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La nueva laicidad: el antiteísmo 

Extracto de un capítulo de su libro “Una tentación totalitaria. Educación para la Ciudadanía”. Jesús Trillo-Figueroa Martínez-Conde EUNSA, Colección: Astrolabio Ciencias Sociales, 216 páginas, Madrid 2008.

Buenanueva se complace en ofrecer a sus lectores el siguiente texto enviado por el mismo autor, padre de diez hijos. El libro tiene como objetivo desvelar las claves ideológicas que hay detrás de esta polémica asignatura, así como denunciar, de nuevo, que estamos en presencia de una tentación totalitaria del poder actual que pone en grave peligro nuestras libertades y la conciencia privada de las personas. Es autor de numerosos artículos, estudios y libros, uno de los últimos sobre la política del feminismo socialista titulado “Una revolución silenciosa”. Si hubiera un embalse del que se nutren todas las corrientes ideológicas de la asignatura Educación para la Ciudadanía, este sería el tema de la religión y el laicismo, porque, aunque parezca increíble a estas alturas del siglo XXI, esa es la cuestión por donde discurren los cauces del debate ideológico que surge a partir de esta materia impuesta por el actual Gobierno socialista. En los últimos tiempos y aprovechando los horrores y desastres del fundamentalismo islámico, se ha ido extendiendo, de propósito y a través de un gran despliegue de medios, una opinión generalizada entre la intelligentsia de la izquierda, en virtud de la cual todos los males que sufren nuestras democracias proceden de las religiones monoteístas: la violencia, la falta de respeto a los derechos humanos y los comportamientos antidemocráticos. Esta visión no es inocente: procede de la nueva ideología laicista, una suerte de laicismo militante que se ha convertido en la nueva ideología hegemónica en la intelligentsia. El laicismo consistía en una visión del mundo que excluye a Dios y a la religión de la esfera pública, confinándolo a la privacidad, encerrado en el interior de las conciencias. Pero durante los últimos años asistimos a una nueva versión del laicismo en todos los ámbitos intelectuales de izquierda. Se trata de un antiteísmo, manifestado fundamentalmente en forma de Cristofobia y anticatolicismo,1 que ha puesto de moda una nueva versión ideológica que no se satisface con la omisión de Dios, propia del ateísmo tradicional. Postula un ateísmo positivo, una deconstrucción religiosa, que primero realice una crítica y destrucción definitiva de los tres monoteísmos principales —judaísmo, cristianismo e islamismo—, para después de rechazar cualquier existencia de lo trascendente, entronizar a “la vida terrena en el único bien verdadero”, como catequiza Michel Onfray y conseguir así el pleno hedonismo; es decir, el bienestar y la emancipación de los cuerpos y las mentes de mujeres y hombres que “solamente puede producirse mediante una descristianización radical de la sociedad”.2 Identificando al fundamentalismo con la religión, se presenta a ésta como el primer factor determinante de la violencia en el mundo actual. Muestras de ello lo constituyen análisis como el formulado en las páginas de “El Mundo” por Slavoj Zizek, afirmando que hoy en día, “la religión aparece como fuente de una violencia exterminadora de un extremo a otro del mundo”, manifestada en “las acciones de los fundamentalistas cristianos, musulmanes o hindúes”. Nuestros intelectuales socialistas reservan especialmente esta calificación de ‘fundamentalismo’ a la Iglesia Católica. Así por ejemplo, Vargas Machuca y Aurelio Arteta hacen una curiosa pirueta intelectual, cogen el concepto de fundamentalismo explicado por el Papa Juan Pablo II, la actitud de ‘quienes en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y el bien“, para luego decir que ésta es precisamente la ‘doctrina política de la Iglesia’… que pretende ‘la absolutista pretensión’ de que ‘sólo existe una verdad revelada’ y que la ‘encargada de presentar esa verdad es la Iglesia Católica’.3 El argumento se repite una y otra vez por nuestros intelectuales socialistas sin ningún sentido, puesto que la Religión Católica jamás ha pretendido ser una ideología, es una religión. Las ideologías son concepciones políticas, pues explican todo desde la política, ya que no creen en ninguna otra realidad que la terrenal, ni en ningún otro paraíso que el que ellas prometen en la tierra. Decir que una religión tiene pretensiones absolutistas en relación a la política porque crea que el Dios que predica es el verdadero, es sencillamente una argumentación sofística, que ignora que todas las religiones que se precien de autenticidad aspiran a ser la verdadera, faltaría más; en caso contrario sería una gran impostura. La solución que nos proponen a este problema vuelve a ser acorde con el radicalismo que profesan: acabar con el problema de