Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 26, 2017
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Cras est providentia 
Manuel Ortuño

¿Qué es esto que siempre queda en mi que nunca se ríe?

“¿Qué son, dime, estos ardores
por los que nunca me sacio?

Y dime: cuando en las flores
del mundo, mi alma se engríe,

y, hecha risas, se deslíe
en un mar de pluma y seda…

¿Qué es esto que siempre queda
en mi que nunca se ríe?”

Pemán nos ha dejado multitud de escritos y, por encima de todo, muchas preguntas que nos llegan al corazón y a lo más profundo de nuestra alma, con el fin de que seamos nosotros los que, sin darnos cuenta, nos respondamos con una sinceridad que, casi siempre, hace que nos sorprendamos. Y es esa sorpresa la que, precisamente, nos llega al corazón porque no son muchas las veces en las que realmente somos capaces de detenernos un momento para saber de nosotros mismos, de nuestros sentimientos, de nuestros deseos, de nuestras luchas, de nuestras tristezas y alegrías, en suma, de nuestro corazón y de nuestra alma.

Todo se nos suele dar bastante masticado de forma fácil vía mensajes ya preparados (y tan preparados…) a través de multitud de canales. Desde la televisión, radio, prensa, etc., hasta por las reacciones propias en nuestro día a día en función de lo que trasmitimos y nos trasmiten nuestros amigos, conocidos, familia… Pero de ahí a realmente llegar a “parar” para poder “sorprendernos” de la sinceridad objetiva de nuestras respuestas a nuestras propias inquietudes o sentimientos hay un largo y dificultoso trecho.

Pero “¿qué es esto que siempre queda en mí que nunca se ríe…?” Es ese algo tan sencillo, y a la vez tan perfectamente complejo, como es la sensación de que por mucho que tratemos de llenar nuestra vida de tantas y tantas “cosas”, y no tienen por qué ser (sólo) malas, siempre (¿verdad que siempre?) nos queda ese resquemor silencioso, pero pertinaz y obstinado, que nos dice bien dentro: ¿Qué es esto que siempre queda en mi que nunca se ríe…?

Es el no saber, o no querer saber, que nos acucia el hambre de la verdad, el ansia de la bondad, la subyugación de la belleza. Pero sin saber que es, precisamente, porque Dios nos ha creado para la verdad y la bondad y la belleza absolutas, que son El, y a Él debemos tender, aunque el lastre del mal nos atenace. Y cuando se realiza el mal, el mismo mal nos arañara las entrañas, porque: “Nos has hecho, Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”, como confesaba San Agustín.

Pero qué decir si hasta el mismo Pablo de Tarso dice sin tapujos: “no hago el bien que quiero… sino el mal que no quiero. Siento una ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado, que está en mis miembros”(Rm 7,19).

Y lo mismo se puede decir de ese “elemento” tan incomprensible para nuestro entendimiento de hombres del Siglo XXI, y del que huimos constantemente,  que es el dolor. Y eso porque no queremos ser conscientes, como bien dijo un autor espiritual del siglo pasado, que existe una relación entre la manera en que cada persona vive el dolor y su forma de amar, porque solamente se acepta el dolor cuando se capta que su sentido es el amor. Sólo así se puede llegar a exclamar: «Bendito sea el dolor. Amado el dolor. Santificado sea el dolor […] ¡Glorificado sea el dolor!»

Cuando se “huye” del dolor, cuando se rechaza la visión y el sentido transcendente de nuestra vida, o cuando se realiza el mal, es todo ello lo que “nos arañara las entrañas” dejándonos esa quemazón “tan dentro” y… que nunca se ríe.

Como bien dijo Miguel de Unamuno “”Los que reniegan de Dios es por desesperación de no encontrarlo.”  Por tanto,  tratemos de entender que la vida tiene su lado sombrío y su lado brillante; y sólo de nosotros depende elegir el que más nos plazca.  La sencilla diferencia entre una y otra no es otra cosa que la Alegría… “¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaos a gozar de esta alegría!” (Beato Juan Pablo II)

Debemos por tanto tener como centro de nuestra vida al amor, y el fruto directo de ese amor es la alegría. No podemos encontrar un ejemplo más hermoso de alegría que el que nos da la Santísima Virgen en el “Magníficat”: «Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1, 46-48)

Y, a partir de ahí, encontraremos dentro de nosotros lo que siempre se ríe. La Alegría de saberse hijos de Dios.

5 Respuestas a Cras est providentia

  1. Eduardo

    Para lograr cada día el colocar una sonrisa en la parte que nunca ríe de nuestro yo intimo, nos preguntamos y respondemos; A quien iremos Señor, solo Tu tienes palabras de Vida Eterna:

     
  2. Luigi

    Yo diría dinero, concupiscencias y éxito, que corresponden con los enemigos del alma, mundo, carne y demonio, que son a su vez las tentaciones de Jesús. Estos son los pilares del mal, en los que somos todos tentados asiduamente y en los que desgraciadamente caemos, pero Cristo para eso ha venido para levantarnos y decirnos: “yo tampoco te condeno, vete y no peques más”

     
  3. raquel

    las flores que da el mundo: el éxito, el poder, el placer… en ellos se disuelve el alma haciéndose vana como la espuma. Es verdad, nada de eso sacia el alma; más bien lo esclaviza y amarga

     
    • Manuel Ortuno

      Cierto… Dinero, sexo y poder. esas son los tres pilares con los que Satanás compra la “felicidad” del hombre. pero, a pesar de ello, “siempre queda dentro eso que nunca se ríe”. Sólo Dios sacia. Sólo Dios basta…

       
  4. Hugo

    “”Los que reniegan de Dios es por desesperación de no encontrarlo.” Es tremendo, y más viniendo de Unamuno, ese escritor y “filósofo” que luchó toda su vida por encontrar la paz. De seguro que, como dice usted en su Blog, cada vez que cerrara los ojos se repetiría una y mil veces: “qué es esto que siempre queda en mí y que nunca se ríe…?” Enhorabuena por esta nueva sección de Blogs. Todos de alto nivel, bien distintos, pero unidos por un lazo irrenunciable: la necesidad de Dios que tiene este nuestro mundo. Un saludo.

     

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