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Convento de la Encarnación, en Boadilla del Monte (Madrid) 

Solo a Dios buscando y para Dios viviendo

Ya lo dice el propio Jesús en forma de parábola, la Iglesia es un frondoso árbol donde anidan las aves del cielo. Sus hondas raíces, aunque escondidas, son necesarias para que hasta el más minúsculo esqueje pueda florecer y dar fruto. Así es la vida consagrada con su entrega a este amor de Dios, siempre nuevo, siempre primero. En Boadilla del Monte, localidad al oeste de la Comunidad de Madrid, desde 1674 se alza como flor entre espinos el convento de la Encarnación de las carmelitas descalzas. Siguiendo el carisma trazado por Santa Teresa de Jesús —este año se celebra el quinto centenario de su nacimiento— las hermanas viven con corazón de discípulo sintonizadas a la voluntad del Maestro, a quien desean, buscan y aman.

Desde su fundación en el siglo XVII, salvo en la guerra civil (1936-39), el convento siempre ha estado ocupado. Todavía se conserva el “libro de becerro” —llamado así en alusión a las tapas elaboradas con la piel de ese animal— donde en épocas pasadas se anotaban las profesiones de fe, y el cual da constancia del fervor vivido por las carmelitas de Boadilla durante siglos. En la actualidad, la comunidad está constituida por once hermanas: la Madre Mª Carmen de San José, priora, la Madre María Antonia, la Madre Josefina, la Hermana Mª Luisa, la Madre Mª Ángeles, la Hermana Irene, la Hermana Mª Dolores, la Hermana Mª José, la Hermana Ana, la Hermana Mª Jesús y la Hermana Mª Milagros.

“Darse del todo al Todo, sin hacernos partes”

La Madre Mª Carmen de San José, priora desde hace casi dos años, es de Badajoz. «Llevo 27 años en esta santa casa. El influjo de la familia ha sido muy importante. Mis padres han tenido siempre el cuidado de llevarnos a los nueve hermanos a grupos de la Iglesia. También mi abuela influyó mucho; nos contaba historias de la Sagrada Escritura y cuando decía que el Niño Jesús no tenía dónde nacer, yo, que era muy pequeña, recuerdo que decía: “Que sí, que yo te dejo mi cama, ven aquí”. A los quince años hice unos ejercicios espirituales y sentí que el Señor me llamaba, pero no sabía adónde. Años después mi director espiritual me propuso el Carmelo. Vine en tres ocasiones aquí y, aunque llegaba con miedo, siempre me iba con mucha paz. Me imaginaba la vocación como una montaña que no podía superar, pero cuando decidí entrar me quedé muy a gusto al ver que había encontrado mi sitio».

Ella misma describe cómo vivieron aquellas hermanas la guerra civil: «Los milicianos tomaron el convento y las sacaron a la fuerza. La madre priora les dijo: “Si nos vais a matar hacedlo aquí”. Uno de ellos salió en su defensa ya que había estado comiendo durante mucho tiempo del puchero con garbanzos que las monjas tenían por costumbre hacer para los pobres. Esto evitó que las mataran. Se dispersaron por casas de conocidos y algunas volvieron con sus familias. Nueve de ellas se marcharon a Barcelona en espera de conseguir el visado y poder refugiarse en Francia; la mitad en un convento carmelita de Avignon y la otra mitad en Lisieux, donde todavía vivía la Madre Inés, hermana carnal de Santa Teresita del Niño Jesús. Al llegar, como no querían separarse fueron acogidas todas en Avignon y la Madre Inés mandaba dinero para colaborar en su sustento. ¡Hasta compraron una vaca para ellas! Cuando acabó la guerra, menos una que murió, las otras dieciocho —dos novicias y dieciséis profesas— volvieron a Boadilla. El convento estaba destrozado pero lo apañaron como pudieron. En los años 70 las Hijas de la Caridad y los Padres Paúles les donaron el dinero obtenido por la venta de unos terrenos y pudieron construir uno nuevo al lado del antiguo, que es donde nos encontramos».

