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Cottolengo del P. Alegre en Algete 

El abrazo de Dios a los más pobres

El Cottolengo del Padre Alegre es un lugar donde se descubre vivamente la presencia de Dios, el Abba que jamás abandona a los suyos ni les deja de amar. Desde hace más de 80 años las Hermanas Servidoras de Jesús atienden a los más pobres y enfermos sin otro sostén que la confianza en la Divina Providencia. En esta época en la que andamos tan asfixiados por el ser y el tener, vale la pena recordar que no existe moneda alguna que pueda comprar una sola molécula del amor fraterno y sin exclusiones que se vive aquí.

San José Benito Cottolengo fue un santo italiano del siglo XIX y canonizado en el XX, ávido por llevar el consuelo y la caridad de Cristo a los más pobres y necesitados. Con el tiempo fundó diversas casas para la asistencia de los más indefensos con la confianza plena de que Dios siempre proveería de lo necesario. Cuando el jesuita P. José Alegre, natural de Tarrasa, viajó a Roma y a su paso por Turín conoció la obra del Cottolengo, se quedó tan fascinado que pidió solicitó fundar una casa en España. De vuelta a Barcelona contagió su entusiasmo y fueron muchos los amigos seglares que aunaron fuerzas y recursos para ver conseguido el gran sueño del jesuita. El 10 de diciembre de 1930 murió el P. Alegre con la pena de irse de este mundo sin verlo fundado. «Si nos echas una mano desde el cielo, seguimos adelante», le exhortaron sus fieles compañeros. Y así fue. El mismo día que se cumplía el segundo aniversario de su muerte se fundaba el primer Cottolengo del Padre Alegre en Barcelona. Son más de 80 años sin interrupción ofreciendo un hogar a los más pobres, ya que durante la guerra civil logró mantenerse aunque de forma clandestina. Al acabar la contienda se constituyó la congregación de las Hermanas Servidoras de Jesús del Cottolengo del Padre Alegre para continuar la obra.

Unos años después se fundó en Valencia la segunda casa y en 1948 en Madrid, curiosamente por donación de Eulalia Cáceres, la mujer de Manuel Machado, el poeta sevillano hermano de Antonio Machado. Cuando se quedó viuda ingresó en la Orden como Servidora de Jesús y llegó a ser la Hermana Eulalia. En 1983 la necesidad de un mayor espacio obligó a trasladarse a Algete, donde de nuevo un benefactor donó los terrenos para la casa actual. Más tarde se extendió a otras ciudades españolas como Santiago de Compostela, Alicante y Las Hurdes, y fuera de nuestras fronteras en Colombia y Portugal.

La Madre Claudia es la superiora desde hace cuatro años de la casa de Algete. Nacida en Salamanca hace 46 años, confiesa que ser monja era en lo último que pensaba. «Estudié Magisterio y luego Pedagogía. Comencé a dar clases en un colegio a la vez que participaba en diferentes actividades de mi parroquia, la Purísima de Salamanca. Quise tener una experiencia con los pobres y me aconsejaron ir al Cottolengo de Las Hurdes. Me enganchó tanto que pedí la excedencia en el trabajo y regresé de voluntaria. En Semana Santa me pidieron que acompañara a unos enfermos a Barcelona. Recuerdo que cuando salí al ambón para leer la lectura de Isaías en la vigilia pascual me inundó una paz como nunca antes. En aquel mismo momento supe que Dios me llamaba a ser Servidora de Jesús».

La Hermana Silvia es, con 34 años, la más joven de la comunidad. Natural de Talavera de la Reina (Toledo) confiesa que ella es una de tantas vocaciones que suscitó el Espíritu Santo entre el grupo de jóvenes de su parroquia. «Llegó como nuevo párroco el P. José Vicente Reina Blesa y tenía tanto gancho para los jóvenes que nos hizo enamorarnos de Cristo y de su Iglesia a través de grupos de oración, coro, campamentos, convivencias, etc., dentro de un ambiente sano. De mis amigas, cuatro ingresaron como Misioneras de la Caridad, una de Carmelita y dos de Servidoras de Jesús, la hermana Eva, que ahora está en Colombia, y yo».

