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La juventud vivida en libertad 

Sin lugar a dudas, la libertad es uno de los valores más preciados por todos los hombres a lo largo de la Historia de la humanidad. Reivindicada, defendida, soñada y conquistada por unos, pero también limitada, ignorada y manipulada por otros, el concepto de libertad ha sido comprendido de diversas maneras en cada momento histórico. Asimismo, han sido varios los sistemas sociales y culturales que han enriquecido esta idea de libertad con nuevas acepciones, pero también otros la han restringido o entendido erróneamente.

Como resultado de esta evolución histórica, en las sociedades modernas, la libertad se ha consolidado y está formalmente protegida bajo el paraguas de los conocidos como derechos fundamentales, ya que se reconoce como un valor inseparable de la dignidad de cualquier ser humano.

La libertad también ha sido una idea que ha estado muy relacionada con la juventud, ya que muchas veces se ha erigido como el ideal o la máxima exigida por los jóvenes de diferentes épocas, sobre todo de las décadas más recientes. Muchos de ellos se han unido en reivindicaciones y han sido protagonistas de muchos momentos que han marcado la Historia y han cambiado su curso.

Somos hijos del Dueño

Las distintas maneras de entenderla, la evolución histórica de su reconocimiento y la constante lucha por su conquista nos pueden ayudar a comprender que la grandeza de la libertad reside, precisamente, en su origen. Y es que se trata del mayor don que Dios nos ha dado, ya que la libertad es el poder que nos ha regalado para poder actuar por nosotros mismos, sin estar determinados por otros.

Por esta razón, la libertad nos recuerda nuestra dignidad de hijos de Dios y el valor sagrado que Él mismo, tras habernos creado a su imagen y semejanza, le da a este don. Así nos lo recuerda el propio San Pablo: “Puesto que no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu da testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8,15-19).

Partiendo de este origen ‘divino’ y natural del concepto de libertad y vinculándolo directamente con el espontáneo «deseo de libertad» que nos caracteriza de manera especial a los jóvenes, San Juan Pablo II se dirigió a nosotros para recordarnos las palabras del propio Jesús: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Con esta interpelación, el pontífice nos presentaba la verdad como la fórmula básica para conocer y experimentar la libertad en su plenitud en nuestras vidas, para acogerla como el pilar básico de nuestra juventud.

En este sentido, muchos jóvenes nos podríamos preguntar entonces: ¿qué significa ser realmente libre? Tal y como nos enseñó el santo polaco, significa saber emplear la propia libertad en la verdad, porque nuestra libertad es el poder de decir sí a Jesús, “pero vuestro sí no significaría nada si no pudierais decir que no”. Esto implica responder libre y afirmativamente a Dios en cada momento de nuestra vida pero, especialmente, en el momento en el que somos jóvenes y debemos aprender a disfrutar con responsabilidad de este don para sentar las bases de una vida que comienza y está llamada a la santidad.

Decantarnos por el bien supremo

En la creación de cada uno de nosotros, Dios nos soñó libres y, a la vez, pensó en un camino de plenitud para nosotros. Cuando optamos de corazón por el bien, es decir, por Él y por su plan de felicidad para nosotros, más libres nos volvemos. “Hemos sido creados para decir sí a Dios, porque aquí es donde está nuestra plenitud, no tengáis miedo a decir que sí a Cristo”, nos decía San Juan Pablo II con una de las más célebres frases con las que se dirigió a nosotros en muchas ocasiones. Asimismo, nos animaba a amar nuestra libertad y ejercerla a través de este sí, recobrándola cuando la hubiésemos perdido y reforzándola con el sacramento de la confesión cuando flaquease.

Por tanto, vivir la juventud en verdadera libertad requiere tener una conciencia recta y bien formada para decantarnos por el bien verdadero, así como una responsabilidad sobre nosotros mismos y sobre los demás, para saber respetar la libertad que les ha sido otorgada con su condición de hijos de Dios.

Reconocer este don en la dignidad de los demás y recordar la responsabilidad que es necesaria para vivirlo en su plenitud, nos debe animar como juventud a aprender juntos el valor y la dimensión de la libertad basada en la verdad que viene de Dios. Benedicto XVI también se dirigía a nosotros y nos invitaba a ir contracorriente “en este mundo tan lleno de libertades ficticias que destruyen el ambiente y al hombre”, por lo que nos proponía “construir escuelas de libertad y demostrar con nuestra vida que somos realmente libres”.

Tal y como ha ocurrido a lo largo de la Historia, cada generación tiene sus retos y sus batallas que librar, como la nuestra se enfrenta a los propios. Por esta razón, estamos llamados a vivir la libertad en nuestra juventud para sentar las bases de una vida en y con Dios. Esto requiere descubrir este don de manera personal, como una llamada a la plenitud con la que Él nos invita a ser soberanos de nosotros mismos a través de la elección de este bien supremo. Pero también implica una conquista colectiva, en la que los jóvenes experimentemos juntos la dimensión este regalo y se lo mostremos a nuestras sociedades como una máxima real que merece la pena alcanzar, mediante el ejemplo de nuestras vidas y el ejercicio responsable de nuestra libertad de pensamiento y acción.

Marta A. Guerrero
Periodista

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