Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, noviembre 23, 2017
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La plenitud de la Ley 

Cristo no ha venido a abolir la Ley, porque la Ley es santa y proviene del mismo Dios; sino a llevarla a su plenitud, a fin de que se realice lo que la Ley persigue: la absoluta comunión de Dios con el hombre, mediante su total abandono a la voluntad de Dios, que no es otra que el hombre viva, con mayúsculas y para siempre.

El cumplimiento de la Ley exige que esta sea observada hasta en sus mínimos detalles, ya que, quien no es fiel en lo mínimo, tampoco lo será en lo mucho. Se trata, pues, de profundizar en los antiguos preceptos hasta que sean interiorizados por la persona y conformen sus deseos y proyectos. Esta profundización de la Ley va a desarrollarla el evangelista en una serie de sentencias antitéticas que muestran el alcance de esta transformación interior.

Dice Jesús: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal” (Mt 5,21). Pero el “no matarás” y todos los demás preceptos tienen un fundamento único que los convierte en intangibles, por lo que nunca será lícito al hombre el quebrantarlos; está expresamente indicado en el Decálogo. Lo decisivo de los mandamientos no es que estén formulados, sino el fundamento que los sostiene; por eso empiezan con una fórmula solemne: “Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre” (Ex 20,2).

La razón por la que hay adorarlo solo a Él y respetar al hombre como sujeto de derechos, se encuentra en esta afirmación: “Yo, soy”. Porque Dios es, el hombre es. Con lo cual, el ser humano ha de ser respetado, de modo que no se le puede matar, ni engañar, ni golpear, ni insultar, ni hacer ninguna clase de mal, ya que Dios es su garante. Creado por el amor y destinado a la comunión, como imagen de Dios que es, se convierte en sujeto de todos los derechos. Ahora bien, cuando Dios deja de ser en el corazón del hombre, este queda reducido a la condición de cualquier existente y puede ser sometido a todos los desmanes.

el odio es el veneno; el perdón su remedio

Según esto, Jesús lleva el precepto del “no matarás” hasta sus últimas implicaciones, puesto que también se puede matar al prójimo en el interior del corazón humano. En la técnica rabínica se van a especificar, de menos a más, los males que se pueden cometer contra la persona del otro:

“Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal” (Mt 5,22). El encolerizarse contra el otro, porque según tu apreciación, ha obrado injustamente contigo es el menor de los males; pero el cristiano, al que se dirigen estas observaciones, está llamado a vivir en paz con todos los hombres y a no tomar la justicia por su cuenta, dejándosela al Señor. (ver Rm 12,18-19); ha renunciado a todos sus bienes, por lo que no exige que le sea restituido algo; lejos de toda exigencia de justicia, carga, siguiendo a Cristo, con la injusticia del otro, por ello no se encoleriza contra su hermano.

Si el otro obró mal, sabe exculparlo, porque conoce que también él es injusto; y, como pobre de espíritu no juzga, no condena ni se cree mejor que nadie; porque si se encoleriza, sea el otro culpable o no, le hace a su vez una injusticia y queda en deuda con él, porque el otro es siempre digno de toda consideración. Si uno, pues, se encoleriza contra su hermano, deberá responder ante el tribunal de primera instancia por tratarse de una falta de menor importancia, aunque falta de cualquier modo.

Ahora bien, “si le llama ‘imbécil’, será reo ante el Sanedrín”. Llamar “imbécil” a una persona supone despreciarla en el corazón, arrebatarle su dignidad de persona; es una falta mucho más grave, por lo que deberá responder ante el Tribunal Supremo, que en aquel momento era el Sanedrín. Aquí ya no se trata de aceptar o no el mal que el otro te pueda hacer, sino de hacérselo tú a él. A nadie se le puede despreciar ni de obra ni de palabra ni de pensamiento, pues todo ello convierte al infractor en homicida, aunque solo sea en intención manifiesta o el interior de su corazón.

