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La santidad es patrimonio de todos 

 La santidad es patrimonio de todos porque Jesucristo ha dado lo mejor de sí para todos, sin marginar a nadie y sin prescindir de ninguno. Sólo se excluye el que no acepta el misterio amoroso de Cristo y rechaza a sabiendas lo que éste le ofrece. Quien se aparta del amor de Dios está experimentando su ausencia y esto es el mayor de los tormentos. De ahí que al cielo se le defina como la presencia total e infinita del amor de Dios y al infierno la ausencia y vacío total de su amor. Y ya aquí, en la tierra se puede experimentar esto, pues quien se aparta del amor no es feliz. La felicidad es fruto del auténtico amor.

 Todos tenemos sembrado, en nuestra vida, este amor, y quien más ama es el que más se apoya en Dios. La religión cristiana es una experiencia de amor y la perfección en el amor es la santidad. La caridad, que se va desarrollando durante la jornada y a lo largo del tiempo, ya nos hace pregustar lo que un día será definitivo y completo: el amor de Dios.

 Esta fue la pasión fundamental de San Francisco de Javier. Cuando en París, después de haber hecho grandes proyectos para su futuro, se topa con la frase del Evangelio: “¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?”(Mt 16,26) se produce una revolución en su interior y se lanza a la labor evangelizadora, que no tiene otro fin sino el de comunicar a todos que la santidad, el amor, es la única meta por la que vale la pena entregarse a fondo.

Ante la superficialidad que tantas veces impregna nuestra sociedad sentimos el deseo y la pasión de mirar a los demás al estilo del Patrono de las Misiones, poniendo todo nuestro empeño en llevar este Espíritu más alto y sobrenatural. Para que todos seamos conscientes de lo limitado y frágil de la vida y de la grandeza del amor que no pasa nunca y es eterno.

Durante este tiempo abundan las fiestas patronales. Una de las razones por las que surgieron dichas fiestas fue la de mentalizar al pueblo cristiano de que es necesario, en el camino de fe, tener puntos de referencia como los santos, que han desarrollado una labor fundamental en la sociedad dándole un sentido nuevo, de tal forma que han colaborado a regenerarla. La sociedad está necesitada de hombres y mujeres que se planteen seriamente ser santos, siempre apoyados en el Señor, pues “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Si deseamos una sociedad más justa y solidaria, no la busquemos fuera de este camino que Cristo ha trazado muy bien: ser perfectos en la caridad.

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