Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|Lunes, septiembre 15, 2014
Estas aquí Home » Artículos-Revistas » BuenaNueva 38 » Entrevista a Juan García Zinsel, de la Comunidad del Cenáculo
  • Siguenos!

Entrevista a Juan García Zinsel, de la Comunidad del Cenáculo 

“La oración es lo que sana, salva y transforma a un toxicómano”


Dice San Agustín que cuando un hombre descubre sus faltas, Dios las cubre; cuando las reconoce, Dios las olvida. Juan García Zinsel caminaba por el alambre de la autodestrucción que conducen las drogas. Sus miedos, complejos e inseguridades lo empujaron a fabricarse un “paraíso” tan engañoso como ficticio, que solo le proporcionaba confusión y dolor. En medio de la desesperación Dios escuchó su grito y, a través de la Comunidad del Cenáculo, dio significado y dignidad a su existencia. Encontrarse con Él le ha permitido anclar los resentimientos y abrir su corazón al amor y al perdón. Vaya donde vaya, ahora es un seguidor de Cristo, porque ha descubierto que seguir sus huellas es caminar en libertad. De su testimonio brota la convicción de que solo Dios puede cambiar y sanar. A sus cuarenta años ha dejado la Comunidad y recorre esperanzado el nuevo camino con la compañía inseparable de María, la Madre que lo rescató de tantas noches sin estrellas.

¿Cómo fue tu infancia y adolescencia?

Como soy el menor de seis hermanos siempre he querido copiarlos en todo, pero he crecido lleno de complejos. Un día que llegaba tarde a clase, al pasar por unos billares reconocí a unos chavales de mi colegio. Empecé a reunirme con ellos, faltando yo también a clase. Comenzó en mí una curiosidad por el mundo; empecé a fumar y a consumir otras sustancias tóxicas; perdí totalmente la motivación por el estudio. Solo buscaba divertirme. Comencé Formación Profesional en Hostelería, pero seguía sin asistir a clase. Me ofrecieron un trabajo de camarero por la noche en un restaurante selecto de Madrid y con dieciséis años comencé a ganar dinero. Descubrí —erróneamente— que tomándome dos copas podía camuflar mis inseguridades, y que, en las peleas entre bandas, el que ganaba conseguía de inmediato el reconocimiento del grupo. Entonces comencé a liarme a tortas. Ahora lo pienso y me da hasta vergüenza, pero así era yo de frágil, aunque cultivara la imagen de duro con boxeo y artes marciales.

Tenías, pues, una doble vida.

Tenía varias —el trabajo, la banda de amigos, la novia y la familia— y vivía todo al límite. Mi padre era depresivo y esa carencia de cariño hizo en mí una sensibilidad extrema que ocultaba con adrenalina pura. Yo creía que el dinero, la moto, las chicas, la banda… podían llenar mi vacío. Robábamos coches simplemente por sentir la emoción de lo prohibido, ya que no teníamos necesidad de traficar con ellos.

¿Cuánto duró esa situación?

Estuve así hasta los dieciocho años, que me presenté a la Guardia Real de voluntario para el Servicio Militar, pero por problemas de vista no me aceptaron. Fue una gran frustración. Un hermano me aconsejó que me dedicara a la Informática. Para pagarme los cursos decidí marcharme a Canarias y trabajar de camarero. Allí me di cuenta de que mis adicciones eran mayores de lo que pensaba. No conseguí trabajo porque no sabía inglés. ¡Otro fracaso!

Mi hermana me propuso marcharme a Londres con ella. Acepté la idea y allí encontré trabajo. Comencé una nueva vida sin drogas ni alcohol; me enamoré de una chica… Todo parecía más organizado.

¿Por fin habías llenado el vacío?

No, seguía faltándome algo. Al cabo de un tiempo, me fui a vivir a Granada. Allí mientras trabajaba de camarero hice los cursos de Informática. Cuando volví  a Madrid cometí el error de volver al pasado sin tener la fuerza para defenderme. Me metí otra vez en la boca del lobo.

