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Fíate de mí 

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Respondió: Yo estaré contigo y esta será para ti la señal de que yo te envío: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte(Éx 3,12).


¿Quién soy yo?, replica Moisés a Dios cuando le confía la misión de liberar a Israel de Egipto. La respuesta que le da Dios disipa, o al menos debería disipar, cualquier duda. La cuestión -le dice Dios- no es quién eres tú, sino quién soy yo que es el que te envía. Y o, Yahvé, estaré contigo a lo largo de toda tu misión, yo soy el garante de ella. La prueba de mi estar contigo la vas a tener cada día, cada paso que des con mi pueblo hacia la libertad. Vuestro caminar estará marcado por hechos prodigiosos que te hablarán de mí. Así será día tras día hasta que celebréis con gozo vuestra libertad al pie de este mismo monte en el que me he aparecido a ti y te estoy hablando.

Con estas palabras nos viene expuesto en las Sagradas Escrituras lo que podríamos llamar el núcleo fundamental que marca toda relación auténtica del hombre con Dios. Relación que nos habla de la fe, la cual tiene su razón de ser no en el temor servil o en un asentimiento irresponsable a normas o, lo que es peor aún, a tradiciones más o menos inventadas.

La propuesta de Dios a Moisés tiene un fundamento muy especial: su propia Palabra. No se trata de orientar la vida a partir de planteamientos humanos como queriendo aseguramos en cada paso que damos, como queriendo controlar todo; sino a partir de la Palabra dada.

Fiarse de una palabra salida de la boca del mismo Dios, he ahí la fe tal cual en su más genuina esencia. Es fiarse de Dios. Es el camino de la fe cuyos primeros pasos fueron dados por Abrahán, a quien todo Israel llama su padre en la fe. Dios rompió todos sus proyectos y ataduras, y él comenzó a relacionarse con el que le hablaba -Dios­ espoleado sólo y únicamente por la fuerza de su Palabra. Recordemos lo primero que Dios le propuso: “Yahvé dijo a Abrahán: Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gé 12,1-3).

Abrahán pone el oído, Dios su Palabra. No hay mayor definición para explicar lo que es la fe. Vivir, proyectar, amar, actuar, según lo que Dios va diciendo y haciendo en ti. No se trata de una obediencia necia sino alimentada y, al mismo tiempo, empujada por acontecimientos que tienen el sello de Dios. La fe, la fe adulta, implica ser testigo de todo ello, saber esperar su realización sin pretender conocer cuál será el paso que se ha de dar al día siguiente, como dice el autor de la carta a los Hebreos: “Por la fe, Abrahán, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba” (Hb 11,8).

Estamos hablando de la fe real, la que no se apoya en ningún criterio humano, la que rompe todo pronóstico e incluso toda normalidad, como cuando el seno de Sara, la mujer de Abrahán, rejuveneció para que pudiera cumplirse la palabra que le había sido dada (Rm 4,19-21).

Ésta es la fe que Dios propone a Moisés. Yo, que soy el que te he llamado y te envío, estoy vigilante no para ver si tú me vas a fallar o no. Soy vigilante de mi propia Palabra a fin de que se cumpla en ti todo lo que por medio de ella te he prometido.

Así es todo camino hacia Dios. Es un sendero cierto y también luminoso. Me explico, viene iluminado por los acontecimientos de cada día, del presente, mas al mismo tiempo nos emplaza hacia la oscuridad e incertidumbre del mañana. Tu garantía es la luz de hoy. Por ella sabes que el mañana oscuro también será iluminado por Aquel que te llama a salir de tus cálculos para abrirte al infinito. A fin de cuentas, los proyectos que hacemos los hombres en vistas a nuestra felicidad no dejan de ser modestos y hasta cerrados comparados con la proyección eterna que Dios tiene sobre ti.

Así las cosas, lo que podríamos llamar el almacén en el que tenemos colocados nuestros proyectos, va poco a poco impregnándose del moho del languidecimiento. Y esto es porque le falta la ventilación de la Trascendencia. Así son todos los proyectos que carecen de la bellísima e inigualable aventura de adentrarse en Dios. Él, el Desconocido, se nos da a conocer, nos va mostrando su Rostro conforme afirma nuestros pasos.

Pasos que nos conducen, como si fuéramos ciegos, por caminos que no conocemos y que nos llevan de sorpresa en sorpresa, porque Aquel que nos llamó convierte cada día nuestras tinieblas en luz: “Haré andar a los ciegos por un camino que no conocían, por senderos que no conocían les encaminaré. Trocaré delante de ellos la tiniebla en luz, y lo tortuoso en llano … ” (Is 42,16).

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