Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|Domingo, Agosto 20, 2017
  • Siguenos!

Cristianizar la política, no politizar el cristianismo 

Si algo caracteriza a la política actual europea, incluida la española, es la elasticidad de los “valores” en que se apoya hasta el punto de que, para una mayoría (raramente estable), lo que hoy aparece como negro mañana puede verse como gris o blanco.

En esas circunstancias, absurdo es hablar de “valores perennes” en la política, constatación que un Churchill dejó entender cuando apuntó aquello de que triunfar en política depende de manejar convenientemente el arte de lo posible; desde esta perspectiva un Maquiavelo justificará cualquier artimaña, a la que la demagogia ya se encargará de disfrazar de “valor”, para alcanzar el fin propuesto, es decir, el poder sobre vidas y haciendas de forma que, a renglón seguido, el jefe de turno pueda hacer y deshacer a su antojo en el fundamentalista a la par que elástico marco de una más o menos vieja y más o menos alienante ideología..

No es el poder político el objetivo esencial del Cristianismo: es ganar los corazones, uno a uno, para, en Amor y Libertad, servir a toda la Humanidad con la puesta en práctica de las más valiosas capacidades de los auténticamente convertidos, es decir de aquellos (¿tú y yo entre tantos otros?) que ven este mundo como la única etapa en la que obrar como fieles hijos de un Dios todo Amor y todo Libertad.

Ese Amor y esa Libertad, valores perennes en el Evangelio, son principal sustento del Realismo Cristiano, el mismo que, cuando inspira la acción política, es decir, cuando ayuda a que los políticos actúen más en cristiano, facilita el que los ciudadanos se vean (nos veamos) más unidos, más libres, más confiados en el futuro y, por lo tanto, más felices.

                  Antonio Fernández Benayas.

Añadir comentario