“de las tinieblas a la luz”

 

¿Eras consciente de lo que hacías?

Siempre me ha movido la eterna búsqueda de la felicidad y la libertad, pero lo hacía por caminos equivocados. Mi hermano vivía en Italia y decidí marcharme con él una temporada. Conseguí trabajo de portero de seguridad de una discoteca de 5000 personas de aforo. ¡Imagínate, todas las chicas fijándose en mí! Ahora digo “¡pobre de mí!”, pero en aquel entonces me llenaba de orgullo la admiración de la gente, el respeto… Conocí nuevamente a una chica y comenzamos una relación. Ella me pidió que dejara la discoteca para trabajar en el negocio de su familia, y así lo hice. Estaba contento de que por fin mi vida estuviera bien estructurada: había dejado la tontería de la droga, tenía un trabajo estable, un apartamento, un coche, una novia… Parecía que todo iba bien encaminado.

Pero un coche se me cruzó cuando circulaba por la autopista a 120 km/h y choqué contra la mediana. Estuve hospitalizado durante dos años, con doce operaciones y finalmente la pérdida de la mano izquierda. Ante la necesidad de utilizar el seguro médico, descubrí que la familia de mi novia me había engañado y no había tal contrato. Dejamos la relación. Me sentí traicionado, solo, destrozado física y psíquicamente… Los dolores eran tan espantosos que solo con morfina podía calmarlos, pero los médicos dejaron de administrármela, por temor a que acabara adicto a ella. ¡Tenía solo veintidós años y ya estaba cansado de vivir!

¿Cómo saliste de ese pozo negro?

Decidí que me amputaran la mano porque funcionalmente no me servía y cualquier roce me hacía ver las estrellas. Quedarme sin mano me hizo sentir mucha rabia. Recuerdo que me encaré a Dios y le dije: “Señor, si existes, ¿por qué me has hecho esto? Claro que, después de lo que le has hecho a tu Hijo…”. Sentía un rechazo frontal a Dios. Como yo quería hacer el bien y me había salido el tiro por la culata, decidí hacer el mal y cargar con las consecuencias. Volví a Madrid y de nuevo me encontré con mis amigos. Despertaba en la gente una pena que yo aprovechaba para compensar la soledad de esos dos años. Me dejaba querer. Como no podía trabajar de camarero, el novio de mi hermana me ofreció un trabajo de comercial, pero la noche me seguía atrayendo y muchas veces empalmaba la juerga con el trabajo. Llegó un momento en que la situación era insostenible y lo dejé. (Años más tarde le he pedido disculpas por mi comportamiento y eso ha sido curado). Volví de pleno a la búsqueda de emociones. ¡Era la locura total!

¿Qué te hizo cambiar de rumbo?

Mi madre no dejaba de advertirme que estaba desaprovechando mi vida y yo, en una de esas, reflexioné y me dije: ¡Juan, tienes treinta y un años, 117 kilos, sin trabajo, sin casa, con dos costillas rotas de la última pelea…! ¡Eres una ruina!

Me acordé de mi hermano Carlos, que vivía en Italia. Había caído en la heroína, pero gracias a la Comunidad del Cenáculo se había rehabilitado totalmente. ¡Sácame de esto!, le dije. Y me acogió en la Comunidad de Milán, donde él estaba de responsable.

con María crecemos todos

 

¿Qué es la Comunidad del Cenáculo?