La Madre María Antonia de Jesús, es la más decana de la comunidad por edad y tiempo de profesa, ya que esta segoviana lleva 66 felices años dentro de estos muros. «Cuando le conté a mi madre que tenía vocación de carmelita me dijo: “Pero hija, yo creía que tú eras la que me ibas a cerrar los ojos”. Una hermana mía se hizo cargo de mi madre hasta el último momento y eso fue un descanso para mí. Tengo un Esposo buenísimo, ¡un santo! ¡Me ha soportado todos estos años! Dios elige a quien quiere, pues yo no lo merecía; era una chica piadosa pero nada más».

Ha sido priora durante 36 años y maestra de novicias otros muchos también. «Una priora debe ver la voluntad de Dios en todo lo que vaya viniendo. Hace falta mucha comprensión hacia todas, mucho espíritu de sacrificio y amar mucho a Dios, nuestro Señor». La Madre María Carmen de San José corrobora lo dicho por su antecesora: «Yo como priora tengo que rezar mucho porque si les mando mal, pobrecitas».

Vuestra soy, para vos nací, ¿qué queréis hacer de mí?

La Hermana Ana de San Pedro, bilbaína, hace veintiún años que es carmelita descalza y gran parte de su vida religiosa ha transcurrido en Consuegra (Toledo). «De joven no quería ir a misa porque me aburría mucho. Pero a los 23 años mi padre me pedía que le acompañara a misa todos los días y empecé a cogerle el gustillo. Además, teníamos perro y como ninguno de mis cinco hermanos lo quería sacar, me tocaba a mí. Para mí era un aburrimiento porque tenía que estar media hora por la mañana y por la noche con él en el parque. Un día me encontré un denario —un cordón con diez cuentas y una cruz para rezar el Rosario, que todavía conservo— y comencé a rezar cada vez que salía con el perro. ¡Lo consideré como un regalo de Dios! Mi padre murió y sentí la necesidad de mayor recogimiento y oración. ¡Jesucristo me estaba seduciendo! Leí algunos libros de la beata Isabel de la Trinidad y le dije a mi familia que quería ser carmelita. “¡Pero si tú nunca has hablado con ellas!”, me dijeron muy sorprendidos. Visité a las carmelitas descalzas de Consuegra y me decidí. El día que entré en el convento fui sola, conduciendo mi propio coche. Por el camino pensaba un poco asustada: “Ay, Dios mío, ¿estaré loca?”. Pero la gracia de Dios siempre empuja y vence. “¡Venga, que es tu camino, adelante!”, sentía dentro de mí. Después de tantos años cada día soy más feliz».

La Hermana Irene del Sagrado Corazón nació en Madrid y lleva treinta años en el convento. «Sentí perfectamente la llamada de Dios el día que murió mi padre; yo tenía nueve años. Esa mañana nos dio un beso a todos y se fue a trabajar. A las cinco y media de la tarde mi madre llamó a la oficina extrañada porque se retrasaba y le dijeron que había muerto de un infarto. Yo entendí que Dios se había portado muy mal conmigo pero que mi corazón no tenía otro remedio que volcarse en Él. Nunca he pretendido desear solo lo eterno, pero era lo único con lo que me sentía a gusto. La Virgen ha velado siempre por mí. En la guerra civil mi abuelo estaba en el frente y le dijo a sus compañeros que si moría le enterraran con la imagen de la Virgen del Carmen. Murió y así hicieron. A los pocos años lo desenterraron para llevarlo al Valle de los Caídos y reconocieron su cadáver precisamente por la imagen de la Virgen. La primera vez que entré en un Carmelo fue a los diecinueve años en el monasterio de la Encarnación de Ávila como voluntaria para mostrar el museo, ahí se me confirmó la vocación que sentía desde pequeña. Al venir a este convento la capilla me cautivó; ya no necesité conocer otros».

