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No he venido a sembrar paz, sino espada 
17 de Julio
Por Nieves Díez Taboada


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.» 
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. Mateo (10,34–11,1)

Son muchos los temas que Jesús toca en este pasaje evangélico; parece  que Mateo ha resumido de varios puntos de la predicación del Señor y nos presenta un apretado programa de actuación, para el discípulo de Jesús.

El Señor de la Paz, que la ha regalado a sus apóstoles con su saludo después de la resurrección, nos sorprende aquí diciendo que  no ha venido a traer la paz, si no la guerra.  Es una primera advertencia de lo que lleva consigo ser seguidor de Cristo; su mensaje radical  causa desconcierto y divide  las opiniones: poner la otra mejilla, amar al enemigo, despreciar la riqueza, son actuaciones no aceptables para el deseo mundano de comodidad y bienestar, evitando preocupaciones y conflictos.

Advierte a sus discípulos que  van  a encontrarse con la oposicion de la propia familia y  los seres queridos. Ante la palabra tantas veces desconcertante del mensaje de Cristo, los sabios y los entendidos los seguros de su sabiduría de conocer las soluciones, se indignan y arremeten. Y  es en las familias donde surgen los primeros enfrentamientos. Los padres que ven puesta en duda su autoridad,  llegan en casos extremos a torturar y matar a sus hijos, como conocemos en  la vida de algunos santos  mártires; y  entre hermanos y parientes surgen disensiones  graves, por causa de la fe.  Los gobernantes dictatoriales, la propia sociedad arraigada en sus costumbres, modas  y credos, todos,  imponen sus criterios con  la fuerza y llegan hasta la condena a muerte, como hemos visto a través de la historia.

Una vez que surge el conflicto, ante la disyuntiva,  se nos exige que le elijamos a Él.  Y puede ser que se pierda el proyecto de futuro y realización propia  y hasta la vida física, en esta elección, pero Jesús  promete que así se gana la verdadera vida. “El que pierda la vida por mí la encontrará”.

Ante la persecución por parte de las personas más queridas, Jesús lo  advierte duramente “el que ama a alguien más que a mí no es digno de mí.” ¡Es duro amarle más que a un esposo, más que a una madre, más que a un hijo!. Sobre todas las cosas y las personas exige Dios el amor de su criatura, porque le debe la vida; el conocimiento, la creatividad y el amor mismo le han sido regalados.

Pero añade más: en  la enfermedad, la desgracia, la ruina, es preciso tomar la  cruz y seguirle, para ser digno de Él.

Se nos presenta una vez más la necesidad de un corazón dúctil y abierto para aceptar su doctrina con sencillez, sin soberbia y sin prejuzgar: “si  no os haceis como niños, no entrareis en el reino de los ciellos”.  A los sencillos se les han revelado muchas  cosas ocultas, “porque así  te ha parecido mejor,” le dice Jesús al Padre. ¿Por qué  enfada tanto a los soberbios  el mensaje de Cristo?  A pesar de estar esperando al personaje tantos siglos, los fariseos cuando contemplan el milagro, no reconocen  al Mesías y lo acusan  de tener el poder del diablo.  Solo a los sencillos les deja admirados y exclaman: “No se ha visto en Israel algo así”.

Continua este programa de actuación con una consoladora promesa: “El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe  a mí, recibe a mi Padre.” El apoyo y la ayuda a los sacerdotes, a la  Iglesia, a los misioneros, o simplemente a un cristiano, tendrán la paga asegurada. Hasta por un vaso de agua fresca, que demos a uno de sus seguidores. Quien ayuda a un profeta tendrá paga de profeta y si es a un justo, paga de justo”

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