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‘Lo que molesta del Valle es que es un monumento a la reconciliación al amparo de la cruz’ 

INFOVATICANA ENTREVISTA FERNANDO PAZ, HISTORIADOR Y AUTOR DEL PRÓLOGO DEL LIBRO “ETERNAMENTE FRANCO”

El Valle de los Caídos vuelve a estar en el punto de mira después de que en los últimos días el Gobierno de Pedro Sánchez haya manifestado su intención de exhumar los restos de Franco y retirarlos de la Basílica en la que se encuentran. El pasado viernes, Izquierda Unida presentó en el Congreso un proyecto de ley que busca quitar la gestión del Valle de los Caídos a la Iglesia católica, desacralizar y proceder a la “resignificación” del lugar para que sea un centro de memoria histórica y derribar la Cruz.

InfoVaticana ha puesto en marcha una campaña para pedir al gobierno que respete los recintos sagrados. Puedes firmarla aquí.

En declaraciones a InfoVaticana, el historiador Fernando Paz señala que es precisamente la construcción del monumento al amparo de la cruz lo que molesta:

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El Valle de los Caídos es un monumento a la reconciliación entre los españoles. Sin distinción de bandos. Ese fue el propósito de su construcción. Por eso están allí enterrados españoles de los dos bandos, y sus restos mezclados. De hecho, es uno de los pocos monumentos – realmente en España hay muy pocos – que se han levantado a la reconciliación. Una reconciliación, eso sí, al amparo de la cruz. No de la democracia ni de ninguna constitución, sino de la cruz. Seamos claros: eso es lo que molesta.

Paz ha prologado el último libro de Pedro Fernández Barbadillo, Eternamente Franco, una obra que trata de explicar a Franco y al franquismo colocándolos en el pasado al que pertenecen. En esta entrevista a InfoVaticana, explica la relación que mantuvo la Iglesia católica con el régimen de Franco, desde la firma de los obispos de la Carta colectiva del 1 de julio de 1937 hasta la disociación de la institución con el franquismo en los años 70.

¿Qué llevó a los obispos españoles a firmar la Carta colectiva del 1 de julio de 1937?

El respaldo de la Iglesia española a la causa nacional durante la guerra fue una consecuencia natural de la hostilidad que había de desplegado la república desde su mismo nacimiento contra ella.

Siempre que se ha producido un cambio de régimen, la postura de la Iglesia ha sido de cautela. Y lo mismo sucedió cuando se proclamó la II República, hasta que la república mostró la intensidad de su beligerancia contra la Iglesia. No podemos ignorar que en las primeras cortes del nuevo régimen había una enorme cantidad de diputados de obediencia masónica, unos 160.

Su acoso fue continuo. Menos de un mes después de la proclamación de la república, se producía la quema de iglesias y conventos, en la que las autoridades republicanas llegaron a comandar a los incendiarios en no pocas localidades.

Se crearon las condiciones objetivas y se difundió la doctrina del odio para lo que habría de venir; todo ellos facilitó el desbordamiento del anticlericalismo en una forma abiertamente criminal cuando se dieron las circunstancias para ello, en 1936, aunque ya había habido un anticipo en la revolución de Asturias de 1934.

La consecuencia fueron los 7.000 religiosos y los 60.000 católicos asesinados en la guerra. Un verdadero odio a la religión recorrió la España del Frente Popular; ese odio genocida era casi la única cosa que compartían todos los frentepopulistas.

¿Qué importancia tuvo esta carta para Franco y la legitimidad del bando sublevado?

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La Carta fue de una gran importancia, por lo que suponía de apoyo de todos los católicos a la causa nacional no solo en España, donde no hacía falta porque era obvio, sino en todo el mundo.

Se convirtió en el sostén moral de la causa nacional. La verdad es que la guerra era, en muy buena medida, un combate por la religión. Pocas veces una pugna al respecto de la religión se ha producido con tal claridad como sucedió entre 1936 y 1939.

¿Qué alcance tuvo el apoyo de la Iglesia católica al régimen de Franco?

El franquismo salvó a la Iglesia del holocausto, de la aniquilación, del exterminio. Es un hecho. La identificación de la Iglesia con el régimen era lógica. Si en el Frente Popular el odio a la religión era un lazo esencial, el sentido católico de España también lo fue entre los nacionales, con mayor o menor énfasis.

Ese carácter católico era una de las esencias del franquismo, por eso fue un régimen nacional-católico en lugar de nacional-sindicalista. La Iglesia y el Ejército fueron los dos pilares institucionales del franquismo.

