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La muerte cristiana VII 

“Se oyen cantos de victoria” (II)

En San Juan aparece con gran relieve el aspecto triunfante de la Pasión de Cristo, en contraste con el doliente de los sinópticos. Desde la última Cena hasta la cruz y la sepultura, en voluntaria entrega de su vida por amor extremo, se manifiestan tanto el poder del Padre como la Realeza de Jesús: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien porque lo soy” (Jn 13,13). En la cruz clavaron el título “Jesús nazareno, Rey de los judíos” (Jn 19,19). El primer “Yo soy” ante el consejo se prolonga y completa con el segundo “Yo soy Rey” ante Pilato. Esta realeza viene definida por su ordenación a la Verdad y a la Misión que el Padre le ha confiado.

La cuestión así planteada es de trascendencia. Durante el proceso, Pilato hace una pregunta a Jesús al hilo de su declaración de ser rey: “¿Qué es verdad?”. La falta del artículo en griego confiere a la pregunta una impersonalidad notable. Parece que no va dirigida a Jesús y que solo se aprecia en su justo valor si se la confronta con “¿y qué es mentira?”. Para Juan es todo el mismo argumento: Jesús, la Verdad, la Misión testimonial y la oferta de entrar en la Verdad por el seguimiento del Maestro. Pero en el fondo hay mucho más: el proceso de encausamiento en busca de la muerte (que es el fin pretendido por las autoridades judías) hace surgir en el mismo una gran cuestión; es el mismo Dios quien es interpelado, quien es llamado a juicio a explicarse a sí mismo.

Pilato, con la expresión “Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley” (Jn 19,31), que tiene bastante de despectiva, da muestras de haber intuido que en este proceso no solo se juzga al Maestro galileo, y de haberse dado cuenta de que, precisamente por ello, el “derecho romano” no es capaz de encajar una “causa” (aitía) como la que tiene delante…, por la sencilla razón de que para la “Lex romana” no hay tal causa (Jn 18,39). Está claro (aunque tremendamente oscuro, a la vez): Jesús no es “como” Barrabás.

El hombre, limitado como es y consciente de su mayor límite, que es la muerte, se encuentra con lo ilimitado e inmortal… ¡visible en el hombre que está siendo juzgado ante el Procurador de Roma!

Hasta es posible que Kant sospechara de algún modo esta idea del juicio a Dios, al posponer (una vez que la razón ha sido sometida también ella a “crítica” o juicio) una recolocación de la religión en los límites de la mera razón. Cabe dentro de lo posible, pero lo que está claro aquí es que una cosa es la religión y otra bien distinta es Dios.

¿dónde está ahora tu Dios?

Desde luego, el Dios de Jesús de Nazaret, el Dios de la Historia de la Salvación no es un “mero Dios”. Olegario González de Cardedal[1] ha tocado esta cuestión cuando pone en boca del ateo de hoy la gran pregunta que dirige al creyente: ¿Dónde está ahora tu Dios? Es pregunta inderogable que la fe debe responder con la Revelación. Creer no es filosofar, ni a la inversa. Pero es uno y el mismo el hombre creyente y que piensa, que sabe que el don recibido en la fe es mucho más que el trabajo o tarea crítica, si bien esta sea del todo necesaria. El creyente piensa desde un encuentro personal con la Verdad; encuentro en el que la iniciativa parte de esta. La Verdad siempre ha asombrado.

Juan mismo hace un apunte curioso en el proceso de enjuiciamiento a Jesús: al oír a los judíos que el que se decía Rey también pretende ser “Hijo de Dios”, teme aún mucho más, y se interesa por el origen del reo (19,9). Algo extraño encierra: “¿De dónde eres tú?”. Algo así como “Oigo decir que eres (pongamos por caso) español; pero español…¿de España?”. Pilato no puede ir más allá. Ocurre a veces que las situaciones comprometidas se nos van de las manos y decidimos ceder a la verdad corta, apocopada, relativa. Sin embargo, para Juan tomar a peso la Verdad no es un ejercicio de eclecticismo teórico, un juego de ideas: antes de nada es un encuentro con una Persona con pretensiones absolutas de Amor sin condiciones. Quizá el mayor error de nuestra Razón secularizada esté en no apercibirse de que ella misma se aúpa hasta la madurez y auténtica autonomía en la Verdad, que a la postre resulta ser una Persona que ama indefectiblemente, entregando la propia vida.

Considerar que la piedra de Sísifo es imposible de llevar no es una equivocación. Pero lo “verdadero” es que el propio Sísifo es incapaz de subir y bajar sin una motivación que esté más allá de los tamaños y pesos físicos. También la piedra que cerraba el sepulcro de Jesús era demasiado grande, y la montaña de escombros que nos cierra el paso a la vida también. ¿Entonces qué?

