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Jérôme Lejeune II: El gran descubrimiento 

La observación sobre las alteraciones de los dermatoglifos en pacientes con síndrome de Down confluyó con otra observación realizada en 1934 por el pediatra norteamericano Adrian Blayer, quien estudió parejas de gemelos afectados por el síndrome. Blayer observó cómo, cuando los gemelos eran dicigóticos, es decir, procedían de la fecundación de dos óvulos distintos, el síndrome nunca aparecía en ambos hermanos, mientras que en gemelos monocigóticos, aquellos procedentes de la fecundación de un solo óvulo inicial, el síndrome se expresaba siempre en ambos hermanos. Estos descubrimientos orientaron de forma decisiva la investigación acerca del origen del síndrome de Down, para el que se postulaba una causa cromosómica.

Por tanto, las alteraciones responsables de la enfermedad debían comenzar en las etapas madurativas del óvulo o del espermatozoide, o bien, en fases inmediatamente posteriores a la fecundación. Pero ya años antes, este camino para la investigación había sido apuntado por otros científicos. En 1937 el propio Turpin, director del proyecto en el que trabajaba Lejeune, señalaba la hipótesis cromosómica como posible origen del síndrome. Turpin se basaba para ello en los hallazgos realizados en la mosca Drosophila melanogaster, organismo modelo en experimentación genética. Por otro lado, el oftalmólogo Peter Waardenburg, descubridor del síndrome congénito que lleva su nombre, había pensado en un origen de la misma naturaleza para el síndrome de Down. Además, en 1922, Albert Blakeslee había demostrado que la modificación en el número total de cromosomas de la especie vegetal Datura stramonium producía alteraciones en la forma de los frutos. Es decir, los antecedentes en la investigación genética sentaban sólidas bases para realizar el estudio de los cromosomas de las personas afectadas por el síndrome de Down.

Sin embargo, en aquel momento se desconocía el número exacto de cromosomas de la célula humana. Algunos pensaban que eran 46, otros 47, y la mayoría creían que eran 48. La dificultad para conocer el número exacto radicaba en la técnica empleada para su aislamiento, que tomaba como muestra fragmentos de tejidos. En ellos los cromosomas se superponían y aglomeraban, por lo que contabilizarlos resultaba muy complicado. Este problema fue resuelto en 1952, cuando se sustituyeron las secciones histológicas por células aisladas que eran sometidas a un choque osmótico por inmersión en una solución diluida. El choque las hacía estallar provocando la salida al exterior de sus cromosomas. El perfeccionamiento máximo de la técnica fue realizado por el investigador de origen chino Tjio, prisionero del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial y al que la Cruz Roja trasladó a Holanda como refugiado de guerra. Tjio solía visitar Suecia durante sus vacaciones y allí, en el laboratorio de Albert Levan, realizaba el aislamiento cromosómico de acuerdo con el siguiente procedimiento: separaba de una muestra de tejido sanguíneo los glóbulos blancos a los que, a continuación, añadía colchicina, sustancia de origen vegetal que mantiene separados los cromosomas dentro de la célula. A continuación añadía agua a las células provocando, por choque osmótico, la rotura celular, que causaría la liberación de los cromosomas al medio. Por último, y para posibilitar su observación al microscopio, los fijaba con ácido acético y los teñía con acetocarmín. Con esta técnica, Tjio y Levan consiguieron fotografiar el cariotipo humano, conjunto de cromosomas de la célula ordenados por pares homólogos, demostrando que el número de cromosomas celular en el ser humano es de 46. El estudio, que realizaron en 261 células humanas, fue publicado en 1956.

anomalías cromosómicas

La técnica de Tjio fue aportada al trabajo del profesor Lejeune por Martha Gauthier, una investigadora que, procedente de Harvard, se sumaba al equipo. Mediante esta técnica estudiarán los cromosomas de los pacientes con síndrome de Down. Los medios materiales con los que cuenta el equipo de investigación son, a todas luces, precarios: el laboratorio en el que trabajan carece de agua corriente, que deben conseguir en una cocina contigua; el microscopio que utilizan ha sido desechado por los patólogos pues tiene el tornillo macrométrico muy usado, y para mantener el objetivo, este debe ser bloqueado con un poco de papel de aluminio; no hay equipamiento fotográfico y deben pedirlo prestado a los patólogos, quienes lo ceden, pero nunca más de dos horas a la semana. Sin embargo, la determinación humana, la constancia y el esfuerzo vencen todos los obstáculos, supliendo con creces lo que el presupuesto asignado no cubre.

