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Es fructífero pensar en la muerte 

Rebeca Reynaud

La muerte no es una posibilidad vaga y lejana, sino que es a cada instante la posibilidad. Morir es como ir caminando y de pronto alguien nos toca la espalda y nos dice: “Ya es hora”…

En Persia Alejandro Magno leyó con emoción el epitafio de Ciro que le recordó la incertidumbre y mutabilidad de la vida: «Amigo, quien quiera que seas y vengas de donde vengas, porque sé que vendrás, yo soy Ciro, el que adquirió para los persas su imperio. No me envidies por esta poca tierra que cubre mi cuerpo».

El literato inglés C. S. Lewis siempre defendió que “la vida sin una doctrina de las cosas postreras sería simplemente un túnel de desesperación”. Así, afirmaba que cuando cayese la bomba H siempre tendríamos esa décima de segundo para poder decir: “Tú eres sólo una bomba, yo soy un alma inmortal”. O también: “La naturaleza es mortal, pero nosotros viviremos fuera de ella; cuando todos los soles y nebulosas hayan desaparecido, cada uno de nosotros vivirá”.

El tema de la muerte suscita miedo. Somos inmortales pero tenemos que pasar por ese trance. El dicho El tiempo es oro data de los romanos, y es verdad pues la vida vale mucho si la vemos desde su finitud. No tenemos ni un día asegurado. No sabemos cuanto tiempo nos queda; no podemos hacer cuentas alegres y pensar que nos quedan bastantes días, pues la vida es breve.

Si a un hombre le dijeran: “Te vamos a dar tanto dinero como billetes puedas contar en un mes o tanta tierra como puedas caminar en 12 horas”, se apuraría a contar muchos billetes o a caminar; tendría urgencia de aprovechar el tiempo. Pues el Señor nos va a dar un premio más grande, ¿Por qué hay cierta indolencia? San Alfonso María de Ligorio decía que si de algo pueden arrepentirse los que están en el Cielo es de haber malgastado el tiempo en la tierra. Por eso escribe Séneca en De la brevedad de la vida: “Salvo unos pocos, a todos los hombres los abandona la vida en el momento mismo en que se disponen a vivirla”.

Está establecido que todos los hombres hemos de morir una sola vez. Para los que tenemos fe, la muerte será llegar a la casa del Padre, a la cita a la cual nos hemos estado preparando toda la vida con ilusión.

Por estadísticas se sabe que dedicamos una tercera parte de nuestro tiempo a dormir, una octava parte, a las comidas, una doceava parte a ver la TV; otra doceava parte lo dedicamos a viajar en transporte en la ciudad. Contamos con un tercio de tiempo útil: un 40 ó 50%.

Los campeones de las próximas Olimpiadas tienen entre 16 y 22 años. Uno de ellos decía: Seré dentro de cinco años lo que siembre hoy. Nosotros podríamos decir lo mismo.

La sudanesa canonizada por Juan Pablo II, Giuseppina Bakita dijo antes de morir: Me voy al cielo con dos maletas muy pesadas. En una llevo mis pecados, y en la otra, más pesada, me llevo los méritos de Cristo y de la Virgen. Las presentaré ante San Pedro; las abrirá y le diré: “Ahora ábreme porque me quedo”.

Hay un juego que se llama “engarróteseme allí”, así pasa con la muerte, la voluntad de esa persona queda petrificada en el bien o en el mal.

Nada malo puede hacer la pequeña muerte a los seres inmortales. Es la gran muerte la que debe temerse. La gran muerte, esto es, la condenación del alma, es la que separa de Dios. Dios nos devolverá a los seres queridos y nos hará llegar a un recinto donde la muerte no puede entrar y donde la horrible muerte del espíritu no es posible.

Cuenta María Simma, experta en el tema del Purgatorio, un caso de la vida real: Recuerdo a un señor que vino a verme con dos nombres para saber qué había pasado con ellos. Cuando le pedí que me contara un poco de estas personas, se negó diciendo que me había dado esos nombres para ver si yo decía la verdad. Le dije:

—De acuerdo, déme tiempo.

Después de un mes el hombre regresó por la respuesta. Le dije que un ánima, la del hombre, estaba en los lugares más profundos del Purgatorio, mientras que el ánima de la mujer había ido directamente al Paraíso. Le dejé ver las palabras textuales que había anotado en el momento en que las había recibido de un ánima del Purgatorio. El tuvo un shock. Me dijo que yo era una farsante. Le pedí que me comentara algo de estas dos personas.

El hombre era un sacerdote. Según mi huésped el mejor, el sacerdote más pío de toda su zona. La mujer, en cambio, había llevado una vida miserable. Decidí preguntarle a las ánimas, quizás había confundido las respuestas. Después de un tiempo llegó la segunda respuesta idéntica a la primera, y llegó también la explicación: La mujer, que había fallecido primero, había muerto en un terrible accidente bajo un tren. Tuvo tiempo de decirle al Señor: “Es justo que me lleves porque así no podré ofenderte más”. Este único pensamiento hizo que todo su pasado de pecado quedara borrado. Fue directamente al paraíso sin parar en el Purgatorio.

El sacerdote, en cambio, era como lo había descrito el amigo, pero no dejaba nunca de criticar a aquellos que no llegaban a tiempo a Misa como él; se había opuesto a la sepultura de esta mujer en la zona consagrada del cementerio por su mala reputación. Por sus continuas críticas y sus juicios se encontraba en los últimos estadios del Purgatorio. Nunca debemos juzgar. (cfr. María Simma y Nicky Eltz, ¡¡Ayúdenos a salir de aquí!!, distribuido por Centro María Reina de la Paz, Frac. La Asunción, Metepec, Toluca 2003, p. 167s).

La tumba de nuestros seres queridos debería ser sencilla y mantenida con amor. Hay que rociarla con agua bendita regularmente y tener una veladora encendida. Estas son las dos cosas que las ánimas gustan de tener. También, junto a la tumba, como en su funeral, ven quien las visita; estas visitas las ayudan a ellas y a nosotros más de lo que imaginamos.

El hombre teme a la muerte. Se pasa su vida huyendo de ella. Sentimos una ráfaga de terror cuando sacude con su látigo a alguien de los nuestros. Y, sin embargo, es tan sencillo. Para el que cree en Dios, morir no es nada trágico, no es saltar en el vacío ni entrar en la noche. Creemos que morimos, que perdemos la vida. En realidad es sólo que ponemos la cabeza en su sitio, en las manos del Padre. Cae la vida, caen las hojas, todos caemos. Pero alguien recoge estas caídas con sus enormes manos, como escribiera Rilke.

Las manos de Dios son salvación. No están hechas para condenar, sino para salvar. Si alguien se condena es sólo en la medida en que huye de esas manos. Las manos de Dios son resurrección. Él no es Dios de muertos, sino de vivos. Él no sabe dar muerte, sino vida (J. L. MARTÍN DESCALZO, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Sígueme, Salamanca 1998, p. 1148).

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