Para explicarlo nos remontamos a su fundadora, Sor Elvira Petrozzi, religiosa italiana de la Congregación de las Hermanas de la Caridad, quien vivía en un convento de Turín y que, a principio de los años ochenta, veía cómo los jóvenes se drogaban. Le pidió a su superiora hacer algo por ellos, pero esta le dijo que, puesto que no tenían medios para ayudarlos, rezara. Pero ella se sentía llamada a hacer algo más, hasta que, finalmente en 1983, dos hermanas y ella decidieron irse a una casa prestada en Saluzzo y ponerse a disposición de los jóvenes drogadictos. “Estoy aquí para ayudaros. No sé cómo hacerlo, pero contad con mi vida”. Los jóvenes se sorprendieron. “¡Nadie nos mira ni a la cara y estas hermanas nos ofrecen su vida!”. Al día siguiente, cuando Sor Elvira abrió la puerta se encontró con dos cajas de verdura. Miró hacia arriba, vio una imagen de la Virgen María e hizo un trato con ella: “Has sido tú. A partir de ahora yo me encargo de los chicos y tú de las compras”. Otro de los responsables internacionales es el Padre Stefano, también italiano. Siendo joven, se apuntó a prestar un servicio social sustitutorio al Servicio Militar. Como había oído hablar de la labor de una monja con expresidiarios, drogadictos, etc., decidió ofrecerle su ayuda. Allí descubrió que, aunque no consumiera drogas, su actitud ante la vida era igual que la de un tóxico. Hizo un camino de diez años con ellos, sintió la vocación y se ordenó sacerdote.

¿Y realmente la Virgen ha provisto?

Sí. Desde entonces llevamos viviendo de la Providencia durante treinta años. De hecho, alguna vez si nos hemos quedado sin azúcar, por ejemplo, nos dicen: “Que nadie salga a comprar, pedídselo a Dios en la capilla”. Y el Señor provee, a veces incluso al día siguiente. Con lo frágiles y débiles que somos todos nadie se queja, y rezamos con más devoción. Al principio no me lo creía. Pensaba que el responsable lo compraba a escondidas. Una vez, siendo yo el responsable de una casa, nos faltaba pan. Me entró miedo de que los chavales pudieran molestarse e irse, y decidí salir a comprar harina, porque al menos no era pan como tal. No pasó ni una hora desde que volví de comprarla, cuando una señora llegó con 20 kilos de harina. Mis compañeros me dijeron: “Juan, todavía vacila tu fe, tienes que rezar más”. Y es verdad. Muchísimas veces Dios me ha tenido que decir: ¿Sigues dudando, Juan? ¡No te das cuenta que soy tu Padre!

¿Cómo fueron tus primeros momentos allí?

Yo entré con la idea de rehabilitarme de las drogas y en seis meses marcharme. Me pusieron de “ángel de la guarda” un chaval que había pasado por lo mismo. Tuvo mucha paciencia conmigo porque yo llegué con muchísima rabia en el corazón. Al principio tenía prejuicios con todos, pero cuando empecé a descubrir cómo era yo en realidad —que no era muy diferente a ellos— cambié de actitud. Al año me hicieron “ángel de la guarda” de un chico español y pude sanar mis errores cometidos.

También me sorprendía ver a mi hermano Carlos tan tranquilo, sabiendo que siempre había sido un manojo de nervios. Al mes de entrar me invitó a la capilla. “Juan, aunque no creas, dile a Dios: ‘Si estás ahí, manifiéstate en mi vida’”. Por él lo hice y esperé. Pasaron los meses y me trasladaron a Turín. Allí, en plenos Alpes, recuperé el gusto por el trabajo bien hecho, la superación…

Señor, si quieres, puedes sanarme

 

¿Dios respondió a tu llamada?

Sí. Estando en Cuaresma, un joven polaco me contó que se levantaba a rezar en la capilla a las dos de la madrugada, y decidí hacer lo mismo. Para mí era durísimo porque físicamente estaba destrozado del trabajo en el bosque, pero lo hice durante los cuarenta y cinco días y algo movió mi corazón. Cuando estaba a punto de cumplir los seis meses de mi entrada, aunque mi idea era marcharme, decidí quedarme y hacer todo lo que me propusiera la Comunidad. Después de ese tiempo, se convirtió en una necesidad —y sigue siéndolo— el acudir a la capilla a esas horas, rezar el Rosario, leer el Oficio de Lectura, meditar, hablar con Dios… y volver a la cama. Sor Elvira nos cuenta que ha visto verdaderos milagros en chicos que se han levantado durante la noche a clamar al Señor.

