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La Inmaculada en Roma 
Por Felicidad Izaguirre

Un gran monumento a la Inmaculada Concepción de María está en una de las plazas más bonitas de Roma: la Piazza di Spagna, la Plaza de Españdefinitivainmaculadaa, que conocí durante el Jubileo de los Apóstoles de la Divina Misericordia, en nuestra peregrinación a la capital de Italia y al Vaticano, en abril de 2016, Año Santo de la Misericordia.

La Plaza de España de Roma recibe su nombre del Palazzo di Spagna, el Palacio de España, que desde 1647 alberga la Embajada de España ante la Santa Sede, la misión diplomática permanente más antigua del mundo.

Esta plaza, como toda Roma, está llena de monumentalidad y de bellísimas obras artísticas e históricas, que nos hablan también de la importancia de España en la historia y en la fe a Nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Esperanza nuestra, y Salvador del mundo.

Entre todos los monumentos, es bien visible el dedicado a la Inmaculada Concepción: una imagen de la Purísima sobre una columna de 11,81 metros de altura. Fue el 8 de septiembre de 1857, cuando el Papa Pío IX inauguró esta columna que preside la Plaza, en recuerdo de la definición del dogma de la Inmaculada del que España fue tenaz defensora.

Desde entonces, la fiesta de la Inmaculada que celebramos el 8 de diciembre, tiene una hermosa tradición en la Plaza de España de Roma: Los primeros en rendir honores a la Virgen son los bomberos, que alrededor de las 7:30 horas suben con su larga escalinata hasta la imagen de María, colgando en su brazo una guirnalda de flores, mientras la saludan militarmente.

Después se van sucediendo procesiones, y en un momento del día que suele ser el de las cuatro de la tarde, acude el Papa, que lleva a María Inmaculada una cesta de rosas blancas. A continuación, romanos y visitantes van dejando ramos de flores en el monumento.

En honor a la Virgen María y para remarcar su importancia vital en el pasado, ahora y en el futuro para cada hombre y de toda la humanidad, tenemos estas impresionantes palabras con las que hemos orado durante estos días, de la Novena a su Inmaculada Concepción:

El Señor ha querido que María Inmaculada sea modelo para quienes no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal y social y proclaman que Dios ensalza a los humildes y, si es el caso, derriba a los poderosos de sus tronos.

Nos viene la vida por ti, María, que por la gracia de Dios, has sido elegida para ser madre del nuevo pueblo que Jesucristo ha formado con su sangre.

Ella nos dio a luz entre dolores, al pie de la cruz. Esta maternidad de la Purísima sobre nosotros no termina nunca. Ella nos cuida mientras peregrinamos por este mundo para animarnos en los en los momentos de peligro y de angustia y nos fortalece para luchar contra el mal y para lograr la fraternidad universal.

La Purísima anima siempre a la Iglesia en su fidelidad a Jesús. Tenemos una verdadera Madre, que es la misma Madre de Cristo.

San Juan Pablo II dijo de España que es tierra de María. En España, tenemos la inmensa gracia de tener advocaciones marianas con mucha fuerza, y eso quiere decir que María tiene un lugar muy destacado en la Iglesia y en el pueblo. En la Iglesia, como puerta de la Historia de la Salvación: Dios viene y lo hace de esta manera tan hermosa: a través de una mujer, de una mujer reservada desde el inicio de la historia para ser la Madre de Dios. Y en el pueblo, como ejemplo de primera cristiana, como mujer entregada, mujer que se pone al servicio de Dios desde el primer momento. Su papel es fundamental. Y a través de las distintas advocaciones marianas ella está presente continuamente.

María fue humana y pasó por todo aquello que pasamos todos los seres humanos: momentos de gozo, de alegría, de dolor y sufrimiento.

María es modelo de fe. Como dijo el padre Ignacio Larrañaga, la grandeza de María no está en imaginarse que ella nunca fue asaltada por la confusión. Está en que cuando no entiende algo, no reacciona angustiada, impaciente, irritada, ansiosa o asustada. Se repliega en su interior y, llena de paz, va identificándose con la voluntad desconcertante de Dios, aceptando el misterio de la vida.

 

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