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¿QUIERES AMAR COMO YO? 
14 de Junio
Por Ángel Pérez Martín

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto» (San Mateo 5,20-26).

COMENTARIO

El Señor entregó al pueblo de Israel en el Sinaí, el secreto de la verdadera felicidad (Reino de los Cielos) que queda resumido en dos propuestas: Amarás a Dios y amarás al prójimo, al que tienes al lado sea de la condición o del pensamiento que sea. Estos dos caminos que nos llevan a la Vida, que Dios tenía pensada para el hombre, al crearlo en el inicio, van contra esa tentación profunda que tenemos de ser «hijos únicos». La soberbia que alimenta el «ego» profundo que habita en nosotros, destruye esa sabiduría que el Todopoderoso ha puesto a nuestro alcance. Pero ¿cómo la destruimos?: manipulándola de forma sutil; la adornamos con nuestros «peros» y la vestimos de nuestra hipocresía para justificar nuestra falta de deseo de darnos al otro a cambio de nada. El resultado es evidente: una sociedad llena de individuos que desde la soledad exige al otro y lo acepta solo si piensa como él.

El Señor, con esta palabra, nos llama a la verdad. En primer lugar, a la Iglesia que es la esposa de Cristo. El Sermón de la montaña es la imagen del hombre que Dios ha creado. Cuando vemos a un hombre o mujer que vive según esta sabiduría vemos a Dios. Sí, esto está muy bien —pensaréis muchos—, pero ¿cómo vivir de esta forma tan estricta, tan inalcanzable? Eso también lo preguntó la Virgen María y la respuesta todos la conocemos: «el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra». A esta propuesta María no exigió una explicación de cómo llevar a cabo la gran misión a la que era llamada, sino que presentó su «deseo” al responder: «hágase» El Sermón de la Montaña no está ahí para ser cumplido por «narices»; tampoco está para hacer una exégesis o una tesis sobre él y desarrollar su esencia. No. Dios siempre propone al hombre su camino; se lo propone, no se lo impone. Hoy el Señor, con esta palabra del Sermón de la montaña, no viene a buscar a los fuertes y capaces, a los que tienen una gran fuerza de voluntad; ¡No! El Señor viene a buscar el «deseo» que hoy habita en lo profundo de cada hombre y le pregunta: ¿Quieres amar como yo?

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