«Fui creciendo y descubriendo esa historia de amor que iba haciendo Dios conmigo. Comencé a trabajar de administrativo pero no me sentía feliz del todo; me restaba tiempo para rezar y me agobiaba pensar que así iba a ser durante toda la vida. Tres amigas íbamos a ir de voluntarias al Cottolengo de Barcelona pero al final yo me rajé. Una de ellas, Eva, ingresó poco después como Servidora de Jesús. Yo cambié de trabajo y mi vida cambió. Como tenía jornada intensiva, las tardes las podía dedicar a lo que más quería, que era ayudar en la parroquia, rezar, asistir a misa diariamente, retomar la dirección espiritual, dar catequesis… En vacaciones de Navidad decidí pasar unos días en el Cottolengo y visitar a mi amiga. Ahí descubrí que la auténtica felicidad no es el tener ni el hacer, sino el vivir la sencillez con alegría. Regresé a Talavera pero no volví a ser la misma. En Pascua hice otra experiencia y finalmente con 25 años entré de religiosa. Mi deseo era hacer la voluntad de Dios y sentí que este era mi sitio».

Cuando uno escucha hablar a la Hermana Mercedes, de 73 años, puede adivinar con facilidad que es catalana de nacimiento, aunque según dice ella, su corazón es de todos los lugares donde ha vivido y servido: Barcelona, Madrid, Valencia, Alicante, Las Hurdes y Colombia. «De jovencita iba mucho por la parroquia Nuestra Señora del Remedio en Barcelona, y un día el grupo de amigos visitamos el Cottolengo. Me impresionó tanto que allí me quedé; de eso han pasado más de 50 años, y de ellos, 48 felices de religiosa. En la vida siempre hay momentos de sufrimiento pero es mucho más lo que he disfrutado que lo que he sufrido, y más también lo que he recibido que lo que he dado. Recibo el amor de los enfermos, su cariño, la felicidad de poder atender al que lo necesite, la alegría, la comunión con las hermanas… Dios lo hace todo bien. Yo le pido que no deje sin acabar la obra de sus manos. Dios nos llama a todos, lo que ocurre es que debemos recapacitar cómo vivir esa vocación».

la aventura de la entrega total

El carisma de las Servidoras de Jesús es el servicio, como su nombre indica, cuya base es la adoración eucarística concretada en los cuatro votos: castidad, obediencia, pobreza y el voto “cottolenguino”, que consiste en el servicio a los enfermos y pobres y el abandono a la Providencia. De ahí que la congregación celebre de una manera muy especial el 31 de mayo, festividad de Nuestra señora de la Visitación, a cuya advocación se amparan. «Nosotras queremos vernos reflejadas en esta actitud mariana de ponerse en camino al servicio de quien lo necesita, saliendo de nosotras mismas y yendo también al servicio del pobre y enfermo. Una frase que le dirigimos a ella, la santa por excelencia es: “Virgen María, Madre de Jesús, hacednos santos”».

Son muchas las anécdotas asombrosas que cuentan de la mano protectora y generosa de Dios. Como por ejemplo que una hermana estaba repartiendo leche de una jarra y esta no se agotaba; o también cuando en Barcelona, en plena postguerra, las hermanas debían pagar la factura del agua pero no tenían dinero para ello, y decidieron pedir a la compañía que les aplazara la deuda. Esta no solo no aceptó sino que les anunciaron que procederían a cortarles el agua ese mismo día. Las hermanas volvieron tristes a casa, pero al mismo tiempo con la esperanza de que Dios actuaría en su favor. Los días pasaban y el agua seguía corriendo por los grifos. Una semana más tarde recibieron un donativo con el importe exacto de la deuda y muy contentas fueron a abonarla. Antes de nada les agradecieron el detalle de no cortarles el suministro, sin embargo la compañía aseguraba que sí lo habían hecho. Descubrieron que, por un error fortuito, el agua se la habían cortado al chalet de al lado, el cual, afortunadamente, estaba deshabitado.

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«Si nos falta algo vamos a la capilla. No podemos ni directa ni indirectamente¬ pedir, insinuar o aceptar nada que sea fruto de petición a los hombres. Esto precisamente nos hace vivir en perfecta libertad, confiados únicamente en que Dios nos lo concederá. Y lo hace. Si nos sobra también lo repartimos; no necesitamos guardar ni almacenar. En Barcelona —recuerda la Madre Claudia— me encargaba de preparar los artículos de limpieza y aseo. “Madre, no tenemos ni una botella de gel”, dije un día. “¡Bueno el Señor proveerá!”, me contestó. Al día siguiente me avisan que había llegado un donativo. Para mi asombro veo que eran botellas de gel. ¡No me lo podía creer! Le pregunté al chófer de dónde procedían y todo enfadado me dijo. “¡Es la primera vez que estos laboratorios mandan una sola cosa, ¿por qué no habrán variado, como siempre hacen? ¡No lo entiendo!”. “Pues yo sí lo entiendo. Hay una explicación”, respondí».

