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La muerte cristiana VI 

“Se oyen cantos de victoria”

«Escuchad: hay cantos de victoria

en las tiendas de los justos:

“La diestra del Señor es poderosa,

la diestra del señor es excelsa”.

No he de morir, viviré,

para contar las hazañas del Señor»

(Sal 118,15-17)

De lo más profundo de quien se encuentra sepultado bajo los escombros surge la pregunta llena, a la vez, de angustia y esperanza: “¿Hay alguien ahí?”. El otro lado de la escombrera cobra un significado y valor incalculables. Y si llegan ruidos o indicios de que sí hay alguien, aumenta la ansiedad por hacerse oír hasta niveles indecibles. Coinciden en esto el temor a morir y la posibilidad de ser rescatados. Esta última palabra guiará esta reflexión.

En el libro del Éxodo (6,6) aparece por vez primera en la Escritura el término “goel”, de gran fuerza religiosa y teológica: «Por tanto, diles a los hijos de Israel: “Yo soy el Señor y os sacaré de los duros trabajos de Egipto, os rescataré de vuestra esclavitud, os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios”». Dios se muestra como quien rescata y libera, como aquel pariente o familiar que reivindica el derecho conculcado, e incluso como el vengador de la muerte de un miembro de la parentela. El “goel” es el garante de que la injusticia cometida contra su pariente sea restaurada.

Como todos experimentamos, la muerte es la más inicua injusticia cometida contra el hombre, porque se le hace precisamente en cuanto está vivo. Y de aquí nace el incoercible deseo de su reparación. Pero, atrapados todos los escombros, la pregunta vuelve pertinaz: ¿Habrá un rescatador? ¿Pasará cerca un “goel” para mí?

Nos duelen los nudillos de tanto remover las piedras y ya casi no nos quedan uñas. Basta un hilo de luz que llegue desde fuera para que la vida entera pase instantáneamente hasta nosotros. ¿Qué abrazo no dará el liberado a su liberador? Seguro que le quedará “eternamente agradecido”. La cinta que mida la eternidad habrá de ser necesariamente desmesurada y, paradójicamente, hecha conforme a nuestra capacidad para la alegría y para dar las gracias. Somos limitados y nuestros metros y balanzas también. Sin embargo, la verdadera dimensión de las cosas importantes de este mundo solo puede calibrarse desde el otro, desde la perspectiva del “otro lado”. El abrazo al liberador, el grito de alegría, expresan la exaltación que produce la victoria sobre una muerte cierta. 

vuestra vida está en la muerte mía 

La liberación produce la victoria y esta el himno de exultante alegría, cuya letra la pone el salmo 118 y su música el carácter de inenarrable que tiene una vivencia así. Por otro lado, este salmo coincide esencialmente con el “canto nuevo” que cantan los justos cuya sangre ha vengado Dios mismo (Ap 19,2). Además, es un canto de bodas: “Con alegría y regocijo démosle gloria (a Dios), porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura”(vv 6-8).

Sabido es que el blanco es el color de la resurrección (Jn 20,12; Mt 28,3; Mc 16,5, y otros más). Lucas añade a estos textos citados el matiz de “resplandecientes” al referirse a las vestiduras de los ángeles que anuncian a las mujeres la resurrección de Jesús. De igual modo es “resplandeciente” el rostro del ángel poderoso que, con un pie en el mar y otro en la tierra, “jura por el que vive por los siglos de los siglos” que el Misterio de Dios se consumará en cuanto suene la trompeta (Ap 10), la definitiva trompeta, la de la victoria de Dios sobre los enemigos, que lo son suyos y nuestros, principalmente sobre la muerte, el enemigo último (al decir de Pablo), por su enorme resistencia a ser sometido, encadenado y arrojado al lado del azufre. Así pues, la esperanza de que nuestro derecho a la vida sobre la muerte está garantizada por la victoria misma de Dios es un dato esencial de la fe.

