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El bálsamo de la Misericordia 

¿Qué une los pontificados de Francisco y san Juan Pablo II? Seguramente muchas cosas, en medio de sus evidentes diferencias, pero indudablemente uno de los principales puntos en común, mejor dicho, de continuidad es el “bálsamo de la misericordia”. San Juan Pablo II instituye la fiesta litúrgica de la Divina Misericordia el domingo posterior a la Pascua y muere providencialmente un dos de abril, víspera de la fiesta ese año. Francisco implanta la práctica de la misericordia en el corazón se la Iglesia; sea por fomentar su práctica a todos los niveles, comenzando por el Papa mismo y animando a todos los bautizados a seguir a pie juntillas las enseñanzas de Jesucristo en este aspecto, sea porque interioriza esa misericordia en la práctica, en el gobierno y en la pastoral de la Iglesia.

Desde una perspectiva creyente es indudable entonces que la Providencia quiere remarcar particularmente este aspecto de Dios mismo y su plan salvífico y, lógicamente, el Espíritu Santo sabe lo que hace: nunca como ahora se hace notar tanto la sed de la misericordia en el corazón del hombre, pues ahora más que nunca palpa ineludiblemente su fragilidad.

Es paradójico, por un lado, el hombre amenaza con erigirse en un soberbio ídolo que aparentemente no necesita de Dios. Piensa, ingenuamente, que la ciencia y la técnica le darán el sentido de su vida, o peor aún, que convertirán en inmortal su vida. Por otro experimenta cada vez más vastamente el vacío del sinsentido y la angustia de la fragilidad. En sus momentos de lucidez y clarividencia se percibe arrollado por una corriente que no ha elegido y obligado a desempeñar un papel existencial extenuante, sin que le quepa posibilidad de salir de él.

Por eso, precisamente en las sociedades desarrolladas, aparecen tristes ejemplos de la profundidad de ese vacío, dejado en gran medida por la ausencia de Dios. D´Avenia cuenta, dramáticamente, un caso, tristemente frecuente, del fruto del sinsentido, al transcribir parte de la carta que una chica dejó a sus padres antes de suicidarse: “Me habéis querido, pero no habéis sido capaces de hacerme bien; me lo habéis dado todo, pero no lo indispensable: no me habéis dado un ideal por el que valiese la pena vivir la vida. ¡Por eso me la quito!”

La ceguera del hombre le ha hecho pensar que es autosuficiente, cuando en realidad es débil y necesitado de misericordia y comprensión. Por ello, la devoción a la Divina Misericordia se ha extendido como un fuego devorador, cuando en realidad es un bálsamo de ternura que cura la fragilidad humana, volviéndonos menos autosuficientes, más comprensivos, más conscientes de nuestra flaqueza y, al mismo tiempo, más felices, pues sabemos que precisamente por esa debilidad somos más queridos por Dios. Dios nos ama como somos, no como deberíamos ser, a esa característica del amor de Dios se le llama Misericordia.

No es, sin embargo, una cobarde excusa, una escondida complicidad con nuestros defectos. Todo lo contrario. Nuestra respuesta al amor misericordioso de Dios es precisamente el deseo de ser mejores. El amor de Dios nos hace crecer y dar lo mejor de nosotros mismos, nuestro deseo de quererle mejor nos impulsa a esforzarnos, pero somos conscientes de que por amar a Dios no dejamos de ser lo que somos: frágiles criaturas, necesitadas de su misericordia y del apoyo y comprensión de la Iglesia.

Por eso nuestras debilidades, errores y miserias no son un punto de llegada, sino de partida para dirigirnos hacia Dios. Es la experiencia de los santos a lo largo de los siglos: de san Pablo que exclama: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu y me esclaviza a la ley del pecado… ¡infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7, 19-24). Hasta san Josemaría que afirma: “a pesar de mis miserias, quizá por ellas, mi amor es un amor que se renueva cada día”.

La fiesta de la Misericordia es entonces la fiesta de la realidad: la realidad de amor de Dios que nos quiere como somos y nos eleva, la realidad de nosotros mismos, que somos frágiles y necesitados de los demás. La comunidad de los frágiles que aceptan ser salvados por Dios se llama Iglesia, y en ella se colma de sentido nuestra vida, sabiendo que tenemos un lugar de en el corazón de Dios, una misión en el mundo,  y un espacio de comprensión, a pesar de los pesares.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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