«Saber que Dios es todopoderoso y que actúa como Dios; que nos conoce, nos ama y sabe lo que necesitamos en cada momento es un descanso. No tenemos que preocuparnos de nada!», comenta la Hermana Silvia.

La Hermana Mercedes también se anima a contar una de los muchos milagros presenciados: «Estando yo en Colombia, en una ocasión las enfermas tenían deseo de comer sancocho, un plato típico de allí que se cocina con gallina. “Si queréis sancocho ir a la capilla y pedídselo al Señor”, les dijo la hermana cocinera. Las enfermas así lo hicieron y de vuelta de rezar, se encontraron una gallina en el huerto. Cuando se la llevaron muy contentas a la hermana, esta les dijo que la devolvieran, pues seguro que tendría dueño y la estaría buscando. Las enfermas se molestaron un poco pero obedecieron. No había pasado ni media hora cuando llegó el chófer de recoger un donativo. Al abrir el saco vimos que había unos 20 pollos. ¡Allí todos temblábamos!».

lo primero es el Amor

La comunidad está integrada por 14 hermanas: ocho mayores y seis en activo, quienes comparten tareas con algunos trabajadores y numerosos voluntarios que acuden diariamente a echar una mano allí donde se necesite. Los voluntarios no tienen un compromiso fijo, ocurre igual que con las provisiones y los donativos. «Vienen libremente en el momento que quieren. Sin embargo, es impresionante comprobar cómo cuando necesitamos ayuda especial por la razón que sea: visita médica, atención en el hospital, etc., están ahí sin llamarles», cuenta la Madre Claudia.

Ser almas de sagrario es el secreto de su vitalidad y ánimo. Son conscientes de que vivir sin orar es como querer salvarse sin salvavidas en una tormenta en el mar. «Decía San José Benito Cottolengo que la oración es el trabajo más importante de esta casa, y así es. Como el día es muy agitado necesitamos mucha intimidad con el Señor, es nuestra gasolina. Soy la superiora, pero sé que solo soy su servidora, porque la obra es suya —como también esta casa— y Él la lleva. Después de mí vendrá otra superiora y Él lo seguirá haciendo todo. Estamos en las mejores manos; las únicas buenas manos que hay porque no fallan nunca», reconoce la Madre Claudia.

«Nos levantamos a las 5:30 horas, rezamos Laudes y una hora de oración personal. A las 7 levantamos a las enfermas y les damos de desayunar. A las 8:40 celebramos la Eucaristía. La asistencia no es obligatoria para las enfermas ni las voluntarias, pero muchas se apuntan. Desayunamos y luego cada una marcha a sus ocupaciones: portería, atención a las enfermas, limpieza, etc. Durante la mañana, las hermanas sacamos media hora de adoración permanente en la capilla. Sin ese tiempo es como si nos faltara algo. Los viernes tenemos adoración al Santísimo y también nos vamos turnando. Después de dar de comer a las enfermas y recoger, a las 2:15 rezamos Hora Intermedia, comemos y disfrutamos de un tiempo muy grato en comunidad, hasta las 15:30 que dedicamos al descanso personal. A las 16:30 nos reunimos de nuevo para el rezo del Rosario y media hora de lectura espiritual. Al finalizar volvemos con las enfermas y les atendemos en lo que necesiten: cena, ducha, y acostarlas. Rezamos Vísperas, cenamos, pasamos otro rato en comunidad, Completas y a la cama».

«Nosotras no somos enfermeras, ni trabajadoras sociales ni terapeutas ocupacionales, aunque a veces hagamos un poco de todo. Lo principal de mi vida es que soy esposa de Jesucristo. Soy del Señor y sirvo a mi Esposo en el pobre y el enfermo. Por eso la oración y los sacramentos son esenciales en mi vida. Al igual que en un matrimonio —lo veo en mis padres— su relación necesita diálogo, comunicación, tiempo el uno para el otro… yo también necesito dedicar a Cristo todo mi ser. Aquí vienen muchos grupos a visitarnos y, al conocer nuestro carisma, nos dicen: “Madre mía, hermana, todo lo que hacen ustedes. ¡Vaya vida!”. Yo siempre respondo lo mismo: “Él es quien lo hace. Yo no hago lo que hago ni soy lo que soy por iniciativa propia, es una llamada de Él hacia mí y yo solo le respondo. Dios es el que actúa en cada momento”», asegura la Hermana Silvia.

