faraón a vivir con ella en la corte. Es después de estos hechos cuando la Escritura nos presenta a Moisés ya lo suficientemente adulto corno para tornar decisiones. Decidió entonces visitar a sus hermanos israelitas, y vio con sus propios ojos que no sólo estaban sujetos a duros y penosos trabajos, sino que también eran vilmente maltratados: “En aquellos días, cuando Moisés ya fue mayor, fue a visitar a sus hermanos, y comprobó sus penosos trabajos; vio también cómo un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos” (Éx 2,11). Testigo de este doloroso acontecimiento, Moisés decide actuar. Nos encontramos con una catequesis de primordial importancia para la vida de fe de todo creyente. Resulta que ante el mal que se le presenta, Moisés decide actuar por cuenta propia. Coge al egipcio que había golpeado a uno de los israelitas y lo mata con sus propias manos (Éx 2,12). A raíz de esta acción tan valerosa podría pensar que sus hermanos ...
El autor inspirado del libro del Éxodo enmarca el nacimiento del llamado patriarca y caudillo de Israel en un contexto desfavorable para el pueblo. El recuerdo de José, que incluso llegó a ser nombrado primer ministro de Egipto por el faraón (Gn 41,37-41), ya se ha perdido en la penumbra de la historia. De hecho, desde las más altas instancias gubernamentales se decide el sometimiento y la esclavitud del pueblo: “Se alzó en Egipto un nuevo rey, que nada sabía de José; y que dijo a su pueblo: Mirad, los israelitas son un pueblo más numeroso y fuerte que nosotros. Tomemos precauciones contra él. .. Les impusieron, pues, capataces para aplastarlos bajo el peso de duros trabajos” (Éx 1,8-11). Aún así, los israelitas no sólo resistían sino que se multiplicaban tanto que los egipcios llegaron a temer por su propia supervivencia (Éx 1,12). Ante esta realidad, el rey dio la orden a las parteras israelitas de preservar con vida solamente a las recién nacidas y dar muerte a los niños. Como ya he dicho, es en este contexto de intento de aflicción extrema del pueblo santo de Dios que la Escritura nos narra el nacimiento de Moisés, cuyos pormenores -como por ejemplo, que fue colocado en una cesta de papiro en las orillas del río Nilo, que fue descubierto y rescatado por la hija ...
Por la inmensa misericordia de Dios nos disponemos a iniciar una nueva colaboración con Buena Nueva, esta vez para comentar catequéticamente, sin prisas, también sin grandes pretensiones, el libro del Éxodo. Hablar del libro del Éxodo supone hablar de dos historias que se entremezclan a pesar de su alteridad y, más aún, de su disparidad. Me refiero a la historia de Dios por una parte, y a la del hombre por otra. La alteridad se impone por su radical evidencia: Dios es el totalmente Otro para el hombre. Sin embargo, aun siendo totalmente el Otro, podríamos decir que sólo es entendible en la medida en que pone su Ser trascendente al servicio del hombre. Esto mismo da pie para comprender la disparidad. Por supuesto que lo que acabo de decir es un atrevimiento que se puede rebatir de mil formas, maneras y argumentos. Pero es que la fe y el amor encierran, en su inmenso e infinito seno, razones que escapan a la fría lógica de los conceptos físicos y metafísicos. El libro del Éxodo, así como toda la Escritura, es un buen y claro ejemplo de ello. Éxodo, salida, éste es el tema, el asunto que implica a Dios con el hombre. Hablamos de una salida hacia Dios partiendo del hecho de que la vida de la humanidad, por muy gigantesca que sea, ...