Finalmente, “el que le llame ‘renegado’, será reo de la gehenna de fuego”. Esta ya es mucho más grave, porque llamar a uno renegado implica el rechazo total de su persona, negarle toda posibilidad de retorno y condenarlo en el interior; y, puesto que seremos medidos con la misma medida con que midamos, esta condena recae también sobre el condenador.

Para evitar todo esto, se nos ofrecen dos recomendaciones: “Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Procura arreglarte con el que te pone pleito en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí”. (Mt 5,20-26).

Dios no escucha a quien está en descomunión con el otro, porque, en este caso, estaría también con aquel que se hace garante del hombre, hasta el punto de identificarse con él.

La segunda recomendación se aplica al que va con su adversario camino del tribunal. Cuando uno lleva a su enemigo ante el juez lo hace para que este le ajuste las cuentas, porque piensa que él tiene toda la razón; pero, cuando se presente ante el tribunal, va a escuchar de boca del juez aquella sentencia: “¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano!” (Lc 6,42b). Porque, ¿acaso es el “inocente” mejor que el “culpable”?, ¿no están hechos los dos del mismo barro?, porque “aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (Jn 8,7b). El cristiano no acusa ni condena a nadie, y, puesto que él ha sido objeto de misericordia, practica misericordia.

tras el pecado, siempre el sufrimiento

Interiorizando los mandamientos, habla el Señor del adulterio en el corazón, pues no se comete adulterio solamente cuando alguien casado tiene relaciones con quien no es su cónyuge, sino que también se puede adulterar con la sola mirada, al mirar al otro no como don sino como objeto de la propia satisfacción. Y esto puede darse, incluso, con el propio cónyuge, cuando no se le solicita para donarse a él, sino para poseerlo utilizándolo como objeto.

Es cierto que el resistir a la tentación puede ser objeto de fuerte lucha y sufrimiento, pero por grande que este sea, aunque se le pudiera comparar con que le arrancaran a uno el ojo o le cortaran la mano, es preferible sufrir hasta ese extremo y no pecar, antes que caer en la tentación para no sufrir ahora, pues el sufrimiento que vendrá después del pecado será mucho peor. Las consecuencias de un adulterio, por ejemplo, pueden llegar a ser terribles para los hijos y para los cónyuges afectados. Lo mismo ocurre con la ruptura matrimonial.

Moisés concedió el acta de divorcio: la otorgó por la dureza del corazón humano, contradiciendo el plan de Dios, ya que al principio no fue así; por eso Jesús condena todo divorcio: “Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera” (Mt 19,9). La aparente excepción que pone Mateo no es tal, pues porneia, el término original empleado, no se refiere solo al adulterio sino a cualquier relación sexual ilícita, como pueden ser el incesto o la homosexualidad, en cuyo caso no estaríamos hablando de un verdadero matrimonio.

la claridad y certidumbre del Evangelio

Las palabras de Jesús pueden parecer duras, y como tales las tuvieron algunos de sus contemporáneos (ver Mt 19,10; Jn 6,60), y de los nuestros, que también ahora quieren suavizar las exigencias del evangelio. La sociedad moderna parece más comprensiva y condescendiente con el hombre cuando acepta el divorcio, por ejemplo; mientras que la Iglesia parece dura e inmisericorde. Pero no es Cristo ni la Iglesia los que son duros, porque el yugo del Señor es suave y su carga ligera; no es la Iglesia la que odia al hombre: es el mundo el que lo odia, pues el divorcio, aparentemente tan comprensivo con la debilidad humana, no ayuda ni hace más feliz al hombre, antes bien lo destruye.

