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EL LUNÁTICO 
11 de Agosto
Por Manuel Requena

Cuando volvieron a donde estaba la gente, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas, le dijo: «Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo». Jesús tomó la palabra y dijo: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo». Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?». Les contestó: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible» (San Mateo 17, 14-20).

COMENTARIO

!Pobre y gran padre el de aquel niño enfermo epiléptico convulsivo, “lunático”! (“Seleniásetai”, dice el griego). Mirando  desde lo humano, era mucho el sufrimiento que llevaba dentro por aquel hijo al que amaba. En su timidez de pobre se atrevió su amor a ponerse de rodillas ante Jesús, frente a toda la gente que allí estaba: discípulos, fariseos y demás enemigos y amigos incluso de Jesús. Pero tomó fuerza de la misma gente sencilla que como él, esperaban todo de un Salvador. No solo libertador de patrias, sino de aquellas cadenas comunes y dolientes que todo hombre tiene con la enfermedad de los que ama y atan más que la propia. Viendo la inminencia del ataque “diabólico” apoplético de su hijo, y la inoperancia de los discípulos que no habían subido al Tabor, ni habían podido curarle, se atrevió a dar la cara y arrodillarse ante Jesús. Lo primero que oyó lo dejó más helado aún, ¡«generación incrédula y perversa…! Cualquiera habría salido huyendo de allí, cargando con su hijo.

Pero no fue así. ¡Qué gran figura la de aquel padre mirando desde la fe! Él es el protagonista, no solo de este relato de hoy, sino de la fe en Jesús en todos los tiempos. Para conocer a esta figura de nuestra fe de cada día, del hombre sencillo, humilde, acostumbrado a los sufrimientos del amor, a los ultrajes y las emergencias familiares, que llevaba años atendiendo sólo con su esposa al hijo “lunático”, -según diagnóstico de aquella época-, el relato de Mateo hay que complementarlo con el de Marcos, que hace de este personaje uno de los suyos singulares, querido y admirado, al que con seguridad conocía personalmente.

Jesús, Pedro, Santiago y Juan bajaban del Tabor, portando una de las experiencias más impresionantes de la humanidad. No solo porque vieron a Jesús transfigurado en nuestra última y gloriosa realidad de gloria, sino porque habían escuchado la voz del Padre, inmersos en la nube, en su último mandato creativo: ¡«escuchadlo»!. Y en precioso contraste evangélico de aquella gloria que aún se reflejaba en sus rostros al bajar de la montaña, otro padre, el de aquel muchacho enfermo, se humilló hasta el extremo. Los discípulos de Jesús no habían podido curar a su hijo, y él, lo primero que entendió de aquella salud misericordiosa que buscaba, sonó a regaño de Jesús por su falta de fe. Aquel padre herido no sabría dónde meterse, pero al amor a su hijo, le dio la fuerzas para gritar una de las frases más importantes de la piedad de la Iglesia, que no recoge Mateo, pero sí Marcos: «Señor, suple tú mi falta de fe» (Mc 9,24). Y la suplió, y su hijo agitado de nuevo, al fin se levantó curado y vivo. Fue una magnífica trampa para Jesús en la que su amor no podía dejar de caer. ¡Que tu amor supla lo que le falta al mío y a mi fe! Cuánto le debemos al Padre y a aquel padre

Recuerdo que hace años, escribiendo un libro sobre los personajes anónimos del Evangelio de Marcos, (LA GENTE, MÁS TREINTA PERSONAS Y UN ÁNGEL), este padre fue de las figuras que me impactó. Debíamos nombrarlo patrono de los usuarios de la Seguridad Social, que siempre son los que ponen la enfermedad y el dolor, pero para su cura siempre falta algo. Aquel padre dio en el clavo del corazón de Dios: “Suple tú lo que me falta, que yo tengo bastante con el doloroso amor de mi enfermo”. Y Dios no le falló. El que salió temblando y haciendo temblar al niño fue el supuesto diablo. La gente incluso pensaba que había muerto (cf. San Marcos 9, 14-29). Pero Jesús lo levantó y lo entregó sano a sus padres.

Para ser gente de Jesús, no solo hay que saber estar en el Tabor luminoso, sino abajo, en la llanura, florida o seca, del dolor, esperando que llegue el momento de ponerse de rodillas y pedir. A veces es enfermedad o “diablo propio”, pero el que más duele y alborota es el dolor, la enfermedad o carencia de los que amamos.

¡Señor, suple tú lo que nos falta para tener tu armonía!

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