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¿Existe un arte verdaderamente cristiano? 

Durante quince siglos, la fe cristiana fue el motor que originó el mayor conjunto de obras de arte de la Humanidad

Esta es la pregunta que vienen planteándose muchos desde hace doscientos años. Durante quince siglos, la fe cristiana fue el motor que originó el mayor conjunto de obras de arte de la Humanidad. Ahí están templos, esculturas, pinturas, música o poesía. Los diversos estilos (bizantino, románico, gótico, renacimiento o barroco) enmarcan la inspiración genial de nombres de primera línea como Giotto, Miguel Ángel, el Greco, Bernini, Bach o san Juan de la Cruz.

Sin embargo, a partir de la Ilustración la fecunda unión entre los artistas y la Iglesia comenzó a deteriorarse… hasta nuestros días. No deja de ser cierto que, a pesar de todo, ha habido artistas geniales como Gaudí, pero la verdad es que el denominado arte cristiano inició en el siglo XIX una deriva que lo encalló en los poco aireados puertos de los neos (neo-románico y neo-gótico), de los que salió tan solo para ir a navegar por el proceloso y oscuro mar del arte en serie, con su estética cercana al kitsch.

El concilio Vaticano II (1962-1965) animó a un nuevo diálogo con los artistas. La Iglesia, siempre «amiga de las bellas artes», «nunca consideró como propio ningún estilo artístico» sino que siempre «aceptó las formas de cada tiempo», también las de hoy. En esta misma línea, Pablo VI urgía a los artistas para lograr «nuevas epifanías de la belleza» y Juan Pablo II, en su preciosa Carta a los artistas, proclamaba que la Iglesia sigue necesitando del arte para desarrollar su labor evangelizadora.

En un mundo occidental cada vez más alejado de sus raíces cristianas, el arte sigue siendo un puente de valor excepcional para (re)descubrir «la Belleza [que] salvará al mundo» (Dostoievski). Sólo si hay artistas capaces de encontrarse con Cristo y experimentar personalmente su aliento de vida volverá a resurgir, con nueva lozanía, el arte auténticamente cristiano, diferente en sus formas pero igualmente expresivo de la Fe que ha regalado al mundo el mayor conjunto de belleza que alberga, tan sólo por detrás de la propia creación de Dios.

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