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En el centenario de la muerte de León Bloy 

El invendible cantor del Absoluto falleció un día como ayer, 3 de noviembre de 1917. Un mes después, su esposa Juana escribe en el prefacio de En tinieblas, la última y más genial obra de su esposo:

«En la hoja parroquial de Bourg-la-reine de diciembre de 1917 puede leerse:

[…] Léon Bloy, 71 años…

De entre los difuntos cuyos recientes funerales se han anunciado, séanos permitida una mención particular al señor Léon Bloy, escritor vigoroso y original que nos lega un crecido número de obras. A otros les corresponderá hablar de la fogosidad de su polemismo, de las prendas de un estilo que suscitaba “la admiración de las personas cultas, incuidas las que se contaban entre sus adversarios”.

A nosotros nos corresponde hablar del cristiano convicto al que veíamos todos los días en el comulgatorio hasta el instante mismo en que, vencido por la enfermedad, debió resignarse a permanecer en su casa. Contaba con numerosos amigos, conversos algunos; uno de éstos me decía al siguiente día de las exequias:

Somos muchos los que, merced a él, hemos vuelto al redil”. Si su lenguaje incurrió en exageración o en violencia, Dios se apiadará de todo el bien que quiso hacer, y del que efectivamente hizo”.

Esta mención lapidaria de Léon Bloy me complace»

A continuación, Juana Bloy, con intensa emoción, confiesa:

«ha sido la Iglesia la que ha hablado por boca del humilde cura de su parroquia, ante la muerte y a un paso de la eternidad; a qué más puede aspirar un cristiano, sino a que se diga de él: “Dios se apiadará de todo el bien que quiso hacer, y del que efectivamente hizo”.»

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León Bloy nació en Périgueux el 11 de julio 1846 y falleció el día 3 de noviembre de 1917. Muy joven marcha a la capital francesa, y muy joven conoce las dificultades económicas y la pobreza extrema, que siempre aceptó para configurarse con Cristo, el Pobre de los pobres; y permanecer invendible e insobornable, —y así poder escribir, con total libertad, sobre la soberanía absoluta de Dios.

Ya con veintipocos años era un católico ferviente y apologeta apasionado.Conoce a los grandes escritores franceses de la época, entre ellos a Huysmans, del que dice en su Diario que pasó seis años catequizándolo; o Jules Barbey d´Aurevilly, cuyas palabras prologan una de sus obras maestras, El mendigo ingrato (1892-1895).  En su Diario de 1892, se queja: «Cementerio de Montparnasse. ¡Sigue sin cruz la tumba de D´Aurevilly!»

Su devoción por la Virgen de la Salette se fue intensificando a lo largo de los años. También por la hoy Beata Ana Catalina Emmerick, de la cual afirmaba con admiración: «a su lado, los poetas áureos parecen mierdecillas de mosquito». Mucho le impresionaba cómo describía la degollación del Bautista, con un “instrumento singular y terrible” parecido a una trampa cazalobos de cuchillas afiladas.

Pero a quien más admiraba León Bloy era a su santa esposa Juana, cuyos pensamientos, de profundísima originalidad e inspiración cristiana, recoge fielmente en sus Diarios:

«Juana me dice: —cuando te vas de este mundo, nunca estás solo. »

«Palabras de mi querida Juana: —Corre el dicho de que las gentes sin Dios sufren más que los otros. Debe ser eso un lugar común. Me parece, por el contrario, que el sufrimiento profundo no puede ser conocido más que por los amigos de Dios.»

«Juana me dice en el cementerio:—hay que cavar  y bajar en el seno de la tierra hasta el lecho de los muertos. Entonces se encontrará la Alegría. »

«Hablo a Juana del misterio de la vida, que no es otro que Jesús: Ego sum vita»

«La muerte de un cristiano no es más que un inmenso acto de humildad —Juana»

No se entiende a Bloy sin su esposa, sin su matrimonio, sin su familia, sin sus amigos y benefactores, instrumentos todos ellos, según su fe insobornable, de la providencia divina.

Muchos se han convertido gracias a Bloy. Desde Anne-Marie Roullet, la prostituta a la que convierte al catolicismo, y que luego será la Verónica de su novela El Desesperado. Hasta el joven Maritain, o Ernst Jünger, lector asiduo de Bloy, —quien comenta en Radiaciones I cómo Léon Bloy está entre aquellos espíritus de extrema lucidez, que han vislumbrado el abismo a que conduce la Modernidad,
como «augures de las profundidades del Maelstrom al que hemos descendido».

León Bloy es el anti-Nietzsche. El defensor de Dios en un mundo que quiere matar a Dios.  Impresiona tanto como la pobreza extrema en que vivió, el sentido profundamente sobrenatural y providencialista de su vida.

En una anotación del Diario, cuenta cómo su esposa Juana sale a buscar desesperadamente algun socorro económico para poder comprar alimento para sus hijas. Están desesperados y no encuentran ayuda de nadie. Y ella va a reclamarle, a pedirle merced al Señor a la Iglesia. Al regresar, llena de unción, le comenta lo que ha visto:

«Martes de Carnaval. Juana regresando de la iglesia: —recordándole a Jesús nuestra extrema indigencia, le decía: Dadme lo que hay en vuestra Mano, abrid vuestra Mano. Entonces, Él ha abierto SU MANO y he visto que estaba perforada».

A su esposo le parece lo más hermoso que se ha escrito jamás.

Bloy denuncia el cristianismo mundano y liberal de la sociedad burguesa. Critica de forma tremebunda la fuerza destructiva de los lugares comunes culturales, filosóficos y teológicos, que alejan radicalmente de la Escritura y de la Tradición; la perversidad de las ideologías y el absolutismo de la técnica; la oscuridad diabólica de la tibieza y la ridiculez del antropocentrismo europeo.

Hay muchos, «muchos, que viven de lugares comunes y de burradas», afirma en sus Diarios. Y muchos de estos muchos mueren sin haber sido capaces de liberarse de tópicos y disparates.

Escribe en sus Diarios:

«La felicidad es el Martirio, la dicha suprema de este mundo, el solo bien envidiable y deseable. ¡Ser cortado a trozos, ser quemado vivo, tragar plomo derretido POR AMOR A JESUCRISTO!» (Septiembre de 1905)
Ya en 1902: «No queda nadaexcepto lo que hemos hecho o sufrido por Dios.» Impresiona cuando afirma que él, lo único que quiere, es tomarse en serio el cristianismo, y todo le hastía excepto la santidad. En enero de 1895 escribe sobre la acción de la gracia: «En general, estoy sobre todo expuesto a asquearme de mis esfuerzos, tan seguro estoy de que Dios obra todo en mí».

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La lectura de Bloy, en especial de sus Diarios, siempre será provechosa al católico de hoy. Le despertará y levantará de la crisis, de la inseguridad, de la confusión. Su ardiente apología del catolicismo le recordará la inconmovible certeza de la fe. Nunca le dejará indiferente el arrollador deseo de martirio y santidad que contienen las páginas de El invendible.

Finalmente, nadie mejor que su esposa para sintetizar el legado que nos deja el escritor católico francés:

«Es un adorador de la Cruz y un habitante del Sueño. […] LEÓN BLOY permanece. Se le ha querido matar con el silencio, con el arma más cobarde y más mortífera contra un escritor. ¿Por qué? Porque no es como los demás; porque siente horror de vender su pensamiento. Porque se ha tomado en serio el cristianismo»

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

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