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La belleza que salva al mundo 

Existe un misterio escondido en los entresijos de la historia que, si bien puede ser descubierto por la razón, solo puede ser entendido a la luz de la fe: el mal desplegado desde el principio ha triunfado a corto plazo, pero, al final,  siempre es derrotado por el bien. Desde el principio de la humanidad, los hombres que practicaban la violencia, el asesinato, el robo y la mentira, se imponían sobre los que defendían el trabajo, el esfuerzo, la solidaridad y la verdad. Y aunque al principio dominaba la espada a la palabra, la rapiña al trabajo, y el asesinato del inocente al cuidado del débil, finalmente la mentira siempre es vencida por la verdad, y el mal por el bien. Y es que, si para un marxista la historia se mueve por la lucha de clases, de naciones, o de géneros, para un cristiano, el motor de la historia es el misterio oculto del amor, la ley de un amor sin límites, del amor al enemigo manifestado en Cristo Jesús.

Juan Pablo II, en su “Carta a los Artistas” cita las palabras de los Padres del Concilio   en el Mensaje a los Artistas: “Este mundo en el que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, que une a las generaciones y las hace comunicarse en la admiración”. Por eso también cita el beato Papa las palabras de Dostoyevski: “La belleza salvará al mundo”. Y la Belleza es Cristo, le he oído cientos de veces a Kiko Argüello en su predicación y como dijo Benedicto XVI, en su encuentro con los artistas en la Capilla Sixtina, “lo que necesitan los hombres contemporáneos es la belleza, camino para encontrar a Dios”.

El arquitecto japonés Etsuro Sotoo se convirtió al catolicismo, cuestionado en lo más profundo de sí al estudiar la belleza de la Sagrada Familia de Gaudí. El mismo Gaudí decía que “la Belleza es resplandor de la Verdad, y como el arte es Belleza, sin Verdad no hay arte”, e hizo suyas las palabras de Fray Angélico: “Quien desee pintar a Cristo solo tiene un camino: vivir con Cristo”. Por eso el pintor de iconos ayuna y pinta de rodillas a Cristo, como Rublev.

 Bien, Verdad y Belleza

El bien, la verdad y la belleza van unidos como la trinidad, y nuestro corazón los busca desde que nacemos. La verdad es bella y nos proporciona el bien; la contemplación de la belleza nos produce placer, nos habla del amor, de lo bueno… Lo dijo el Papa Benedicto XVI en su viaje a Fátima del 13 de mayo de 2010: todo hombre “por su propia estructura cognitiva busca la verdad,  tiende al bien en la esfera volitiva, y en la dimensión estética es atraído por la belleza”.

Así pues no solo es imposible separar belleza, bondad y verdad sino que, como dice el gran pensador y teólogo Hans Urs von Balthasar, las tres  “se compenetran”, ya que en la verdad hay belleza y bondad; la belleza es buena si es verdad, es decir, si no esconde la mentira y asimismo, la bondad es bella y verdadera.

Decía el cineasta ruso Tarkovski que “lo bello queda oculto para aquellos que no buscan la verdad”. Y Dios, la Verdadera Belleza, quiso manifestarse a los hombres en Cristo, y en Cristo crucificado, de aspecto horrible, ante quien se retira el rostro. Una imagen de aparente ausencia de belleza pero que, en palabras de Von Balthasar, recibió “la reprobación de los hombres (cruz), y el reconocimiento de Dios (resurrección).

 la fealdad de la intrascendencia

 El mal llamado arte de vanguardia pone de manifiesto cómo el feísmo ha sustituido a la belleza en el arte del siglo XX. Es como si se tratara de una expresión exterior de la fealdad interior del hombre sin Dios; sin trascendencia, no hay belleza, hay fealdad. Para el filósofo Roger Scruton, esta renuncia a la belleza está acompañada del abandono de la búsqueda de la verdad y del bien. Este arte ya no busca la belleza, sino la subversión de la belleza. El artista no persigue que la contemplación de su obra produzca gozo ante la belleza, sino escándalo.

El feísmo es el arte de los bárbaros, de aquellos que no conocen la belleza y ni siquiera la ven; no porque sean salvajes, que en ese caso tendrían los ojos limpios y se maravillarían del amor de Dios manifestado en la belleza, sino porque son idólatras.

Estamos ante las dos ciudades de San Agustín, la ciudad de Dios, bella y hermosa, y la ciudad de los idólatras, llena de mentiras y fealdad, que se manifiestan en el feísmo de su arte y en la maldad de sus obras.

 “Dios existe, yo me lo encontré…”

Ante este feísmo, la Iglesia ofrece la belleza de la liturgia. De ahí la importancia de que la liturgia conserve la belleza que ha manifestado al mundo durante dos mil años, y de que el secularismo no introduzca su feísmo. Porque la Belleza es Cristo.

