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Cristianofobia 

De cada 100 personas que mueren en el mundo por causa de persecución de su fe religiosa, 75 son cristianos. El dato, escandaloso e impactante de por sí, evoca los tiempos de persecución a muerte de los primeros siglos del Imperio Romano, donde la Iglesia primitiva era condenada a sucumbir ahogada en su propia sangre. Desde el loco y cruel Nerón (siglo I) hasta el terribilísimo Diocleciano, pasando, entre otros, por Trajano, Marco Aurelio y el sangriento Septimio Severo, la Iglesia vivió años de calma y años de feroz violencia, llenando el Imperio de víctimas cristianas y el elenco de los santos de una nómina gloriosa de mártires: “Nos hacemos más numerosos, cuando nos segáis: la sangre es semilla de cristianos” (Tertuliano).

Lo cierto es que en la actualidad esta situación sigue viva. En la “Enciclopedia del Mundo Cristiano” se lee que el siglo XX se ha caracterizado por la matanza de nada menos que 45 millones de cristianos asesinados en el mundo por motivos religiosos: solo en 2001 más de 160.000 cristianos murieron por causa de su fe (“El Mundo”, 11/2/2006). Y por poner un ejemplo de siglos pasados, una de las mayores persecuciones contra los cristianos tuvo lugar en Vietnam (entre 1625 y 1886), período en el que en esos años fueron asesinados unos ciento treinta mil cristianos. Un ejemplo de finales del siglo pasado en este país es el cardenal François Xavier Nguyen Van Thuan, prisionero por su fidelidad al Evangelio hasta las últimas consecuencias

vivir en Cristo, morir por Él

¿Cómo está la situación hoy? El “Informe sobre Libertad Religiosa en el Mundo 2010” arroja cifras muy sorprendentes: 350 millones de personas en el mundo son perseguidas o discriminadas por causa de su fe, cuya mayoría son cristianos. Y la tendencia es a peor. Es lo que ocurre en países como Arabia Saudí, Bangladesh, China, Egipto, Irán, Irak, Pakistán, Somalia o Sudán.

Partamos, por ejemplo, de la reciente película “De dioses y hombres”, donde se relata el asesinato en 1995 de una comunidad de religiosos trapenses en Argelia por mano de fundamentalistas musulmanes. En efecto, de aquel 75 % que mueren perseguidos por sus creencias religiosas, la gran mayoría sucumbe en países islámicos. Esto no es un hecho aislado, sino que se viene repitiendo como sucesos “normales” en nuestros medios de comunicación.

Así, por ejemplo, en Nigeria, en marzo del año pasado se cuentan entre doscientos y quinientos cristianos eliminados a golpes de machete por extremistas musulmanes. Oriente Medio no da tregua en su persecución a los cristianos empujándolos a huir de la bendita tierra donde vio la luz el cristianismo. La quema de iglesias en Irak durante la celebración de la Navidad mató a más de treinta personas; y a muchos nos ha alterado y escandalizado la condena a muerte de Asia Bibi por una supuesta blasfemia contra Alá, hasta el punto de asesinar al ministro cristiano pakistaní defensor de las minorías religiosas como la cristiana por denunciar esa persecución en su país. La prensa de estos días (9/5/2011) se ha hecho  eco de nuevos enfrentamientos de musulmanes contra los cristianos con una docena de muertos y más de doscientos heridos en Egipto, donde los coptos padecen un largo hostigamiento por parte de elementos salafistas, fanáticos y brutales, ignorantes de que los coptos están en Egipto desde la evangelización de San Marcos, mucho antes de la llegada de los árabes.

De todos es conocido —o, mejor dicho, desconocido— cómo está la situación en China, donde se sabe que la Iglesia católica está recluida al silencio y al anonimato, so pena de persecución y cárcel, valiéndose de la presión sobre la Iglesia fiel a Roma, mediante la Iglesia patriótica china y la periódica amenaza de seguir ordenando sacerdotes y obispos de esta Iglesia, de espaldas a Roma. Y sobre la India, por Internet ha corrido la noticia de que extremistas budistas habían prendido fuego recientemente a unas veinte iglesias con la intención de multiplicar esa fechoría y matar a numerosos misioneros.

la fe cristiana, al paredón

La cosa ya ha adquirido suficiente relieve como para despertar la conciencia de la sociedad. Precedido por una resolución del Parlamento Europeo que, hacia finales de enero de este año, pide protección para los cristianos en países musulmanes y, por un documento de la Unión Europea un mes más tarde (el 21/2/2011) que condena los ataques contra los cristianos, casi todos los partidos políticos del Congreso español de los diputados, aprueban, días después, un texto condenando “con la mayor firmeza posible” los “brutales” ataques terroristas y la persecución religiosa sistemática que están sufriendo las comunidades cristianas en diversos países de Asia y África, así como los que puedan sufrir ellas y cualquier otra confesión religiosa en otras partes del mundo.

