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Hagan lío por la familia 

Francisco lo dijo, y bien podría ser este el “grito de batalla” para los sábados 10 y 24 de septiembre. Un fenomenal “lío”, pues se trata, al momento de redactar estas líneas, de 109 marchas en defensa de la familia fundada en el matrimonio entre la mujer y el hombre, a lo largo y a lo ancho del país. Se espera que varios millones de personas marchen para defender lo más personal que tienen: el propio hogar, la propia familia, y a lo más valioso que poseen,  proteger a los hijos de un adoctrinamiento ideológico contrario a la identidad, historia y cultura del pueblo mexicano. Es decir, se busca defender a la sociedad mexicana de imposiciones y modos dictados desde el extranjero, por un pequeño pero poderoso lobby.

Es curioso. Si uno marcha pacífica y civilmente por defender los propios valores, la identidad, la cultura de su nación, uno es calificado de violento e intolerante. Grupos de presión fuertemente presentes en los medios de comunicación buscan desprestigiar “La marcha por la familia”, rebautizándola como “marcha del odio”, “marcha homofóbica”, “marcha contra los homosexuales”. Es decir, si no estoy de acuerdo contigo y quiero hacer sentir mi voz y dar visibilidad a mis ideas, mostrando que no solo son mías, sino que son compartidas por una inmensa muchedumbre de mexicanos, entonces soy violento y mi causa es el odio. ¿Cabe tergiversación más burda? Bastaría mostrar imágenes, por ejemplo, de las marchas del “Orgullo Gay” o las protestas de “Femen” para ver quién es el violento, agresivo e intolerante. De hecho, sin ningún escrúpulo y sin que venga al caso, ofenden a quienes no piensan como ellos, profanando o haciendo sátira de elementos religiosos sin que venga al caso. Ninguno de estos lamentables elementos estará presente en la pacífica marcha por la familia.

Y si ciudadanos normales y corrientes, salen a la calle a defender lo más valioso que poseen: su familia, su matrimonio, sus hijos, entonces la elite bienpensante los califica de clericales, de ser marionetas en manos de obispos y pastores. ¿Y no serán ellos las marionetas de los organismos internacionales, de fuertes grupos de presión, de lobbys extranjeros? ¿No se está discriminando, injustamente, a la mayoría de los mexicanos por motivos religiosos? ¿No se hace un uso abusivo de la religión como herramienta de desprestigio y discriminación? De hecho, las personas que marcharán pertenecen a diversos credos o a ninguno, pero lo importante es que son ciudadanos mexicanos, y no se resignan a ser tachados de ciudadanos de segunda en razón de las convicciones de su conciencia. De hecho, en el sentir de los clásicos, ciudadano es aquel hombre libre que participa de la vida en la sociedad. Participar en la marcha es entonces una actitud cívica y honrada por excelencia; el abstencionismo, la dejadez o la irresponsabilidad no son actitudes propiamente ciudadanas.

Es decir, a la marcha van a participar todos aquellos que no quieren ser, como coloquialmente se les llama, “borregos” o “acarreados”, personas sumergidas en la indolencia y la indiferencia, sensibles exclusivamente a sus intereses monetarios. Se precisa una gran estrechez de miras para no darse cuenta de la trascendencia de unas leyes arbitrarias que buscan redefinir uno de los valores más preciados en la cultura mexicana: la familia, y al hacerlo, deformar la conciencia de lo más valioso que tenemos los mexicanos: la niñez y la juventud. Si no defendemos a nuestra familia y a nuestros hijos, ¿qué seremos capaces de defender?, ¿qué otra realidad o causa tendrá el suficiente valor para luchar cívica y pacíficamente por ella?

¿Por qué salir a marchar? Para mostrarle al gobierno que con su imposición prepotente no está representando a la mayoría de los mexicanos, ni defendiendo sus intereses, ni venerando su historia, su cultura y sus valores. Para evidenciar que está danzando al son de intereses extranjeros, de una minoría arbitraria, que se hace pasar por víctima, cuando en realidad busca imponer férreamente sus puntos de vista sin necesidad de ningún consenso; no admitiendo ningún diálogo, ni razones, por carecer de ellas. Busca colocar a los congresistas frente a su responsabilidad histórica. Si el presidente ha capitulado y ha decidido traicionar los valores de la mayoría de los mexicanos, los congresistas todavía pueden hacer honor a su curul y frenar la prepotencia del ejecutivo, haciendo respetar los valores y la idiosincrasia del pueblo que dicen representar. ¿Por qué salir a marchar? Porque para nosotros la familia y los niños son importantes y no podemos dejarlos al garete de cualquier ideología.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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