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El Papa pide a la Virgen «concordia entre los pueblos» 

El Papa, a la Virgen en Fátima: «Derribaremos todos los muros y superaremos todas las fronteras»

Una plegaria conmovedora abre el centenario de las apariciones

Después de una larga e intensa oración en silencio y con los ojos cerrados, el Papa Francisco alzó la mirada hacia la imagen de la Virgen de Fátima y continuó su plegaria sin palabras durante un buen rato como si el tiempo se hubiese detenido a su alrededor este viernes por la tarde.

En la explanada del Santuario, más de trescientas mil personas se sumaban a la oración del Papa en un silencio impresionante, roto solo por el ruido de los helicópteros de vigilancia en este encuentro con motivo del centenario de las apariciones a tres pastorcillos iniciadas el 13 de mayo de 1917.

Poco después de despegar de Roma, Francisco había comentado a los periodistas que le acompañaban en el avión que «este es un viaje un poco especial. Es un viaje de oración, de encuentro con el Señor y con la santa Madre de Dios».

Eso era precisamente lo que se notaba en los primeros momentos de su encuentro con la imagen de la Virgen de Fátima, en cuya corona se encuentra engastada una de las dos balas que estuvieron a punto de acabar con la vida de Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro.

Los peregrinos rompieron en un aplauso cuando, al término de la plegaria, el Papa se acercó a la imagen de la Virgen serena con su túnica azul celeste para realizar un gesto de cariño.

A continuación, Francisco ha leído muy despacio la oración que ha compuesta para esta visita en la que manifestaba venir como «peregrino de la Luz» y como «profeta y mensajero para lavar los pies a todos».

Eran confidencias y súplica muy personales, tejidas en torno a la milenaria oración «Salve, Reina y madre de misericordia», a la que llamaba «Señora de la túnica blanca», y ante la que se presentaba como «obispo vestido de blanco». Era la expresión utilizada por Sor Lucia para referirse al Papa en la tercera parte del secreto de Fátima relativa a las persecuciones contra la Iglesia en el siglo XX y el atentado contra san Juan Pablo II.

El uso del idioma portugués añadía intimidad a su apertura del corazón antes la «vida y dulzura, esperanza nuestra», a quien suplicaba mirar «los dolores de la familia humana que gime y llora en este valle de lágrimas».

Francisco pedía a la Virgen que hiciese a todos «peregrinos como tú fuiste peregrina», pero no se refería solo a las trescientas mil personas que participaban en el acto. Le suplicaba «une a todos en una única familia humana», refiriéndose a todas las personas de la tierra, de todos los continentes y religiones. En cierto modo, Fátima es un «altar del mundo».

El Papa aseguraba que con la ayuda de María «seremos peregrinos en todos los caminos, derribaremos todos los muros y superaremos todas las fronteras». Eran palabras que se referían a dramas y maldades de nuestro tiempo, frontalmente opuestas a la idea de armonía entre todos los miembros de la única familia humana.

Pero era, al mismo tiempo, una oración optimista, confiada en que, con la ayuda de María, «seremos, con la alegría del Evangelio, la Iglesia vestida de blanco», unida al sacrificio de Jesús y al de «la sangre derramada también hoy en todas las guerras que destruyen el mundo en que vivimos».

En la última frase de esa plegaria tan personal, Francisco ha realizado la consagración de su vida a Dios, «y, cuando al final me veré envuelto en la Luz que viene de tus manos, daré gloria al Señor por los siglos de los siglos».

Terminada la oración, el Papa ha depositado a los pies de la imagen una rosa de oro en nombre de todo el pueblo de Dios en medio de un aplauso atronador de todos los peregrinos.

En ese momento se pasaba de la oración a la fiesta. Era un encuentro esperado durante mucho tiempo, y el júbilo desbordaba la gran explanada, radiante de luz del sol a pesar de que las previsiones meteorológicas de los días anteriores pronosticaban sistemáticamente chubascos y riesgo de temporal.

Después de la oración, el Papa se ha retirado a su habitación en la Casa Nuestra señora del Carmen, para descansar un rato y cenar antes de volver a la explanada para la bendición de las velas y el rezo del Rosario nocturno a partir de las 10.30 hora española.

 

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