De este planteamiento se derivan cosas importantes, sobre las que podemos hacer algunas reflexiones. La primera es de orden estrictamente filosófico, como antesala de las demás y sobre lo que sería bueno volver con más detenimiento, Pero baste, al menos, dejarla aquí apuntada. Ciertamente, como se ha repetido con insistencia, una cosa es la posibilidad de la existencia post-mortem y otra distinta es su realidad. Pero en el orden lógico sin posibilidad no hay realidad. Como señala E. Romerales Espinosa “algunos autores afirman que todo tipo de existencia post-mortem es lógicamente imposible[1]”. No es nada nuevo, y no estamos obligados a reflexionar sobre el tema exclusivamente desde la lógica. Javier Gomá Lanzón ha hecho un esfuerzo por resituar el problema en el campo abierto de la “reflexión antropológica de cambio espectro”, en el que tiene cabida también la investigación teológica. El concepto de “necesario pero imposible[2]” señala los límites de la razón y el sobrelímite del hombre entero. Pero merece la pena el esfuerzo. Sin embargo, razón y sensibilidad no habrían de sobrepasarse ni dejarse atrás una a la otra. Quiero decir que vivir post-mortem es cuestión disputada y abierta para la filosofía, y de este estatus le viene su fecundidad. Pero nosotros buscamos otros caninos, perfectamente legítimos y razonables.

subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad

La teología, en cuanto reflexión sobre la salvación que Dios con amor, mano poderosa y brazo extendido ha desplegado en la Historia (Historia salutis), supone los hechos o acontecimientos en que se concreta el actuar salvífico de Dios. Esto es de importancia determinante porque la fe no es una proyección mental de ideas ya dadas sobre los hechos: es la andadura del hombre entero desde la experiencia de los hechos hasta la creencia en Dios (no la credulidad irreflexiva y hueca) a través de la Revelación y con la Gracia.

El texto del Éxodo 6,6 presenta la redención como un acontecimiento de liberación histórica y real, y desde aquí la experiencia existencial se reelabora y traslada a la certeza de que es Dios quien hace del rescate de Israel una “venganza” y una recuperación de derechos conculcados, porque Israel es el pueblo de la Alianza, es su pueblo: de Dios. Lo hemos visto igualmente en los textos del Apocalipsis. El “brazo extendido”, la “diestra poderosa” de Dios son expresiones de que la realidad histórica vivida por el Israel antiguo y por el nuevo son obra del mismo Dios victorioso por su poder.

En la perspectiva del Nuevo Testamento se lleva a plenitud la intervención de Dios como “goel”: arrebatando a la muerte sus muertos, Dios se muestra garante y restaurador de los derechos del hombre; primero de su propio Hijo Jesús, y luego, por participación en la resurrección de aquel, de todos los hombres. La Escritura presenta el triunfo de Dios y de su Cristo como un cortejo de victoria en que los enemigos acompañan al vencedor como cautivos (Ef 4,8; Sal 68,19; Hch 2,33).

La inicua sentencia del sanedrín, en primer lugar (Mt 26,66 y paralelos) y de Pilato, después (Mt 27,26), llevó a Jesús a la muerte, que él aceptó en un acto de amor obediente al designio del Padre. Esta sentencia es corregida por otra del todo justa: la de la resurrección de su Siervo, que queda así rehabilitado en su derecho a la vida y constituido, por tanto, como “Viviente” para siempre (Ap 1,18).

Lucas subraya fuertemente el matiz de intervención poderosa de Dios para rectificar las sentencias injustas. La declaración “Yo soy” de Jesús ante el Consejo de Ancianos rememora Éxodo 3,14: «Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘Yo soy’ me ha enviado a vosotros”», y pone en claro cuál es la íntima relación del hombre juzgado con Dios: “De ahora en adelante, el Hijo del Hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios” (Lc 22,69), diestra que es la misma que liberó a Israel de Egipto.

[1] E. Romerales: “Identidad personal y supervivencia post-mortem”. Diálogo filosófico, nº33 p.363

[2] J. Gomá Lanzón: “Necesario pero imposible”. Edit. Taurus. Madrid, 2013

César Allende
Doctor en Filosofía

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