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La lucha de San Antonio del Desierto 

Tengo yo antigua predilección por los ermitaños. Siempre he pensado que dejar el mundo, aislarse de los demás para consagrar la propia vida en la oración y el recogimiento es digno de admiración. Yo no podría. En mis evidentes limitaciones, dependo de tantas cosas de este cochino mundo que resulto de lo más opuesto al anacoreta. Con el nombre de eremita o ermitaño se nombra a los cristianos del siglo III, que, por huir de las persecuciones y entregarse a la vida contemplativa y penitente, se refugiaron en los desiertos de la Tebaida de Egipto y, por extensión, a aquellos que se retiran a lugares solitarios.

En origen, el ermitaño era un monje que fijaba su misión en el cuidado y protección de una ermita dedicada a algún santo y, por lo general, en algún territorio despoblado y poco visitado. El retiro del ermitaño se consideraba parte de su vida espiritual y de su entrega cristiana. Entre todos ellos, para mí que brilla con luz propia, San Antonio del Desierto o San Antonio Abad, un hombre que abandona sus bienes y crece en santidad y se convierte en un modelo de vida. Ascético y austero, durante su vida durmió en un sepulcro vacío. Según Jacopo della Voragine, en “La leyenda dorada” fue reiteradamente tentado en el desierto por el demonio.

el tufo del maligno

Vivimos en un tiempo, en el que se ignora al diablo. Para el hombre de hoy Satán no existe. Es invento anacrónico, producto de mentes supersticiosas y anticuadas que trataban de sumergirnos en el miedo. Ahora ya no se le tiene miedo al demonio. Pero uno tiene la convicción de que el Mal existe y está entre nosotros. ¿Qué otra cosa es el grave pecado de la pedofilia en el seno de la Iglesia? Está escrito que Belzebú intentará arruinar los pilares de la Iglesia. Su tufo se extenderá por todo el mundo, pero nuestro olfato se acostumbrará a su hedor.

Veamos una muestra de la influencia del Malo en nuestros días: En estas últimas jornadas, mucho me ha extrañado la repercusión mediática de los casos de curas pedófilos, cuando provienen de medios de comunicación que han saludado a la nueva Ley del Aborto como una conquista social. El asesinato del inocente como un derecho. Hace tan solo cien años, el aborto se consideraba un pecado gravísimo y un delito execrable. Escandalizaba a todos, incluso a los no creyentes. Me malicio que cuando interese a sus planes, estas mismas personas se pronunciarán por la despenalización de la pedofilia. Es cuestión de tiempo y del influjo del demonio.

Acontece que los que se definen a sí mismos como progresistas no tienen argumentos contra la pederastia, porque como señala muy bien Pío Moa:

“La extensión actual de la pederastia entre religiosos, mayor que antaño, procede de actitudes típicamente progresistas  fomentadas en diversos medios de la Iglesia a raíz del concilio Vaticano II y ligadas a una gran tolerancia hacia la homosexualidad: la pederastia entre religiosos (y no religiosos) suele ser homosexual. Así, parece que el entusiasmo del New York Times, otro abanderado de esta campaña, disminuyó un tanto cuando comenzó a aflorar el dato de la homosexualidad: ya se sabe que esta prensa cultiva el orgullo gay, la presunción de que esta forma de sexualidad es tan correcta como la normal, y trata de imponer un tabú a cualquier discrepancia. Su progresismo todavía no ha llegado a justificar las prácticas sexuales de adultos con niños, pero está sólo a un paso de ello, de crear un nuevo orgullo”.

¿O alguien cree que los males de la sociedad actual se deben a una casualidad, sin conexión alguna con el demonio?

sufrió terribles tentaciones

Sabemos por los Padres del Desierto que San Antonio Abad fue varias veces tentado por el demonio en el desierto. Siendo el primer monje de la Cristiandad que se retiró a una cueva del desierto egipcio para purificar su espíritu, lejos de las tentaciones mundanas, se vio asediado por la evocación de los placeres de la carne, la consecución del poder y la obtención de una gran fortuna.

“(…) Pero el demonio empezó a traerle temibles tentaciones. Le presentaba en la mente todo el gran bien que él podría haber hecho si en vez de repartir sus riquezas a los pobres las hubiera conservado para extender la religión. Y le mostraba lo antipática y fea que sería su futura vida de monje ermitaño. Trataba de que se sintiera descontento de la vocación a la cual Dios lo había llamado. Como no lograba desanimarlo, entonces el demonio le trajo las más desesperantes tentaciones contra la pureza. Le presentaba en la imaginación toda clase de imágenes impuras…”

“(…) Un día el demonio, enfurecido porque no lograba vencerlo, le dio un golpe tan violento que el santo quedó como muerto. Vino un amigo y creyéndolo ya cadáver se lo llevó a enterrar, pero cuando ya estaban disponiendo los funerales, él recobró el sentido y se volvió a su choza a orar y meditar. Allí le dijo a Nuestro Señor: ¿Adónde te habías ido mi buen Dios, cuando el enemigo me atacaba tan duramente? Y una voz del cielo le respondió: Yo estaba presenciando tus combates y concediéndote fuerzas para resistir. Yo te protegeré siempre y en todas partes (…)”

contra ellos es nuestra lucha

Yo he visto las tentaciones de San Antonio en un lienzo admirable de Dalí. En el cuadro, se ve al ermitaño tentado por la lujuria, el poder y la riqueza, las tentaciones eternas, soportadas por unos elefantes imposibles de larguísimos miembros, mientras negros nubarrones se ciernen sobre el desierto. Un caballo encabritado parece provenir del mismo infierno. Es toda una alegoría de nuestro mundo. Como dijo el propio santo:

“Luchemos, pues, para que la ira no sea nuestro dueño ni la concupiscencia nos esclavice. Pues está escrito que ‘la ira del hombre no hace lo que agrada a Dios’ ( St 1,20). Y la concupiscencia ‘cuando ha concebido, da a luz el pecado; y de este pecado, cuando esta desarrollado, nace la muerte’ (St 1,15). Viviendo esta vida, mantengámonos cuidadosamente en guardia y, como está escrito, ‘guardemos nuestro corazón con toda vigilancia’ (Pr 4,23). Tenemos enemigos poderosos y fuertes: son los demonios malvados; y contra ellos ‘es nuestra lucha’, como dice el apóstol, ‘no contra gente de carne y hueso, sino contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestiales, es decir, los que tienen mando, autoridad y dominio en este mundo oscuro’ (Ef 6,12). Grande es su número en el aire a nuestro alrededor, y no están lejos de nosotros. Pero la diferencia entre ellos es considerable. Nos llevaría mucho tiempo dar una explicación de su naturaleza y distinciones, tal disquisición es para otros más competentes que yo; lo único urgente y necesario para nosotros ahora es conocer sólo sus villanías contra nosotros”.

Cuando recientemente, un cura joven al que mucho quiero, me preguntó en TV de qué se valía el demonio para tentarnos, le contesté sin dudar que del “poder de la seducción”. Como a San Antonio Anacoreta, Belzebú no ceja en el empeño de intentar seducirnos. Nos seduce con lo que pensamos que nos hará felices. Es una trampa. Un engaño. Conviene que no olvidemos al enemigo. Él sigue su batalla contra la luz en el escenario de nuestro débil corazón y cuenta para vencer con nuestra insufrible soberbia. Nos hemos creído el centro de la Creación y solo Dios es el rey de todo lo creado.

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