Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|Miércoles, Mayo 24, 2017
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La Virgen de la soledad 

Cuando empecé a hacer talla de madera comencé con esta Virgen. Yo trabajaba por las mañanas de encofrador en una obra inmensa en el aeropuerto de Madrid-Barajas. A mi padre, que trabajaba en las oficinas, le comentaron que había que cortar un cedro que estorbaba para construir una rotonda. Mi padre pensó que me podría venir bien a mí, que entonces estaba estudiando Bellas Artes, para hacer una escultura. Me regalaron varios troncos que me llevé a la Facultad y de estos fui sacando piezas grandes. De una de ellas salió la Virgen de la Soledad.

Quería hacer una virgen bizantina, como las de los iconos, pero en escultura. Comencé la obra en la Universidad y, cuando ya estaba prácticamente encajada, me di cuenta que necesitaba saber esculpir más para continuarla; que me era preciso entender mejor el material y sus formas naturales para poder deformarlo con armonía. Así que detuve la obra. En su lugar comencé a trabajar en varios torsos, dos en madera y uno en piedra que llamé la Siesta de Adán (pieza comentada en el número anterior de Buenanueva). Años después, una vez adquirida mayor experiencia, sentí que debía retomar la pieza.

Me retiré solitario a una casa con patio en un pequeño pueblo de Guadalajara. Durante todo ese tiempo me dedicaba exclusivamente a continuar la obra, sin prácticamente hablar con nadie. Como en todas las obras de talla directa, la iba descubriendo según la hacía, y al final decidí pintarla, usando para ello pigmentos naturales al óleo y oro de 22 quilates.

Se la regalé a Mons. José Luis del Palacio, madrileño y actual obispo de la diócesis del Callao, en Perú, cuando todavía no había sido nombrado obispo.

Jesús Arévalo Jiménez
Escultor

 

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