El divorcio no beneficia ni hace más dichosos a los hijos del matrimonio roto, que quedarán marcados para siempre; no contribuye a la felicidad del cónyuge “inocente”, que ha visto traicionada su confianza e injustamente tratado; no ayuda, tampoco, al promotor del divorcio, que alega la imposibilidad de amar a esta persona concreta e intenta rehacer su vida con otra, porque el problema no está en la persona del otro sino en su misma persona, pues si no pudo amar a esta en concreto, es que no puede amar a ninguna; no es el otro el culpable sino uno mismo que está incapacitado para donarse y para amar. El problema lo arrastrará siempre consigo.

Es Cristo quien ama verdaderamente al hombre cuando, en las situaciones difíciles de convivencia, invita no a romper la relación, sino a amar cargando con las injusticias del otro y a poder perdonarse. Pues con el poder del Espíritu Santo, el hombre puede perdonar y hacer nuevas todas las cosas, incluido el matrimonio. De este modo, se detiene el mal y todos salen beneficiados, incluida la sociedad.

Porque ama al hombre, habla con la claridad de la verdad y no con la ambigüedad del relativismo. “Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, si’; ‘no, no’; que lo que pasa de aquí viene del Maligno”. El lenguaje de Cristo es claro y sencillo y cuando sus oyentes se escandalizan, no se echa atrás ni intenta arreglarlo. No da explicaciones en el sentido de: “no me he expresado bien”, “no hay que exagerar”, “tal vez”, “según las circunstancias” y cosas por el estilo, sino que, sin desdecirse de sus palabras de vida, interpelará a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67b).

La Iglesia no odia al hombre cuando declara que la homosexualidad, por citar un ejemplo, no construye, sino que destruye a la persona; precisamente porque lo ama, lo llama a la verdad y se arriesga a ser rechazada; es el mundo el que odia cuando condesciende para aparentar ser comprensivo y solidario, y deja que el hombre se vaya destruyendo mientras consiga sus votos. El triste espectáculo de la iglesia anglicana, que estamos contemplando, es una muestra palpable de la sal que se vuelve insípida: ya para nada sirve, pues si la Iglesia, para ser aceptada, ha de condescender con el pecado y predicar lo mismo que el mundo, ¿para qué sirve? Deja de ser significativa y ya no se necesita, el mundo lo hace mejor que ella.

la Verdad que libera

Por eso mismo es necesario enfrentarse ideológicamente al proyecto de deconstrucción de la sociedad que se está llevando a cabo en el mundo occidental, conducido por ideologías contrarias a la dignidad humana. Muchas de las leyes que emanan de gobiernos dominados por dichas ideologías son injustas, y nadie, con sentido de la responsabilidad, y menos un cristiano, debe acatarlas ni obedecerlas, como ha hecho la Iglesia a lo largo de los siglos, enfrentada a los poderes disgregadores de lo humano; así sucedió en tiempos del Imperio Romano, o con el nazismo y el comunismo, en épocas más recientes.

No se puede ir con cambalaches ante la injusticia; y, precisamente en un mundo que niega la verdad, es necesario proclamar la Verdad que libera. Es Dios quien ha determinado mi ser, me ha pensado como soy y me ha llamado a la existencia; pero el hombre posmoderno no acepta que Dios regule su ser y quiere hacerse a sí mismo, acusando a Dios de antidemocrático por no haber consultado previamente conmigo si quería venir a la existencia y de qué modo concreto. Por eso el rechazo de Dios y la fobia a todo lo cristiano, por eso la ideología de género y la pretensión de que cada uno, prescindiendo de su naturaleza, se reconstruya como le apetezca.

Es demoníaco, basado en la pretensión de los ángeles caídos de negar su condición de criaturas, postura absurda e irracional que quiere negar la realidad de lo que uno es: criatura amada por Dios y llamada a la plenitud de la Vida en la comunión con Él. Hoy, como siempre, es necesaria la profecía que llame las cosas por su nombre. Dios es; por eso Cristo habla con autoridad y la palabra es como es. El demonio no es; por eso es ambiguo; de manera que nuestro lenguaje ha de ser: “sí, sí; no, no”, pues todo lo demás como el “sí, pero”, viene del Maligno.

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