amar y ser feliz

La crisis ha hecho que muchas familias no puedan pagar las residencias de sus familiares enfermos, y recurran a esta casa. «Cuando yo llegué hace cuatro años había 52 enfermas y ahora atendemos a 78; de entre las cuales hay seis religiosas mayores que van en sillas de ruedas», explica la madre superiora. Las dos características comunes de las enfermas es que su enfermedad física o psíquica sea incurable y que no tengan recursos para ser asistidas en otro lugar. Tampoco atienden a enfermas agresivas ni contagiosas porque necesitarían estar apartadas del resto, y aquí se vive en familia. «Yo sé que con estos requisitos se puede pensar: ¡Madre mía, qué dolor, qué tristeza habrá allí! Pues todo lo contrario. Nosotras tenemos la suerte de estar con los preferidos de Dios, es decir, con los enfermos y los pobres. Es una suerte ser Servidora de Jesús del Cottolengo del P. Alegre porque puedes tocar a Cristo a cada momento. ¡Todo un privilegio!».

La alegría es una nota común en la casa; si hay algo en lo que coinciden las hermanas, las trabajadoras y las voluntarias es precisamente el alborozo que transmiten las enfermas. «En Las Hurdes me impactó la alegría natural —señala la Madre Claudia— el saborear las cosas sencillas que afuera desprecias. En el mundo tienes un móvil o un ordenador y no lo valoras porque estás pensando en tener otro mejor; allí podía ver cómo se disfrutaba de algo tan sencillo como que alguien en silla de ruedas consiguiera andar con muletas, o con el recibimiento cuando llegaba una enferma nueva… Tenían todas, tanto las hermanas como las enfermas, una lámpara encendida dentro de su corazón que irradiaba luz y hacía que en todo momento, bueno o malo, estuvieran alegres y conformes. Eso me cautivó».

«Estas Navidades hablé con el sacerdote de la parroquia de Fuentelfresno y quedé en que los “Reyes Magos” nos visitarían la misma noche de Reyes, ya que siempre lo hacían a la mañana siguiente. Eran las 10 de la noche y estaban las enfermas dormidas cuando dije por megafonía: “Los Reyes Magos vienen a saludaros”. Todas creían que éramos las hermanas disfrazadas, pues saben que nosotras, con tal de que sean felices, hacemos cualquier cosa. Pero cuando nos vieron pasar a todas con nuestras panderetas dijeron: “Las hermanas no son”. Su alegría, su inocencia, su entusiasmo dejó tan maravillados a “sus majestades” que nos decían emocionados: “Es lo mejor que nos ha pasado hoy”».

Beatriz tiene 64 años y lleva tres años de voluntaria. «Allí donde me dicen que hago falta voy». Mi madre murió y una amiga, novicia de la congregación de Jesús-María, me llamó para darme el pésame y para invitarme a pasar unos días con su comunidad. “Cuando vuelva del Cottolengo te vienes”. “Pues me voy contigo ya”, le dije inmediatamente. Y nos vinimos las dos para acá. El primer día ya quería volver a casa porque me parecía muy duro. A la mañana siguiente me levanté para rezar Laudes con las hermanas y en cuanto oí: ”Ojalá escuchéis hoy mi voz, no endurezcáis el corazón”, me caló tan hondo que pensé: ¡Aquí me quedo!. A las tres semanas lloraba amargamente porque no quería marcharme. Volví a Murcia pero al poco ya estaba de nuevo en el Cottolengo». «Beatriz es un brazo de mar», afirma la Madre Claudia con cariño.

«No sé qué tiene el Cottolengo que huele a Dios. La vida aquí es muy alegre y me lo paso francamente bien; me río muchísimo. Las enfermas me producen mucha ternura. Ahora bien, tengo claro que sin la oración y los sacramentos no podría hacerlo. He buscado a Dios incesantemente durante toda mi vida por diferentes caminos. Él y yo tenemos una persecución a muerte desde el día en que nací. Pero Dios corre más y cuando me escapo, me pilla».

