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Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|Miércoles, noviembre 26, 2014
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Las bendiciones en el pueblo de Israel 

«Podemos encontrar tres clases de bendiciones:

  1. La bendición que Dios concede a sus criaturas y que se traduce en crecimiento, ensanchamiento, prosperidad. Esta bendición es fruto de la liberalidad divina que actúa con su providencia a través de la historia humana.
  2. La bendición que viene de las criaturas hacia Dios su creador. Y son la alabanza, el homenaje y la gratitud.
  3. Las bendiciones que los hombres intercambian entre sí y que son como súplicas, rogando para que estas bendiciones las cumpla Dios en cada uno.

La bendición que dirigimos a Dios manifiestan en los “berajoth” el núcleo y la flor de nuestras oraciones. La expresión “Tu bendecirás al Eterno, tu Dios” (Dt 8,10) con la que se prescribe la plegaria después de la comida, nos sirve de modelo y nos da la forma fundamental de la “berajah”; con la que los sabios de Israel han tejido nuestra vida, formando y educando el espíritu del pueblo judío. Cuando nosotros consumimos los productos de la tierra es, por ley divina, la ocasión de dirigir nuestros pensamientos hacia aquel “que nos ha dado la tierra y sus frutos”. Para nuestros sabios, los fenómenos de la vida son los medios que nos recuerdan la presencia de Dios y nuestros deberes para con él, nos invitan a levantar nuestra mirada hacia Él y con ello renovar nuestra gratitud diciendo “baru´h ata”.

Toda circunstancia nos hace marcar nuestra posición frente a Dios, “nuestro Dios”. Todo gozo, cada fenómeno de la naturaleza, cada acontecimiento de cualquier importancia en nuestro caminar, cada ocasión de cumplir un deber —una “mitzvah“— despierta en nuestros labios el homenaje de un “baru´h ata”.

Entre las bendiciones que dirigimos hacia Dios se pueden distinguir tres categorías:

  1. La bendición de “gozo o de alegría” que proclaman que Dios es el único dispensador de los bienes puestos a nuestra disposición, por lo cual le debemos gratitud y alabanza. La bendición pronunciada aun antes de hacer uso del bien ofrecido nos obliga a ello; por el contrario, el que usa de los bienes de este mundo sin recitar una bendición, profana una cosa santa. Antes de pronunciar una “berajah”, toda cosa pertenece a Dios. Mediante la “berajah” nosotros obtenemos el permiso de usar de los bienes de este mundo.
  2. La bendición recitada antes de cumplir una “mitzvah“ debe provocar en nosotros recogimiento y hacernos rectificar la intención con que cumplimos ese deber. El cumplir un mandamiento de Dios nos sirve para nuestra santificación.
  3. Nuestra “berajah” expresa indiferentemente la alabanza, la gratitud o una petición, y nos recuerda constantemente la presencia de Dios. También nos ayuda a profundizar en el santo temor y en la veneración hacia Él. Sin duda la esencia de toda bendición está en la noción de que Dios es el único dispensador de todos los bienes. Este reconocimiento de Dios como el verdadero dispensador de la bendición descansa sobre dos realidades fundamentales: a) la Providencia divina, que a cada uno le concede su parte y b) la omnipotencia creadora, que produce las bendiciones, haciéndolas integrar en el curso natural de las cosas.

Nuestros sabios han hecho de estos dos factores los elementos esenciales de la “berajah”; uno es la Providencia: por el indispensable mención del nombre divino, en cada “berajá” su nombre se refiere esencialmente a la providencia divina (Ex 6,2); el otro factor es la Omnipotencia ilimitada de Dios, que es expresada por “Rey del Universo” “Maestro del Universo” en cada “berajah”. Toda “berajah” que no contiene el nombre inefable de Dios y de su reino no es una “berajah”.

En relación con estos dos elementos (Providencia y Omnipotencia) podemos distinguir las siguientes particularidades. En la primera nos dirigimos a Dios directamente en segunda persona: “Bendito seas tú”; en la siguiente, hablamos en tercera persona “que nos ha santificado por medio de sus mandamientos”. Solamente cuando mencionamos a Dios como tutela providencial, con su nombre inefable, podemos dirigirnos a él en segunda persona.

Como titular de la Providencia, efectivamente Dios llena el Universo y nos es presentado como el “Tú” que nos mira en todo momento como Padre y como Juez. Luego nos dirigimos a Dios como “Rey del Universo”, maestro todopoderoso del Universo. Entonces le hablamos en forma indirecta, ya que como “Rey” Dios esta infinitamente más elevado encima del mundo y de los hombres, inaccesible e insoslayable en su omnipotencia creadora (Ex 15,26).

La inmanencia y la trascendencia divinas son comprendidas en cada una de nuestras fórmulas de bendición (…) el Dios trascendente ha querido manifestar su voluntad de darse al mundo y de gobernar este mundo como rey, lo que significa que Él, fuente divina de todas las bendiciones sea bendito, es decir: prodigioso, próspero, incalculable. Pero todas estas bendiciones de la fuente divina, de todos los bienes terrenales, dependen del hombre, de sus buenas acciones, de su relación con Dios en el culto divino y de sus obras a favor del reino de Dios».

(Extracto del libro Le Monde des Prières, de Elie Munk).

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