¿En qué te ha ayudado Dios?

Por ejemplo, en aprender a perdonar de corazón. Cada vez que me acordaba de alguien que me había hecho sufrir en el pasado, me revolvía por dentro. Dios me ha curado de ello y ha permitido que el odio se vaya transformando en amor. Rezo por ellos porque han sido engañados por el mal como lo he sido yo. ¡Eso me da una paz!

Cuando decidí quedarme, me enviaron un tiempo a la Comunidad de Lourdes. Allí el responsable, al presentarnos, me dijo: “Juan, no sabes cuánto he rezado por ti”. “¡Si no me conoces de nada!” —le dije yo—. “A ti no, pero a tu hermano Carlos sí. Él hizo que yo me levantara durante meses a rezar por ti para que entraras en la Comunidad, y el verte aquí hoy hace crecer mi fe”. Y me contó todos los sacrificios que mi hermano ofrecía por mí. Eso me sorprendió enormemente. Como yo tengo otro hermano, Antonio, que bebía alcohol desde los veinticinco años, empecé a hacer ayuno los miércoles y los viernes por el mediodía y a seguir rezando por la noche, pidiéndole al Señor su curación.

¿Tus oraciones fueron escuchadas?

En una de las salidas que hice para cambiarme la prótesis, fui a París, donde vivía Antonio y le dije: “Carlos se ha curado, yo me estoy curando, ahora te toca a ti. Vente conmigo”. A mi hermano le sorprendió mi mirada limpia —había recobrado el blanco de los ojos— pesaba veinte kilos menos, me notaba diferente, con determinación… Pero no se atrevió a dar el paso. “No me hace falta. Estoy bien”. Con pena le respondí: “Rezaré por ti”. Y seguí haciéndolo. Pasaron tres años y un buen día me dicen: “Juan, bájate a la estación de tren de Lourdes; tu hermano Antonio viene para acá”. ¡No me lo podía creer! En dos ocasiones abandonó la Comunidad creyendo que ya estaba curado, y en las dos recayó. Al principio me lo tomé como un fracaso personal, pero comprendí que solo Dios y la Virgen pueden lograr la curación; yo no puedo ser el redentor de nadie. Seguí intensamente con la oración y el ayuno, y volvió de nuevo. Hoy lleva cinco años en la Comunidad y está muy bien. Es el Señor el que ha hecho este milagro.

servir es reinar

 

¿Qué le hace recobrar el sentido a una vida sin esperanza? ¿Basta con curar el cuerpo?

Hay mucha gente que hace un programa de un año en la Comunidad, sale y recae, porque un año no es suficiente. A un toxicómano no le puedes decir de primeras que Dios le cambiará la vida, porque sale corriendo. Al principio es el trabajo disciplinado, la relación con los demás, el orden… lo que engancha, para ir entrando poco a poco en la oración, que es al final lo que sana, salva y transforma. No dispensamos fármacos ni ayuda psicológica; solo ayuda fraterna, andar en la Verdad, catequesis y, sobre todo, mucha oración. En un mes se notan las mejorías físicas al seguir lo que llaman la “higiene de vida”: mantener un horario, un orden, una disciplina, etc., pero el alma solo la cura Dios. El primer año se cura el cuerpo, el segundo la mente y el tercero el corazón. A partir de entonces, si el responsable de la Comunidad lo considera —el solicitante no pierde la paz, es capaz de amar al prójimo, no le vence el orgullo, reza con el corazón, etc.—, puede estar preparado para dejar la Comunidad y enfrentarse de nuevo al mundo.