La realidad es que en muchos países se ha hecho papel mojado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que sanciona “la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”. Recordemos cómo una plataforma antifeminista, en marzo de 2010, exigía a la ONU que expulsara al Vaticano de su seno.

Pero no hay que salir fuera de nuestras fronteras para acusar esos zarpazos de cristianofobia —término, por cierto, aceptado y pronunciado por primera vez por Benedicto XVI en su discurso a la curia en la víspera de la pasada Navidad—: ¿Acaso no recordamos todos el acoso y pretensión de derribo contra la Basílica y Santa Cruz del Valle de los Caídos? ¿No son recientes las afrentas, burlas y parodias contra la Iglesia Católica en los sucesos contra las capillas universitarias, por no mencionar la bazofia de algunas representaciones en los desfiles de los carnavales o del estólido Día del orgullo gay?

¿No se proscribe el crucifijo en las escuelas y se persiguen los belenes? ¿No se toma pie del nefando pecado de pederastia de algunos clérigos y religiosos para emborronar en bloque a todos los curas y monjas? Y ¿qué decir de las leyes legales que prohíben el derecho natural de la objeción de conciencia (véase, por ejemplo, el anteproyecto de Ley sobre Cuidados Paliativos y Muerte Digna, donde se abre una trampilla para hacer del médico no un fiel defensor del juramento hipocrático, sino un simple ejecutor de una muerte adelantada, imponiendo así una “nueva” religión a la religión cristiana, que nunca se impone sino que se propone, impidiéndole además abstenerse por motivos de conciencia?

Y lo mismo ha ocurrido con la Educación para la Ciudadanía (EpC), adoctrinando las mentes de nuestros niños y adolescentes en principios pseudoprogresistas, saltándose a la torera el derecho de los padres; ítem más con la PDD (la píldora del día después), permitiendo a las jovencitas de dieciséis años abortar sin comunicarlo siquiera a sus padres…, cosas que ya caen sobre terreno mojado al haberse cargado —sin miramientos y ningún escrúpulo contra la historia y la Real Academia— el concepto de matrimonio, dando carta de naturaleza a uniones homosexuales de hecho (de cohecho y de deshecho, como ya he dicho más de una vez); sin olvidarnos, por supuesto, de la aprobación omnímoda, en la práctica, de todo tipo de aborto, a espaldas de la ciencia, del sentido común y de los principios más elementales de la ley natural, saqueada y desposeída de su contenido. ¿No es todo ello un bofetón en pleno rostro a la cara de la Iglesia?

intolerancia a la Cruz

Poco a poco se persigue torpedear la línea de flotación de la vieja barca de Pedro, denigrándola todo lo que se pueda, no soportando el Concordato español con la Santa Sede (1953) y los acuerdos posteriores, ignorando que la Iglesia conoce, desde los primeros tiempos de su existencia, los embates del mal, pero mucho más consciente es de que “el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16,18).

Hay indicios fundados de querer reducir todo lo religioso al ámbito privado con el pretexto democrático de una nueva ley de libertad religiosa, cuyo contenido no carece de sospechas ya contrastadas de profundas raíces laicistas y relativistas.

No, no nos hemos saltado la persecución religiosa en España, de infeliz memoria, por más que una sesgada y partidista “memoria histórica” reivindique solo una parte de los muertos, ignorando la otra. Por lo que aquí nos interesa, el P. agustino Enrique Somavilla Rodríguez ha hecho un estudio muy documentado sobre “La persecución religiosa en España durante la II República y la Guerra Civil” (revista “Religión y Cultura”, abril-septiembre 2008, vol. LIV, n.º 245-246, págs. 491-526).

Sin entrar en detalles, la magnitud de la tragedia acabó con la vida de unas diez mil personas, más de dos terceras partes obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y el resto seglares, asesinados por motivos religiosos. A quien lea, por otra parte, el artículo 26 de aquella Constitución de la II República, no le costará gran esfuerzo constatar que está leyendo párrafos que fácilmente puede identificar con muchas cosas que ocurren hoy en nuestra sociedad actual.

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