La Hermana María José de Jesús es de Ruyales del Agua (Burgos) y lleva veintiséis años de vida religiosa. «Siempre me atrajo la vida de piedad pero nunca pensé ser monja. No sé qué reglas sigue el Señor porque yo no era ejemplo de nada; al contrario, tenía un genio tremendo con mis hermanas y era la más pegona de todas. Ellas eran las que cedían, yo nunca. Un día escuché decir a mi padre que no le importaría que una de sus hijas fuera monja. Y Dios escuchó su oración ya que años después —como se recoge en el Deuteronomio: “Porque amé a sus padres escogí su descendencia”— el Señor me atrajo. Para estudiar COU me fui a Burgos y estuve viviendo en una residencia de la Milicia de Santa María. Allí me di cuenta que para mí Dios era lo primero. Había oído hablar que las carmelitas vivían entregadas al Señor y le pedí a la Santísima Virgen ser una de ellas. Un sacerdote me propuso visitar este convento y nada más conocer a la maestra de novicias sentí que esta iba a ser mi casa para siempre».

“no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje”

Las hermanas permanecen fieles a la tradición fijada por las constituciones del tiempo de Santa Teresa de Jesús. Si bien, no se trata de una fidelidad anclada en el mero seguimiento de la regla sino basada en el respeto a la esencia carmelitana —amor a Dios y al prójimo—. «Al principio me costó mucho adaptarme a la vida del convento pues entré en el siglo XX y pasé al siglo XVI —confiesa una de ellas—. Pero el Señor me lo puso fácil a través de la caridad y la paciencia de las hermanas».

El motor de esta santa casa es la oración —el cimiento fuerte que sin él todo edificio es falso, como decía la santa de Ávila— y la contemplación, ofrecidas para la salvación de todas las almas y en especial la de los sacerdotes. «Nos despertamos a las 6.30 de la mañana con las tablillas: “Alabado sea Jesucristo y la Virgen María, su Madre. A la oración, hermanas, a alabar al Señor”. Nos aseamos y hacemos el Vía Crucis cada una en particular en su celda. A las 7:00 nos reunimos en el coro para rezar el Ángelus y las Laudes. Seguimos con una hora de oración mental y el rezo de Hora Tercia. Después desayunamos —en tiempo de Cuaresma tomamos malta con un mendrugo de pan—. Al acabar, cada una se dirige a sus tareas: la tornera, al torno; la sacristana, a preparar todo para misa; la gallinera, a recoger los huevos y dar el pienso a las gallinas; la cocinera, a preparar la comida; la enfermera a atender a las hermanas mayores… A las 9:45 lo dejamos todo y nos preparamos para lo principal del día, la Santa Misa, la inmolación de nuestro Esposo, y a la que nosotras nos unimos. Luego volvemos a nuestros trabajos. A las 12:30 se tocan de nuevo las tablillas para avisarnos que en diez minutos hay que estar en el coro para la Hora Sexta. Después vamos al refectorio y comemos en silencio mientras la hermana lectora lee nuestras constituciones y reglas, algún documento de la Iglesia apropiado al tiempo litúrgico, vidas de santos, etc. Entre todas ayudamos a fregar y pasamos al recreo; allí nos juntamos una hora para cantar, reír, hablar, mientras realizamos las labores de costura y de plastificado. Pasada la hora hacemos una pequeña visita al Santísimo y después un tiempo de recogimiento en la celda. A las 16:00, cada una en particular reza la hora Nona seguido de lectura espiritual hasta las 17:00 h., que volvemos a nuestros trabajos. A las 18:45 de nuevo por las tablillas se nos avisa que a las 19:00 hay que estar en el coro para rezar Vísperas y otra hora de oración mental. Al acabar pasamos a la cena y al recreo. Después rezamos Completas y tenemos un examen de conciencia. A las 22:30 rezamos el Oficio de Lectura y el Rosario. A las 11:45 las tablillas nos avisan que es hora de descansar:“Hermana, en María y con María tu vida has de pasar si quieres en breve tiempo la santidad alcanzar”; “Hermana, por los sacerdotes sea continua tu petición, por ellos tu vida entera, por ellos tu inmolación”».