Hoy día hay 60 casas repartidas en 15 países. ¿Cuántas hay en España?

Solo una, situada en la rectoría de la parroquia de Fogars de Montclús, en la provincia de Barcelona, que lleva desde julio de 2011. Ahora estamos intentando abrir otra en Madrid. Por eso, si alguien tiene una finca que no sabe qué hacer con ella, le invitamos a que se ponga en contacto con nosotros.

Ahora que conoces bien el amor de Dios, ¿qué aporta a la vida de una persona?

Dios aporta sabiduría para vivir. Cuando estoy dubitativo, en seguida pienso: ¿qué hubiera hecho la Virgen María en este caso? Con Dios toda va teniendo un sentido. El sacrificio por amor se convierte en recibir. Me siento amado por Dios y perdonado. Cuanto más me acerco a Él, más recibo; y no solo bienes espirituales, también materiales. Él me cuida y hace que no me falte de nada.

Después de diez años has dejado la Comunidad. ¿Qué te hizo tomar esa decisión?

Llevaba ocho años y comencé a barajar la posibilidad de dejar la Comunidad y retomar mi propia vida. Pero un día, en la lectura de la Adoración Nocturna salió el pasaje de la curación de los diez leprosos, en el que solo uno vuelve a darle las gracias a Jesús. Esto me traspasó el corazón. Como se estaban realizando las gestiones para abrir la primera casa en Barcelona, el P. Stefano me pidió que me encargara. “No me siento digno de ello, manda a otro”, le dije. Pero él me respondió: “Es Dios quien te ha elegido, así que déjate de tonterías”. Una vez que he terminado esta misión y la casa se ha abierto, ya me he marchado.

mi fuerza y mi poder es el Señor

 

¿Cómo es tu vida ahora?

Por mi experiencia como responsable en algunas casas de la Comunidad conseguí un trabajo de gestor de calidad en una de las empresas del aeropuerto de Madrid. Aunque me ofrecieron un contrato fijo y un aumento de sueldo, a los seis meses he renunciado a ello. No era mi sitio; cobraba el sueldo, sí, pero no me daba ninguna alegría. Ahora estoy mandando currículos para conseguir un trabajo en el que yo pueda dar todo lo que he recibido. Rezo continuamente para discernir cuál es la voluntad de Dios en mi vida. De momento voy adonde alguien me llama para ayudar a quien lo necesita. Me siento voluntariamente obligado a anunciar este Amor que he conocido, sobre todo a gente sin esperanza como lo estaba yo.

¿Cómo combates los envites del demonio?

Lucho con el demonio todos los días porque en cada pensamiento pretende deprimirme y quitarme la paz, susurrándome que no voy a ser capaz. Cuando voy a dar testimonio me dice, “pero ¿quién te crees tú, si nadie te quiere?”. Lo combato no cultivando sus ideas y sobre todo con mucha oración. Me arrepiento de todo el mal que he hecho y he visto las consecuencias de mis pecados. Sé que Dios me ha perdonado, pero el demonio me engaña con esa moralidad que me dice: “¡Con lo que tú has hecho!”. Dios lo permite para que nunca me olvide quién he sido y de dónde me ha sacado.

¿Quién es la Virgen María para ti?

Es esa mujer que me gustaría conocer personalmente algún día; que me cuida y me quiere, siento sus detalles sutiles, está presente en mi vida, se anticipa a mis miedos…. Es mi Madre.

 ¿Crees que Dios ha sido bueno contigo?

Antes no lo creía, pero ahora sí. Me ha dejado conocer el mal voluntariamente, por mi libertad, para que me encontrara con Él y pudiera ayudar a los demás a conocer también su camino. Y lo digo bien claro: ¡Con Dios es posible salir de la droga, de la tristeza y de la soledad!, porque aparece en quien lo busca: solo hay que superar los miedos, temores y egoísmos.

Victoria Serrano Blanes
Periodista

Añadir comentario