raíz. Hay que recordar que la libertad religiosa no es simplemente la libertad de creencia reducida a la conciencia, propia de una sociedad que consagra como dogma el relativismo porque considera que el hombre es incapaz de encontrar la Verdad, y que tan sólo puede aspirar a encontrar su propia verdad: esta sería la libertad religiosa propia de los países comunistas, puesto que para creer basta con la conciencia individual, como así demostraron los ciudadanos europeos en su mayoría cristianos, que durante más de cuarenta años vivieron tras el telón de acero. La libertad religiosa es una exigencia de la democracia, y significa que ninguna persona puede ser forzada a actuar contra su conciencia, ni puede ser impedida de profesar su religión en privado y en público, porque las religiones positivas son por definición públicas, dado su carácter comunitario y su legitima vocación expansiva y apostólica. Los sucesos acontecidos durante la última década del siglo XX, en torno a la caída del comunismo soviético, explican en gran parte el virulento ataque al catolicismo. Personajes como Zizek o como Zygmunt Bauman, dos de los grandes autores intelectuales de la nueva izquierda, proceden de antiguos países del imperio soviético como es el caso de Polonia. Ellos son conscientes del cambio y de quiénes fueron los auténticos protagonistas de aquellos acontecimientos, porque vivieron en su propia persona la revolución que aconteció en Europa del Este a partir de junio de 1978, fecha en la que el Papa Juan Pablo II visitó por primera vez Polonia. En medio de una inmensa multitud de compatriotas dejó un claro un mensaje: “No tengáis miedo… dejad que descienda el espíritu y renueve el rostro de la tierra, de esta tierra”. Diez años después, el espíritu cristiano se había apoderado de aquella tierra. Lo que el Papa hizo fue despertarlas del largo letargo invernal al que lo había sometido la ideología.4 Los viejos comunistas no se lo perdonan. Esta oportunista concepción laicista y hedonista, tiene su eco en el planteamiento educativo de nuestro Gobierno. El ideólogo más caracterizado del socialismo español actual, Gregorio Peces Barba, sostiene: “El naciente interés por el epicureísmo y la cultura hedonista, por un nuevo amor por la vida y la existencia plena en la tierra, llevó a la Iglesia Católica al rechazo de la idea de persona y de su dignidad autónoma”.5 Podrá decirse lo que se quiera sobre la historia de la Iglesia, pero lo que nadie niega es que la idea de la dignidad de la persona tiene su origen en el catolicismo. En el fondo, tras la discusión ideológica hay una constante que es la vieja persecución contra la Iglesia Católica. El problema es de la política, no de la religión; ni menos del cristianismo, en cuyo origen está el “dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César” (Mt 22,21). El cristianismo no puede prometer el paraíso en la historia, como si fuera una ideología política, pues “mi reino no es de este mundo” (Jn .18,36). La izquierda no parece haber evolucionado y sigue terca en sus viejas tesis. Lo que sucede ahora ya había sucedido en 1917 con la revolución soviética. Dios fue expulsado del ámbito público; y la religión, definida como el opio del pueblo, fue sustituida por el marxismo, “la única y auténtica verdad científica”. Las ideologías políticas siempre han confundido la laicidad, que significa la necesaria separación entre lo espiritual y lo temporal, con el laicismo. La laicidad positiva significa algo consustancial al cristianismo: “En una sociedad pluralista la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la nación”.6 Por el contrario, el laicismo, en su versión negativa, exige que Dios desparezca del ámbito público, para que solo quede el César. El problema es que terminan suprimiendo la religión, matan a Dios, y se convierten en religiones laicas sustitutas, reemplazando a Dios por ideas tales como la voluntad general, la raza o la clase proletaria. Por lo pronto, el nuevo Gobierno socialista anuncia una reforma de la Ley Orgánica de libertad religiosa que profundice en lo que ahora llama nueva laicidad, confirmando las tesis sostenidas anteriormente sobre el común denominador de antiteísmo. Se quiere garantizar “la intimidad del aborto”, o la soledad de la muerte en la eutanasia. Se trata de excluir a Dios en los dos momentos más decisivos de la vida: el nacimiento y la muerte.

3 Respuestas a La nueva laicidad: el antiteísmo

  1. Bego

    Estoy con nando a la Iglesia nunca la venceran.

     
  2. nando

    Para matiasgalli creo que nolo veras ni tu ni yo porque la Iglesia es santa

     
  3. Matias Galli

    Espero ver la extinción de la organizacion delictiva conocida como "iglesia católica".
    Quienes mandan a sus hijos al catecismo han abdicado de su papel de padres.

     

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