La primera preparación observada perteneciente a un paciente de Down, en junio de 1958, arroja un resultado de 47 cromosomas, en vez de los 46 característicos de las células de pacientes no afectados por el síndrome. En ese momento urge averiguar si tal resultado se debe a la fragmentación de algún cromosoma o si realmente es correcto. En enero de 1959, otros nueve análisis son realizados confirmando el dato obtenido en origen: efectivamente, las células pertenecientes a pacientes con síndrome de Down poseen un cromosoma de más correspondiente al que debería ser el par 21. Los sorprendentes y valiosos resultados son publicados por la Academia de Ciencias Francesa bajo el título: “Estudio de cromosomas somáticos de nueve niños mongólicos” por J. Lejeune, M. Gauthier y R. Turpin. Unos meses más tarde, un equipo de investigación independiente, el de los ingleses Brown y Jacobs, reproduce los resultados confirmando el hallazgo científico. Así, el síndrome de Down se convierte en la primera enfermedad de causa genética demostrada, la trisomía del par 21, como todavía hoy se la conoce médicamente. Por primera vez se demuestra en el hombre que una enfermedad congénita se debe a una anomalía cromosómica, lo cual significa el nacimiento de una nueva área de conocimiento en medicina, la citogenética clínica, rama de la genética que estudia las patologías cuyo origen se halla en una alteración del cariotipo.

El descubrimiento es de máxima importancia no solo médica sino también humana, pues contribuye decisivamente a liberar a los padres de los niños afectados por el síndrome de las miradas y juicios culpabilizadores de la sociedad. Los prejuicios sociales que acompañan a las enfermedades son ancestrales. En el capítulo 9 del Evangelio de San Juan, los discípulos, al ver a un ciego de nacimiento, preguntan al Señor: «“Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego? Respondió Jesús: “Ni pecó este ni sus padres…”». (Jn 9,2-3). De la misma manera, el descubrimiento de este joven médico de 32 años aparta definitivamente de sus pequeños pacientes y de sus padres cualquier sombra de duda moral.

al servicio de la vida y del ser humano 

A partir de ese momento una idea motriz guiará la vida de Lejeune, encontrar una terapia capaz de curar los principales síntomas de sus pacientes. Y animado por su profunda convicción escribe: “La encontraremos. Es imposible que no consigamos encontrarla. Es una empresa intelectual de menor dificultad que mandar un hombre a la Luna”. Todo el conocimiento y la voluntad de este hombre están puestos al servicio de la vida y del ser humano.

Su hallazgo le permite descubrir, junto a sus colaboradores, la causa de otras enfermedades cromosómicas: en 1964 halla el origen del llamado “síndrome del maullido de gato”, así denominado por uno de sus signos clínicos, un grito similar a un maullido. La enfermedad se debe a una deleción o pérdida de material genético del cromosoma 5, la monosomía 5p, que, en honor a su descubridor, recibe el nombre de síndrome de Lejeune. En 1966 descubre la alteración cromosómica responsable del síndrome de Edwards, la trisomía del cromosoma 18. En los años siguientes su equipo describe la malformación del cromosoma 13, la trisomía del cromosoma 9 y la del 8. Asímismo, y gracias al itinerario iniciado por él, se identificarán también las causas del síndrome del X frágil, del síndrome de Turner y del síndrome de Klinefelter. Por todo ello, el profesor Lejeune es considerado con toda justicia el padre de la patología citogenética.

El reconocimiento internacional a su labor se traduce en prestigiosos premios, como el Kennedy, que recibe en 1962 de manos del propio presidente John Fitzgerald Kennedy por sus investigaciones sobre la discapacidad mental. Posteriormente, en 1969, será distinguido con el Premio William Allan que, otorgado por la Sociedad Americana de Genética Humana, constituye el más alto galardón mundial en genética.

hijos amados de Dios

La brillantísima carrera de este joven científico le lleva, igualmente, a desempeñar cargos de responsabilidad desde sus comienzos. Así, en 1962 es designado experto en genética humana en la Organización Mundial de la Salud. Dos años más tarde es nombrado director del Centro nacional de Investigaciones Científicas de Francia y jefe de servicio del recién creado departamento de Genética del Hospital Necker de enfermedades infantiles, el mayor centro de medicina pediátrica de Francia. En 1965 adquiere la titularidad, en la Facultad de Medicina de la Sorbona, de la primera cátedra de Genética Fundamental.

Las familias de los niños afectados por el síndrome de Down, atraídas por la celebridad internacional del profesor Lejeune y su disponibilidad, se dirigen cada vez en mayor número a él. Los acoge con la humildad de quien sabe que el dolor de los padres no encuentra consuelo en la ciencia, con la compasión de un médico que también es padre y con el amor de quien reconoce en sus pequeños pacientes a los hijos amados de Dios. El profesor Lejeune trabajará denodadamente por encontrar una curación para ellos. Sin embargo, lo que será su mayor ilusión, también pronto se convertirá en su mayor motivo de sufrimiento. El contexto legal del momento, así como el desarrollo de nuevas tecnologías médicas hará que sus hallazgos científicos, lejos de emplearse en asegurar y perfeccionar la vida, se utilicen para exterminarla.

Mientras la amenaza se perfila en el horizonte, los padres de los niños a los que el profesor trata aprenden a comprender la enfermedad, aprenden a amar a sus hijos y a encontrar la paz en la aceptación de la voluntad de Dios, que colmará de cariño y ternura a Sus criaturas.

Victoria Escudero
Farmacéutica. Fundación López Quintás (Área de Docencia y Universidad)

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