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El método del descubrimiento II 

Los niveles de realidad y de conducta

Al recorrer —como se decía en el artículo anterior, publicado en Buenanueva nº 52— las doce fases del proceso de desarrollo personal, descubrimos tres niveles de realidad y de conducta: el 1, el 2 y el 3. Para lograr que la fecundidad de este descubrimiento sea plena, debemos ahora ampliarlo y advertir que el nivel 2 adquiere su plenitud en el nivel 3, y este se fundamenta en el nivel 4. Nuestra vida entera se eleva cuando es orientada al ideal de la unidad, que implica el de la verdad, la justicia, la bondad y la belleza (nivel 3). La mente, la voluntad, la capacidad creativa, el sentimiento…, todo adquiere entonces en nosotros una nueva potencia y se abre a un horizonte de grandeza insospechada.

Este proceso ascensional fue denominado éxtasis por los antiguos griegos, término que significó, en principio, salir de sí, y, a partir de Platón y Plotino, salir de sí hacia lo más alto. Los doce descubrimientos antedichos constituyen la articulación interna del proceso extático. Nada más importante que conocer de modo preciso los diversos niveles de realidad en que podemos movernos y las diferentes actitudes que debemos adoptar respecto a ellos. El conocimiento de tales niveles es una clave eficacísima para orientarnos en la vida. Lo muestran con nitidez las siguientes anécdotas.

En plena Edad Media, alguien se acercó a los canteros que trabajaban en las obras de una catedral y les preguntó qué hacían:

—Estoy desollándome las manos con este pico para poder subsistir —contestó uno rápidamente.

—Ejercito mi profesión y gano un salario para sostener la familia —agregó un compañero.

Tras pensarlo un instante, un tercero manifestó lo siguiente:

—Construyo una bella catedral para gloria de Dios y bien de la humanidad.

Los tres artesanos realizaban el mismo trabajo, pero, al hacerlo, se movían en niveles de realidad y de conducta distintos. El primero se movía en el nivel 1. El segundo, en los niveles 1 y 2. El tercero, en los niveles 1, 2, 3 y 4. Los tres tenían razón en lo que indicaron, pero se hallaban en planos distintos en cuanto al sentido que daban a sus vidas y a su trabajo. El primero se hallaba estancado en las tareas del nivel 1, que solo procuran la subsistencia biológica. Los otros dos ampliaban en medidas distintas el horizonte de su vida, sin desatender la tarea que estaban realizando, antes dándole un sentido superior.

Un transeúnte vio a un niño que llevaba a cuestas otro niño más pequeño y le dijo: ¿Cómo cargas con semejante peso?

¡No es un peso, señor; es mi hermano le contestó el niño.

¿En qué nivel se hizo la pregunta y en cuál se dio la respuesta? El niño intuía que llevar con afecto un hermano a la espalda (nivel 2) implica cargar con un peso (nivel 1), pero está lejos de reducirse a ello. Lo veremos lúcidamente al analizar siquiera esquemáticamente los cuatro niveles positivos de realidad y de conducta. Los cuatro niveles negativos los analizaremos cuando hayamos de delatar las causas de las temibles adicciones patológicas.

bondad, verdad, justicia y belleza

Nivel 1. En la vida cotidiana poseemos y manejamos diversos objetos o cosas. Por “objeto” se entiende una realidad mensurable, pesable, asible, manejable…, que podemos situar frente a nosotros porque no nos sentimos comprometidos con ella[1]. Podemos comprarla, canjearla, venderla, usarla o tirarla, según nuestros intereses. Este tipo de realidades que están a nuestra disposición y esos modos de conducta posesiva y utilitarista podemos considerarlos como el nivel 1 de realidad y de conducta.

Nivel 2. Una hoja de papel es un mero objeto, en el sentido indicado. Si un compositor escribe en ella unos signos que expresan una obra musical, deja de ser una realidad cerrada en sí y se convierte en realidad abierta, porque se dirige a quien entienda el lenguaje musical y le revela una composición. Por haber sufrido una transformación, esa hoja de papel recibe un nombre distinto: el de partitura. Al estar abierta a quien pueda entenderla, la partitura es una realidad que abarca cierto campo y se parece más a un ámbito de realidad que a un objeto cerrado. Podemos llamarle sencillamente “ámbito”. No ha sido “producida” por un artesano a lo largo de un proceso fabril, sino “creada” por un artista a través de un proceso creador. El intérprete que compra la partitura la posee en cuanto es una hoja de papel, pero, en cuanto partitura, no puede tratarla a su arbitrio; debe respetarla, estimarla y colaborar con ella para dar nueva vida a la obra que en ella se expresa. Ya tenemos un nuevo tipo de realidad y un modo distinto de conducta respecto a ella. Constituyen el nivel 2.

En un plano superior dentro de este nivel, la persona humana, por ser corpórea puede ser delimitada, asida, manejada.., como si fuera un objeto. Pero presenta una sorprendente apertura y capacidad de iniciativa: puede pensar, desear, proyectar, colaborar, amar, ofrecer toda suerte de posibilidades y recibir las que le son ofrecidas. Al hacerlo crea toda suerte de encuentros. Abarca, por ello, mucho campo de realidad; debe ser considerada como el “ámbito” por excelencia. En cuanto tal ha de ser tratada con sumo respeto, estima y voluntad de colaboración.

