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Juan XXIII, sobre un texto escrito por Joseph Ratzinger 

«¡Ésta era mi intención al convocar el Concilio!»
Pocas semanas antes del Concilio Vaticano II, el cardenal Siri invitó a Génova al cardenal Frings, arzobispo de Colonia, para una conferencia sobre la Iglesia en el mundo moderno. El anciano purpurado alemán pidió ayuda a un joven profesor y teólogo de confianza, Joseph Ratzinger, que terminó escribiéndole el texto de la conferencia. Juan XXIII quedó tan impactado que, en una audiencia, abrazó al cardenal Joseph Frings, diciéndole: «Precisamente, éstas eran mis intenciones al convocar el Concilio». Monseñor Loris Capovilla, que fue secretario particular de aquel Papa, ha recordado así el episodio en el diario Avvenire:

Joseph Ratzinger, con el cardenal Frings, en Roma, a principios de los años 60
Algunas semanas antes del Concilio, el cardenal Giusseppe Siri, arzobispo de Génova, invitó al cardenal Joseph Frings a dar una conferencia sobre El Concilio Vaticano II frente al pensamiento moderno. El anciano arzobispo de Colonia la pronunció el 20 de noviembre de 1961, pero, como estaba saturado de trabajo, pidió ayuda al entonces joven profesor Joseph Ratzinger, teólogo de su confianza, quien escribió todo el texto que, después, fue publicado, obviamente, con el nombre del cardenal. Así llegó hasta Juan XXIII, que lo leyó, y, en una audiencia posterior, abrazó al cardenal Frings, diciéndole: «Precisamente, éstas eran mis intenciones al convocar el Concilio». Entonces, el cardenal sintió el deber de revelar al Papa quién era el autor de aquellas páginas.

El texto expone las transformaciones profundas que habían ocurrido después del Concilio Vaticano I (1869-1870) y que exigían convocar un nuevo Concilio, basado en los siguientes cuatro factores:

* La experiencia de la unidad del género humano. El acercamiento de las distancias y el modo de vida difundido en todo el mundo han dado a la Humanidad una nueva fisonomía, la del progreso técnico al estilo europeo-americano. Esto facilita la misión universal (por tanto, católica) de la Iglesia, pero también le impone el deber -para ser comprendida por la civilización técnica actual- de usar el mismo lenguaje, vaciándolo de su trasfondo materialista, para difundir el mensaje cristiano. La experiencia negativa de las dos Guerras Mundiales creó en el pueblo no cristiano una desconfianza hacia la civilización cristiana y occidental. Ahora bien, mientras esto supone un mayor respeto por la herencia espiritual de cada pueblo, ofrece a la Iglesia ulteriores posibilidades de universalidad: al no pertenecer a ningún pueblo, puede cumplir más eficazmente su misión de paz, que unifica a todos los pueblos en una unidad superior y puede todavía permanecer abierta a las exigencias de la singularidad de los pueblos. De aquí nacen interesantes aplicaciones, tanto en el campo de la liturgia, que debe ser comprendida por todos los pueblos, como en relación a la autoridad episcopal, que universaliza los datos particulares a la luz de la universalidad, que tiene como cabeza Roma.

* El poder de la técnica ha modificado profundamente las relaciones entre el hombre y la naturaleza, obra de Dios, y ha dado al mundo un carácter profano, que ha desembocado en un nuevo paganismo. La tarea de la Iglesia será, pues, «volver a exponer al hombre su derecho fundamental y hacérselo comprender de una nueva forma». El siguiente punto precisa en qué modo.

* La fe en la ciencia. Se trata de explicar científicamente todo, también las relaciones humanas más íntimas (informe Kinsey) y el comportamiento frente a la culpa (psicoanálisis). Sin embargo, el hombre sigue siendo el gran abismo, que ninguna explicación científica puede averiguar, con su dolor, su amor, su aspiración al infinito y a Dios. El hombre, a pesar de todo, se siente solo y tiene necesidad de que le enseñen nuevamente a comprender el lenguaje de su soledad. En esta formidable tarea, la Iglesia debe guiarlo en este descubrimiento, abandonando, quizás, algunas de sus formas, dándoles mayor sobriedad en la sustancia y en la forma.

* La última característica del mundo moderno viene dada por las ideologías, es decir, los sistemas de pensamiento (especialmente liberalismo y marxismo) que, en las masas, han suplantado a la fe y a la religión, porque ofrecen una explicación del mundo sin exigir la adhesión a las realidades trascendentales. Con todos estos errores, el triunfo de las ideologías explica la aspiración del hombre de hoy hacia cualquier cosa válida. La tarea de la Iglesia será descubrir, bajo las ideologías, los valores eternos y colocarlos en el lugar justo, para que el hombre vuelva a encontrar la fe en sí mismo. Ya que el marxismo es una ideología de la esperanza, de una justicia terrena más profunda, es tarea de la Iglesia presentar la salvación que, en Cristo, se ofrece a la Humanidad, no sólo para la vida eterna, sino también para la terrena. El liberalismo posee un celoso respeto por la libertad, y esto ha hecho más sensible al hombre de hoy: es necesario, pues, devolverle la fe en que, adhiriéndose a la Iglesia, él no pierde su autonomía y en que, así, su búsqueda de la verdad es guiada y potenciada.

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