“guíe su Majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros, sino suyos”

La llamada a la vida consagrada es un don y un tesoro inmenso para quien lo recibe, aunque en un primer momento puede sobrecoger el corazón ante tan gran elección. Todas reconocen que, como Santa Teresa de Jesús, eran “enemiguísimas de ser monjas”, e incluso algunas se mostraron renuentes al principio. Sin embargo, el Amor ha sido tan grande y persistente que la oposición no duró mucho tiempo. «Un día un sacerdote que me conocía bien me preguntó si quería ser monja. “¿Yo monja? ¡Ni borracha! Si a mí lo que me gusta es la familia, los niños…”, le contesté. “¡Pero tú qué crees que son las monjas!”, me dijo. Y me habló de la maternidad espiritual de la vida consagrada. Me encantó —recuerda la hermana Mª Jesús—. Es una llamada pero también es una gracia. No es dar el sí una vez para siempre; es un renovarlo día a día, sin miedo a lo que te pida el Señor, porque sabes que Él está siempre contigo».

«¿Qué hace falta para entrar en un convento? Primero sentir la llamada y luego descubrir el sitio donde Dios te quiere. Hay monjas inteligentes, otras ignorantes…, pero todas sentimos lo mismo. No hay que dar la talla ni ser así o asá; cada una es como es y Él ya conoce nuestras debilidades. Pero como dice el Papa, en la Iglesia cabemos todos», apunta la hermana Ana de San Pedro. «¿Cómo puede ser que cuente conmigo sabiendo cómo soy y con los fallos que voy a tener? El Señor pone en el corazón la atracción espiritual hacia la oración y el recogimiento, y Él va afianzando la vocación —añade la hermana Mª José de Jesús—. Yo solo he dicho sí y Él hace que se mantenga».

Una de ellas cuenta la anécdota que, en pleno período de discernimiento acerca de la vocación, fue a visitar a la Madre María Josefa del Corazón de Jesús, priora del convento del Cerro de los Ángeles y actualmente en proceso de beatificación. Ante la pregunta de la madre acerca de si sabía coser, cantar… y por la negativa de la respuesta de la joven, la Madre Josefa contestó: «Pues justamente eso es lo que se necesita para ser monja, porque todo lo tiene que hacer el Señor».

“no hay que menester alas para ir a buscar a Dios, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí”

Quien entrega la vida por amor la gana, porque todo lo que se hace con caridad, por insignificante que sea, pervive para siempre. Y como nadie puede decir que ama a Dios si no ama a su hermano, la clausura conjuga la vida comunitaria con el retiro en soledad y silencio. «Santa Teresa de Jesús, que era muy psicóloga y muy lista, y conocía muy bien el espíritu de las mujeres estableció dos horas de recreación, una después de comer y otra después de cenar, para poder expandirnos. Aunque la convivencia requiere una lucha es necesario compartir las vivencias con las hermanas», reconoce la hermana Mª Dolores.

«Solo hablamos lo imprescindible, pero no es un silencio vacío sino para poder escuchar la voz de Dios. Hay que estar atentos porque Dios habla, pero es tan educado que si no le oímos pasa de largo. ¡Y está deseando que le dejemos hacer en nuestra vida! Pero también es necesario el rato de recreo —explica la Madre María Carmen de San José—. Decía Santa Teresita de Lisieux que iba al recreo para divertir a sus hermanas, olvidándose de sí. Este es el secreto para que todo vaya viento en popa, olvidarse de uno. Cuando una persona más se olvida de sí, más plena es su felicidad».

mire yo a mi Amado y mi Amado a mí; mire Él por mis cosas y yo por las suyas”

La vida de penitencia y oración, la entrega generosa, el sacrificio callado se hace presente en la austeridad con la que viven. «Esta vida lo llena todo. Renunciamos a las cosas buenas y bonitas que también hay fuera, pero con un sentido; no se trata de huir del mundo. Por una parte es por amor a Jesús, y por otra, esa renuncia es por bienes de mayor estima, sacrificios que al Señor son muy agradables porque se hacen para que las almas conozcan a Dios y se puedan salvar», detalla la hermana Mª Dolores.

