Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, diciembre 15, 2017
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Creciendo a sus ojos 

Al igual que Jesús, el Hijo, también el discípulo, es raíz plantada en tierra árida. No parece que tenga mucha importancia aun cuando esté delante de Dios; como María, que a los pies de su Maestro escuchaba su Palabra. De la poca importancia de su hacer, de su opción por el discipulado, da fe su misma hermana que se queja de ella a Jesús por su pasividad ante las tareas de la casa.

La verdad es que, hasta entonces, Marta no había entendido que lo más importante era crecer delante de Dios, lo que estaba haciendo su hermana; y que esto era lo prioritario en el hacer de los verdaderos buscadores de su voluntad.

La belleza de la figura del discipulado que representa María de Betania, es de una intensidad indescriptible. Es una belleza de lo alto que ya disfrutamos en este mundo. Me permito hablar así porque textos que el Espíritu Santo inspiró a los místicos del pueblo de Israel, y que son auténticas profecías acerca de Jesús en cuanto a Hijo y Enviado del Padre, alcanzan también su cumplimiento y realización en sus discípulos, como podremos comprobar en María de Betania a quien hemos llamado fiel icono de todo discipulado.

Vamos al encuentro de algún ejemplo de lo que estoy afirmando; mas quiero adelantar que podemos comprender mejor la similitud del discipulado de Jesús con respecto al Padre, y la de cualquier hombre o mujer con respecto a Él en cuanto Maestro y Señor, reteniendo en nuestra mente y corazón a esta mujer, María de Betania,  que “sentada a los pies de Jesús escuchaba su Palabra” (Lc 10,39).

Dicho esto, nos acercamos al salmo 92 y saboreamos lo que su autor nos dice acerca del justo: “El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano plantado en la Casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios; en la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso…” (Sl 92,13-15).

Por más que nos pueda parecer exagerado la identidad de los dos discipulados: el de Jesús y el de los suyos -los que creen en Él-, es tan real como conmovedora. Ambos han sido plantados “en la Casa de Dios”, lo que quiere decir delante de Él, bien del Padre  o bien del Hijo. Esto significa que ambos –tanto Jesús como cada uno de sus discípulos- son “raíz en tierra árida”. Lo extraordinario es que producen fruto, que siempre son frescos, lozanos, frondosos, cargados de esplendor.

Son los frutos que anuncian ininterrumpidamente que Dios ha sido bueno y leal con ellos, que no han sido confundidos ni defraudados. Dios ha hecho honor a la Palabra que les ha dado cumpliéndola en ellos. Paradigma de todos estos frutos se eleva majestuoso el Resucitado, quien, en su alzarse victorioso, quebró en mil pedazos la piedra que, aliada con el príncipe de este mundo, custodiaba su muerte.

En la misma línea de ambos discipulados sondeamos catequéticamente el salmo 91. Su autor nos presenta a un justo que ha confiado su vida entera a Dios, ha plantado su tienda delante de Él (Sl 91,1-2). Ante el mal y la persecución que le salen al encuentro, este hombre se ampara en la fuerza de Dios a quien llama “mi Defensor” (v.9).

Ante una confianza tan radical como amorosa, Dios toma la palabra, hace una proclamación solemne: “Se puso junto a mí, le libraré, le defenderé pues conoce mi nombre. Me llamará y le responderé; estaré a su lado en la desgracia” (v 14-15).

Vamos a paladear suavemente estas palabras que Dios pronuncia acerca de este justo que, repito, se refieren no sólo a su Hijo, sino también a sus discípulos, a todos aquellos y aquellas que tejieron su vida con las líneas maestras de su Evangelio. Dice Dios de su Hijo, en quien todo discípulo está representado y recogido: Se ha puesto junto a mí, está delante de mí, yo le libraré pues me conoce. ¿Cómo no me va a conocer si está siempre pendiente de mis palabras…? “María a los pies de Jesús escuchaba su Palabra”. Sí, tanto se ha fiado de mí que ha plantado su existencia ante mis ojos. Yo también estaré a su lado, junto a él, delante de él, en la desgracia, en la prueba. Romperé todos los lazos que caen sobre su cabeza, incluido el último de todos, el de la muerte. Jesús murió y fue glorificado por su Padre. Sus discípulos participamos de la glorificación de nuestro Maestro.

Antonio Pavía

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