Nivel 3. Para adoptar de manera estable la actitud de generosidad y colaboración que nos exigen las realidades ambitales sobre todo las personas e institucionesnecesitamos estar vinculados de raíz no solo a ellas sino a ciertas realidades más sutiles y difíciles de captar, pero que se muestran sumamente fecundas en nuestra vida. Me refiero a valores tales como la bondad, la verdad, la justicia, la belleza, la unidad. El animal, por tener “instintos seguros” instintos que ajustan su actividad a las condiciones de supervivencia no necesita inspirar su modo de actuación en esos grandes valores. El animal actúa bien con solo dejarse llevar de sus pulsiones instintivas. El ser humano necesita orientar dichas pulsiones y armonizarlas con las energías que se generan en su espíritu cuando se orienta hacia el ideal auténtico de la vida. El ideal verdadero viene dado por la unidad y por sus cuatro valores complementarios: la bondad, la verdad, la justicia y la belleza.

El vínculo profundo con estos valores solo es posible cuando adoptamos una actitud alejada de toda voluntad de dominio, posesión, manejo arbitrario e interesado nivel 1 y cercana a los sentimientos de respeto, estima y admiración nivel 2. Precisamente por ser muy elevados, esos valores no se nos imponen coactivamente, pero muestran un poder imponente para atraernos y colmar nuestra vida de sentido, creatividad y libertad interior. Cuando sabemos responder positivamente a la llamada de tales valores, experimentamos su fuerza transfiguradora. Esa energía interior la adquirimos en el nivel 3.

principios de realidad

Por su capacidad de conceder ciertas licencias muy apetecidas, un alto dirigente de empresa recibía toda suerte de recomendaciones. Él las aceptaba con tranquilidad, bien seguro de que no quedaría atrapado en una red de intereses, porque su vinculación profunda e inquebrantable al valor de la justicia le daba una inmensa libertad interior. “Dile que se hará justicia”, me decía imperturbable cuando le comunicaba que alguien se empeñaba en que recomendara su solicitud. Si le hubiera preguntado qué tipo de realidad tiene eso que llamamos “la justicia”, me hubiera dicho posiblemente que para él no era una mera idea; era algo tan real, tan serio y fecundo como es un criterio de vida, un canon, una pauta, una orientación segura.

De modo afín, si alguien le dijera a Mozart que “la música” es solo una palabra, pues lo único real son las composiciones, los instrumentos y los intérpretes, sufriría un ataque de risa ante tal ignorancia y luego respondería posiblemente algo así: “La música es lo que me ha movido a componer desde niño, lo que llena mi interior de belleza, de la energía de los ritmos, de la magia de las armonías, de la expresividad melódica… ¿Cómo no va a ser real? Es un principio de realidad, un origen enigmático, pero no por ello irreal. De él procede y en él se asienta cuanto se relaciona con el maravilloso arte del sonido.

Esto es, justamente, lo que venía a decir el gran Platón cuando subrayaba, en el albor de la filosofía occidental, la importancia decisiva de las “ideas”, que no eran para él meros “conceptos” sino “principios de realidad”. Así, la belleza es el fundamento de todo lo bello; la justicia, de lo justo; la bondad, de lo bueno; la verdad, de lo verdadero[2].

Nivel 4. Para lograr que nuestra vinculación radical al bien, la verdad, la justicia, la belleza y la unidad sea incondicional, de modo que se mantenga por encima de cualquier vicisitud, debemos sentirnos religados por nuestra misma realidad personal a un Ser que no cambia y constituye la encarnación perfecta de tales valores. Dios, por amor, creó los seres humanos a su imagen y semejanza. Este acto creador los dotó de una dignidad suma e inquebrantable, que las hace en todo momento acreedoras a un respeto absoluto, es decir, absuelto o desligado de cualquier condición. Podemos hallarnos, por propia culpa, en un estado de desvalimiento total, e incluso de envilecimiento e indignidad. No somos dignos de alabanza por ello, pero, como personas, merecemos ser tratados con respeto y bondad compasiva, pues nuestro origen es el Señor absolutamente bueno. Al sentirnos religados, en el núcleo de nuestra persona, a Quien es la bondad, la verdad, la justicia, la belleza y la unidad por excelencia, situamos nuestra vida en el nivel 4.

La experiencia propia del nivel 4 hace posible la del nivel 3, que es, a su vez, la base de la vida de encuentro propia del nivel 2. En un ser corpóreo-espiritual como es el hombre, estos tres niveles se apoyan en el nivel 1. Y, viceversa, la vida en el nivel 1 adquiere un sentido personal en las experiencias propias del nivel 2, que, para ser auténticas, remiten al nivel 3, que, a su vez, requiere la fundamentación última del nivel 4. Esta implicación mutua y jerarquizada de los cuatro niveles es indispensable para verlos en toda su riqueza y con su poder configurador de nuestra personalidad.

[1] El término “ob-jeto” procede del verbo latino objacere estar enfrente, del que se deriva objicere, cuyo participio es objectum, objeto.

[2] El carácter eminentemente real de las ideas lo expone Platón de modo especialmente nítido en el diálogo Hipias mayor.

Alfonso López Quintás
Sacerdote Mercedario y filósofo

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