Su sustento económico se obtiene de la elaboración de diferentes objetos con las máquinas plastificadoras: escapularios de la Virgen del Carmen, detentes, cuadritos, redondeles para el coche, etc. en los que colaboran todas en el recreo. Aun así cuentan las hermanas que en todos los sentidos Dios está presente como Padre, ya que son muchos los detalles que avalan su amor providente. «Ya lo creo que Dios actúa. En la provisaría (despensa) tenemos a San Cayetano, patrón de la Providencia y al Niño Jesús de Praga, y ellos nos ayudan con las provisiones que necesitamos La Hermana Pilar, que en paz descanse, fue mucho tiempo la provisora. Si le ponía debajo de la imagen del santo una manzana o un dibujo de un plátano, por ejemplo, al poco tiempo venía un señor con fruta. ¡Cómo el Señor ilumina los corazones de la gente! Muchas veces alguna hermana dice: “A ver si el Señor provee esto o lo otro”, y al rato lo recibimos por el torno. ¡Es una experiencia increíble!», nos narra la madre.

la verdad padece mas no perece 

Como es de suponer, en medio de este jardín cercado que es la vida carmelitana el enemigo no ceja en su ahínco por desbaratarlo todo, buscando propiciar altibajos, tentaciones, momentos de desaliento, dudas…, a lo que las hermanas responden con una mayor comunión con Cristo. «El demonio te engaña haciéndote ver que el de enfrente está mejor que tú —dice la Madre María Carmen de San José—. Pero esto es una fantasía para impedir que vivas la propia vocación».

«El “patillas” (así llamaba Santa Teresa de Jesús al demonio) mete sus garras por todos los lados, pero ¡cuántas personas anónimas habrán rezado y se habrán ofrecido por mí sin yo saberlo! Yo ahora simplemente lo devuelvo por otras», comenta la Hermana Mª Jesús.

«El demonio me engaña diciéndome que si estuviera cerca de mis familiares podría ayudarles a vivir la fe más profundamente, sobre todo a aquellos que se han alejado de ella. Pero el mismo Dios me hace ver que, en mi caso concreto, es mucho más valioso rezar para Él cambie su corazón que mi simple presencia. Sé que estoy unida a ellos vía sagrario», apunta la Hermana Irene.

«Si nuestra alma tiene un apego ya no puede darse la unión íntima con Dios —reconoce la Madre Mª Dolores—. Esto requiere una lucha porque nuestro corazón tiende a poseer; apego material: a un libro, a una celda, a una estampa…; apego a la propia honra, a querer saber, a una comida especial… Sin la gracia de Dios es imposible alcanzar la santidad, pero no debemos quedarnos de brazos cruzados, sino colaborar con Él. Una tentación del demonio es el desaliento, pensar que a pesar de tantos años en el convento sigo igual. Menos mal que Dios ayuda. Él no pide resultados sino esfuerzos».

Decía la santa abulense que en la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo. Por eso las carmelitas descalzas se alejan del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios. «Siempre hay acontecimientos que superan nuestra fragilidad pero yendo a los pies del Sagrario es como mejor se lleva la cruz y donde se encuentra la luz para seguir adelante. Solo Dios basta, ¡claro que sí!¡Cristo está vivo! Y no es indiferente a nuestros sentimientos; se entristece cuando sufrimos y se alegra cuando sonreímos», asegura la madre priora.

Victoria Serrano Blanes

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