Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, octubre 20, 2017
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Católico y Gay 

Con alguna frecuencia me encuentro al realizar mi labor pastoral, con la siguiente falsa disyuntiva: “todo muy bien padre, el único problema es que soy gay”. Con esa aseveración se busca indicar que existe quizá un problema irresoluble, que se encuentra en el lugar equivocado, que tiene que vivir en medio de una profunda contradicción interna. Es decir: “el mensaje de Jesucristo y de la Iglesia me parece maravilloso, pero al ser yo gay me encuentro automáticamente excluido del mismo”. Nada más equivocado. Dios llama a las personas como son, no como deberían ser. La forma de ser configura de alguna forma el llamado que se recibe.

Luego, ¿tienen los gays algún lugar en la Iglesia? Por supuesto que sí, como todos los hombres, pues todos somos amados por Dios, y todos los bautizados además somos hijos de Dios por medio de Jesucristo. Si un gay es bautizado, está configurado con Jesucristo, lleva en su alma la marca de Jesús, y la Trinidad no rehúsa habitar en su alma mientras esta no se contamine por el pecado grave. En el fondo, se trata de algo muy sencillo: las personas somos mucho más que las inclinaciones que sentimos o creemos tener, y de hecho, en nuestro nivel más profundo, independientemente de las inclinaciones o gustos que podamos tener, de las preferencias sexuales, estamos hechos a su imagen y semejanza.

No entro aquí en la debatida cuestión de si esa inclinación es natural o adquirida, si es estable o fluida, si existe algo semejante a la noción de naturaleza o no. Pero, independientemente de cómo se resuelvan esas cuestiones, en el nivel más profundo, somos imagen y semejanza de Dios, y si bautizados, hijos de Dios. Además, por bautizados, tenemos la llamada a la santidad, es decir, a la plenitud del amor de Dios, previa e independiente de nuestras inclinaciones.

Ahora bien, para un gay eso significa celibato, es decir, abstenerse de la actividad sexual, por lo menos de aquella por la que siente inclinación. Hay personas llamadas al celibato y experimentan grandes dificultades para vivirlo, pero al final de cuentas, ellas lo eligieron. Muchos homosexuales, sin embargo, no consideran haber sido libres de elegir su condición y sienten que de alguna forma están “condenados” al celibato, les guste o no, si quieren ser fieles a Jesucristo.

Esto podría parecer una quimera, un absurdo, un imposible. Si ya algunos piensan que va contra la naturaleza, e incluso que es inhumano el celibato libremente asumido, el impuesto por una forma de ser que uno no ha buscado se antoja imposible y opresivo a la vez. Sin embargo, se olvida que la castidad en general, es difícil, pero asequible. Existe la gracia de Dios. No es una mera negación matemática de nuestras inclinaciones o apetitos, sino el triunfo del amor de Dios en ellos. No es la renuncia al amor sino la plenitud del mismo lo que la consigue.

¿Qué es muy difícil? También es difícil para el joven vivir la abstinencia sexual, para el casado vivir conforme a las enseñanzas de la Iglesia, para todos ser fieles a nuestros compromisos; pero en esa dificultad se encuentra su atractivo y desafío. Como diría Carlos Llano: “Vale más proponerse la meta de la excelencia y no lograrla que la mediocridad y conseguirla”. Mejor es tirar alto, aspirar a lo que entendemos que Dios nos pide, aunque quizá no siempre lo consigamos, que justificar en los vicios de los demás la propia estrechez de horizontes.

Ahora bien, ese ideal no es una quimera, una bella e irrealizable declaración de principios. Muchos homosexuales católicos han seguido ese camino, y no han “muerto de castidad”, como un activista gay me decía cierta ocasión. Un ejemplo es Philip Trower, periodista e intelectual británico, que después de vivir un tiempo con Dunstan Thompson se convirtió al catolicismo y dejó de convivir con su pareja, que pasó a ser solamente su amigo. Es decir, Trower se convirtió, Thompson volvió a la práctica de su fe y cambiaron ambos el amor erótico por el de amistad. Ni fueron infelices, ni nada les impidió tener una vida plena. Y como ese caso, quienes nos dedicamos al acompañamiento espiritual, somos testigos de muchas personas que viven heroica y felizmente su fidelidad a Jesucristo. ya sean casados, solteros, viudas, o religiosas.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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