La Iglesia vivió una época de esplendor bajo el franquismo, eso es innegable. Su identificación con el régimen fue completa durante dos terceras partes de su duración, y parcial – no exenta de conflictos – en el tramo final.

En cualquier caso, la protección del régimen a la Iglesia fue esencial para esa primavera católica que se vivió en España tras la guerra civil y durante unas tres décadas.

La identificación entre el régimen y la Iglesia no fue unidireccional. La Iglesia la potenció tanto o más que el propio régimen. De ella obtenía numerosas ventajas, aunque luego pretendiese otra cosa.

¿Es verdad, como sostienen algunos, que el Papa Pablo VI se oponía a Franco y era, a su vez, rechazado por el régimen?

En cuanto a lo segundo, Franco prohibió toda crítica a Pablo VI en su círculo personal. “Ahora ya no es el cardenal Montini, ahora es el papa Pablo VI”, arguyó. Se mostró contrario a los primeros comentarios desfavorables a la elección de Montini como papa en la prensa del Movimiento, frecuentes sobre todo en la de inspiración falangista.

En general, la actitud oficial hacia Pablo VI fue respetuosa y hasta afectiva, aunque exenta del entusiasmo que había manifestado hacia Pío XII un decenio antes. Otra cosa fueron los seguidores más firmes del régimen, que solían manifestar un decidido rechazo del papa.

Por su parte, Pablo VI se movió entre dos ideas esenciales. Una primera, promover una efectiva, pero discreta, disociación del régimen; y una segunda, consciente de la deuda de gratitud que la Iglesia tenía con Franco, que dicha disociación no pudiera interpretarse en términos de desagradecimiento. No puede dejar de señalarse una cierta incoherencia entre ambos objetivos por parte del Vaticano.

Con todo, es difícil distinguir lo que el pontificado de Pablo VI tuvo de actitud personal del papa y de cálculo político (no solo en este terreno).

¿Eran firmes las convicciones católicas de Franco?

Firmísimas. Franco siempre fue un hijo fiel de la Iglesia. Gobernó de acuerdo a sus convicciones, lo que no era incompatible con atenerse a las conveniencias de cada momento. Pero sin abandonar nunca los principios.

Ideológicamente, Franco era un hombre muy pragmático. Genéricamente, pude describírsele como un conservador y monárquico con fuerte inclinación social. Fue matizando su régimen en función de las circunstancias, pero mantuvo lo esencial. Era profundamente creyente, aunque poco dado a la exteriorización religiosa personal.

Una de sus más firmes creencias puede resumirse en una frase que pronunció a comienzos de los sesenta: “Se nos combate porque somos defensores de la Ley de Dios.” En cuanto a sus creencias religiosas, fue siempre sincero.

Además, no cabe duda de que la legislación que se aprobó durante el franquismo estaba fuertemente inspirada en la doctrina social de la Iglesia, en todos los órdenes.

¿Por qué en los 70 la Iglesia se desmarca del franquismo?

Cálculo político, en primer lugar; y ello, en un doble sentido.

La Iglesia cometió un error fabuloso – algo raro en ella – en su valoración de lo que iba a suceder en las siguientes décadas; ella, acostumbrada a considerar la situación en términos de siglos. Y supuso que tendría que compartir el futuro con el comunismo o con alguna suerte de versión occidental de radicalismo de izquierdas.

La consecuencia fue que la idea del “aggornamento”, valga decir la modernización, prendió con fuerza en su seno: había que ponerse al día ante lo que estaba por llegar.

Todo eso, en el caso español, se acentuó ante la evidencia del declive del régimen franquista y la seguridad de que este iba a dar paso a una democracia progresista como el resto de las europeas; había que desmarcarse, y lo antes posible, del régimen, para adquirir un cierto pedigrí que asegurase su aceptación en el mundo que había de venir.

Además, la propia evolución del régimen y de la sociedad española propiciaba la disociación de la Iglesia con el franquismo. El proceso de secularización que se imponía en toda Europa, había avanzado considerablemente también en España. La España de los ´70 era una sociedad industrial, urbana, capitalista, moderna; con relativamente pocas conexiones de la España de 1936.

El régimen había propiciado un cambio que habría de serle fatal, al liquidar la España que se alzó el 18 de julio.

En definitiva, entre ir al compás del régimen y de la sociedad, la Iglesia no lo dudó. Si la apuesta fue acertada o no, desde la perspectiva de 2018, júzguelo cada cual.

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