La más veterana de las enfermas se llama Araceli y lleva 65 años en el Cottolengo de Madrid. Apenas puede hablar y tampoco moverse de la cama pero emociona oír, cuando le preguntan cómo está, responder sin queja alguna: «Muy bien»; la más joven tiene 17 años. Todas irradian felicidad, ya que, como decía la Madre Teresa de Calcuta, la pobreza más absoluta es la soledad pero el sentirse querido obra milagros. «Aquí el cariño y las ganas de comer les ha cambiado la vida», sostiene la Hermana Mercedes.

Marijose y Custodia son dos de las enfermas. La primera de ellas nació hace 53 años en Navalmoral de la Mata (Cáceres) pero desde los cuatro años vive en el Cottolengo de Madrid. Aunque padece una atrofia que le impide mover las piernas y los brazos, su afán de superación es tal que ha aprendido a pintar e incluso a tocar el piano con la boca. «Tengo ratos, como todo el mundo, en los que me pongo triste por alguna preocupación pero en general soy muy feliz. Veo mi enfermedad como un regalo para ofrecerme por el mundo y por la santificación de los sacerdotes. Todos los días le digo al Señor: “Aquí estoy para hacer lo que tú me digas”». Explica la Madre que Marijose, junto con tres enfermas físicas más de la casa, pertenecen a una asociación pía del Cottolengo llamada “Marías eucarísticas”, en la que ofrecen su vida por la santificación de los sacerdotes.

Custodia tiene 43 años y es gitana. Desde muy pequeña lleva viviendo en el Cottolengo, repartiendo sonrisas por donde va. «Es un cascabel que da mucha vidilla a la casa, siempre está preocupada por los demás. Es capaz de renunciar a una salida para que vaya otra en su lugar si faltan plazas», apunta la Madre Claudia. A lo que ella añade tímidamente: «Ayudo en lo que puedo. No tengo papá, está en el cielo, y mi mamá también, pero quiero mucho a Jesús». Ante la pregunta de quién es la Virgen para ella, Custodia responde sin dudarlo: «Es mi mamá». Con esta contestación sobran las palabras.

libres de la soberbia de la vida

Las estrategias del demonio, ese gran tentador que nos pone la zancadilla con engañifas para que tropecemos, son bien conocidas por las hermanas. «Aquí puede entrar de muchas formas, y todas sutiles. Hay que tener mucho cuidado porque parecen cosas sin importancia pero dañan. “Bueno, no pasa nada, es solo una vez…” y ya se te ha colado. Sus asechanzas nos llegan de forma material —muchos piensan que la materialidad suple otras cosas y regalan a las enfermas cosas innecesarias o que les perjudican, como revistas inmorales— o enredando para evitar que busquemos ante todo la intimidad con el Señor, etc.».

«Cuando siento que pueden venir tentaciones aunque sea por tonterías —un simple cansancio, una mala contestación…— me ayuda mucho repetir de corazón: “Señor, te elijo a ti”. Tengo que ser muy fiel a la oración para combatir», reconoce la Hermana Silvia.

Es un misterio que Dios eligiera el árbol de la Cruz para salvar a la humanidad, pero de no ser así el Cottolengo carecería de sentido. «Si la Cruz no fuese redentora no podríamos vivir —asevera la Madre Claudia— porque nos escandalizaríamos del sufrimiento. ¿Qué sentido tiene que estén enfermos durante toda su vida? Pero la cruz hace que se santifiquen con su silla de ruedas, y nos santifiquemos también las que estamos cerca. Las enfermas se sienten amadas por Dios. Las hay muy profundas, pero siempre se obtiene respuesta: una mirada, una sonrisa, un apretón de manos… Ellas saben muy bien si cuando les vas a dar de comer tienes prisa o no, si estás nerviosa… No pueden decir con palabras “Dios me ama” pero lo expresan de otra forma».

Que el Cottolengo engancha es una gran verdad, a tenor de los numerosos voluntarios y grupos que diariamente visitan la casa. «A algunas nos ha enganchado del todo —reconoce la madre superiora—. Estaríamos encantadas de tener pequeñas con nosotras, pero a las niñas con discapacidad no les dejan hoy día nacer. Es una pena porque son los más felices y los que más feliz te hacen ¡Con la ternura que dan! ¿Cómo resistirse a un achuchón de Custodia o a una sonrisa de Araceli?».

Responder a Cottolengo del P. Alegre en Algete

  1. Helena

    Buenas noches, me gustaría ayudarles, pero como soy pobre solo puedo ofrecer mi trabajo, queréis aceptarme como voluntaria, a cambio de dormida y comida?
    Paz y Bien

     

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