Y existen muchos ejemplos de conversión gracias a la belleza de la liturgia. Como Rusia, que se convirtió al cristianismo por el príncipe Vladimir, para quien el modo de vida de los cristianos le cuestionaba y envió emisarios a Bizancio con objeto de que le informaran mejor. Cuando volvieron estos a Kiev maravillados ante la belleza de la liturgia bizantina en Santa Sofía, le contaron al príncipe haber creído estar en el cielo durante la celebración.

Otro ejemplo es el del poeta francés Paul Claudel,  que se convirtió al quedar maravillado por la belleza del canto del Magnificat, en el rezo de vísperas de Navidad en Notre Dame. O el de André Frossard, hijo del primer secretario del Partido Comunista Francés, educado en el “ateismo perfecto” y por el cual jamás había pisado una iglesia. Pero ¡oh misterio sublime!, entró ateo en una capilla del Barrio Latino de París y salió “católico, apostólico y romano”, diciendo: “Dios existe, yo me lo encontré…Yo lo he visto alzarse más bello que la belleza, más luminoso que la luz”.

La belleza nos lleva a la alegría. El poeta francés Leon Bloy decía: “sólo hay una tristeza, la de no ser santos”. La belleza,  como repite Kiko Argüello, es “la comunidad cristiana”, y la historia de salvación que Dios tiene diseñada para cada uno. No hay mayor belleza que Cristo crucificado por ti: el amor de Dios al enemigo manifestado en Cristo Jesús. Esta es la Belleza que salva al mundo. Esta es la belleza que están esperando los bárbaros, la que anhelan en lo más profundo, porque para ella han sido creados. Como dice San Agustín: Señor “nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

San Gregorio de Nisa decía que solo los corazones limpios de herrumbre  “ven  la belleza de la imagen de la naturaleza divina”.

La belleza de la madre que da a luz un hijo brilla sobre la inmensa oscuridad de la mujer que mata a su hijo antes de nacer. Cuanto más grande es  la oscuridad de la muerte, más brilla la luz de la vida, por muy pequeña que sea. La belleza del amor de la familia cristiana, del amor sin límite en el matrimonio, es la belleza que brilla en medio de esta generación que asesina a sus hijos antes de nacer, que fomenta la promiscuidad sexual, la homosexualidad y el lesbianismo, y solo produce nausea, depresión, angustia y soledad.

En medio de este fondo negro luce la alegría y la belleza de la familia cristiana. En palabras de Benedicto XIV: “Que el Espíritu del Señor suscite también hoy la santidad de los esposos cristianos, para mostrar al mundo la belleza del matrimonio vivido según los valores del Evangelio”.

Dice el historiador  inglés Christopher Dawson  que los bárbaros se convirtieron al cristianismo no solo por la doctrina de los monjes, sino sobre todo por su manera de vivir. Esta belleza de vida que tenía lugar en los monasterios convirtió a los bárbaros. Si el testimonio de los primeros mártires fue lo que convirtió a  los romanos al cristianismo, y el nuevo modo de vida de los monjes de los monasterios convirtió a los bárbaros, lo que necesitan los nuevos bárbaros de hoy para conocer y volver su rostro a Dios es el testimonio de la belleza de vida de las familias cristianas.

en mi Salvador se alegra mi espíritu

No hay mayor belleza que Cristo: el amor de Dios llevado hasta el extremo. Y la verdadera alegría que brota dentro del corazón del hombre solo se da ante la humilde contemplación de esta Belleza, que nos supera totalmente. Esta es la Belleza que salvará al mundo: Cristo.

El sacerdote Pablo Domínguez, decía que para Santo Tomás “la alegría es la consecuencia del amor, el brillo del amor, y la alegría es tanto mayor cuanto mayor es el amor.” La alegría más grande está en el amor más grande, que se encuentra en el amor que Dios nos tiene. La mayor alegría ocurre cuando alguien reconoce saberse amado por Dios. Por eso Cristo es la alegría suprema.

Hemos sido creados para la Alegría, para el cielo, para la Casa del Padre, para las Bodas del Esposo. El Amor no se impone, se propone. No hay amor sin libertad. Porque no es válido el matrimonio sin la libertad de los esposos. Solo el que nos ama sin límites no limita nuestra libertad. Ni hay amor sin alegría. La alegría manifiesta que dos jóvenes están enamorados; la alegría de los cristianos demuestra que están enamorados de Cristo.

La primera palabra que pronunció el ángel Gabriel a María fue: Alégrate… Y la primera palabra de Jesucristo Resucitado en su aparición a las santas mujeres fue: Alegraos…

¡Cómo no alegrarse ante la Belleza del Amor de Dios, manifestado en Cristo Resucitado!

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