La sentencia que condena a muerte a Dios ejecuta al hombre. Es insensato camuflar la Verdad con mil verdades, descomponer la Razón en miles de razones menores. ¿Quién puede preferir a la Sagrada Familia de Barcelona, sus miles de piedras desparramadas en la plaza? ¿Quién no ve que es mejor el bravío y maravilloso Cantábrico que sus gotas todas, tiradas sin ton ni son en… algún “por ahí”? La Verdad es, por encargo del mismo Dios, el ejercicio que corresponda a la Realeza de Cristo: el Amor en su más sublime expresión; la donación total. Pilato no se equivocaba en una cosa: la muerte de Dios no se ajusta a Ley, sí a la Injusticia. De otro modo, derivar erráticamente a la razón por los andurriales de las razones partidistas interesadas, relativistas, acomodaticias es un error de consecuencias tan funestas para nosotros como el de haber sustituido a Dios por diosecillos de cartón-piedra. ¡Tamaña Injusticia. Gran mentira!

todo es posible para quien cree

Pero aún estamos a tiempo. El autor del salmo 98, en línea con el 118, retoma la idea del “canto nuevo” con clara inspiración escatológica, para hacer llegar a los hombres la esperanza en un cambio de suerte y la promesa de un porvenir dichoso, como diría Jeremías (Jr 29,11). El eterno “necesario pero imposible” para el hombre es para Dios un “todo es posible para quien cree”, porque Dios es quien acredita un Amor más fuerte que la muerte. La victoria es de nuestro Dios, del mismo que realizó prodigios y señales grandiosas entre los hombres; el mayor de todos la resurrección de Jesús “ek nekrón”, de entre los muertos; y lo ha exaltado constituyéndolo Señor y Cristo (Hc 2,32s.s). La aceptación de este kerigma ilumina la razón y llena de alegría la vida. Los primeros conversos que formaron las comunidades iniciales y núcleos germinales de otras más, constataron experimentalmente el poder salvífico y transformador de la realidad al incorporar unas comunidades a otros y desde otras, en un todo orgánico, cuyo principio activo era la Pascua del Señor. Que hayamos olvidado esto nos está costando demasiado. Por esto se impone “pascualizar” otra vez nuestras ciudades donde Dios empieza a cobrar un gran relieve como Dios urbano. El corazón de la evangelización —nueva y de siempre— ha de ser la Pascua del Señor, en verdad y no solo ritualmente.

Dios, una vez más, es nuestro goel. Somos los rescatados (Ap 14,4) de la pesadilla de tener que morir sin saber qué es el postmortem . No sabemos bien qué hay más allá, después del morir, pero sabemos qué hay aquí. Desde luego, una idea no puede amarme; una teoría o todo un sistema entero tampoco. Ni me aman los artilugios, ni las instituciones o creaciones de manos humanas. No me ama este mundo, maravilloso pero con la techumbre cerrada al cielo. Solo el Amor me ama. Solo Él es digno de que yo le dé crédito. Sé por experiencia real y concreta que el pecado divide y separa en comportamientos estancos tierra y cielo, inmanencia y trascendencia. Dice Pablo que la muerte entró (envenenó) en el mundo por el pecado; es decir, la duda sobre la situación de después de que hayamos muerto, siembra de sal el campo de nuestra existencia. Pero Dios ha previsto la Pascua del Señor como lluvia de bendición de este tiempo de aquí y ahora. Lo que equivale a decir: lo que quiera que sea el estado postmortem depende del antemortem, de cómo vivimos en este lado de acá. No puede haber hiato.

Un canto de victoria se oye en el campamento de los justos, en la ciudad de Dios. Este canto es un anuncio gozoso y esperanzador de que la cuestión no es la pena de morir, sino la alegría de vivir en Cristo Jesús. Se debate nuestra temporalidad entre la certeza de la muerte y la incertidumbre de su hora, pero sobre toda certeza o duda un sol brilla desde lo alto del promontorio de Dios, luz guía para náufragos.

San Juan de la Cruz qué bien lo sabía y cuánto mejor nos lo dejó por escrito:

«¡Oh vida breve y dura,

quién se viere de ti ya despojado!

¡Oh estrecha sepultura,

cuándo seré sacado

de ti para mi Esposo deseado!

¡Oh!¿Cuándo? ¿Oh, Amor, oh! ¿Cuándo?

¿Cuándo tengo de verme en tanta gloria?

¿Cuándo será este cuándo?

¿Cuándo de aquesta escoria

saliendo, alcanzaré tan gran victoria?».

                                               Del poema “Ansía el alma estar con Cristo”.

El kerigma pascual tiene la virtud de entregarnos la misma Pascua del Señor cumplida ya en nosotros y sellada con el Espíritu del Resucitado. Decía Pablo a los Efesios que Dios nos ha resucitado con Cristo y nos ha hecho sentar en los cielos con Él. Oír y acoger esta “Palabra de la Verdad”, esta “Buena Nueva de la salvación” es vivir la resurrección y glorificación de Cristo por gracia del Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia. (Ef 1,13-14;2,6). Jesús se fue con la promesa cierta de volver. Y mientras tanto, deja en el mundo y para el mundo un Defensor, un Paráclito que le ayude en tantos conflictos como le aquejan; tantos y tan hondos que incluso en nombre del mismo Dios la muerte sigue sembrando pueblos y naciones de dolor y sufrimiento.

La última palabra, no obstante, es “victoria y gozo en la esperanza”. María Santísima está también en esto mismo, y nos mira desde donde se encuentra resucitada plenamente. Esta mirada de María nos abre la puerta del Cielo. Pero del Cielo hablaremos (D.m.) en el próximo número.

[1] O. González de Cardedal: “Dios en la ciudad”. Sígueme. Salamanca, 2013.Pág.23

César Allende
Licenciado en Filosofía

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