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Hipocresía 
4 de Marzo
Por Juan José Guerrero

 

 

Vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: “¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?”. Jesús les respondió: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan”.(Lc. 5, 27-32)

Una vez que Jesús llama, que se siente claramente su voz, la persona pone en juego su libertad para responder o no afirmativamente a esa llamada. Por una parte, el Señor propone, muestra cuál es su voluntad, es decir, qué es lo mejor para el elegido; pero sin conminar, sin obligar, sin amenazar. Por otra parte, la persona que se siente llamada toma la decisión de atender o no al Señor. En caso afirmativo, no procede más que dejar todo lo que aparte del seguimiento y ponerse inmediatamente en camino. Todo intento de dilación, de reconsideración de la llamada, de intentar de dejar antes de ponerse en marcha arregladas ciertas cosas, y de rebuscar cualquier escusa para demorar el acudir a la voz escuchada; en el fondo, no es más que decir que no. Pero engañándose a sí mismo, con miedo a reconocer la verdad de que no queremos entregarnos al Señor con todas sus consecuencias.

Por otra parte, es de notar en este Evangelio cómo se pone de relieve la hipocresía de quienes se consideran mejor que los demás, perfectos, cumplidores. Estas gentes, muy abundantes en todas las épocas, son incapaces de amar a los otros, a sus hermanos, ya que no los reconocen como tales. Debiéramos pensar en cuántas veces hemos estado nosotros mismos en esa misma situación.

Este Evangelio nos invita a reconocer humildemente nuestra doblez de corazón, el juicio inexorable con el que en tantas ocasiones hemos estigmatizado a los demás en vez de, misericordiosamente, intentar acercarles a Jesucristo.

Desde el reconocimiento de nuestro pecado, pidamos humildemente al Señor que nos perdone y nos ilumine para, a su vez, pedir perdón a quienes hayamos podido juzgar. Dejemos al Supremo Juez el veredicto y preocupémonos más por no ser reprobados en “aquel día”.

 

Evangelio

 

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