Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|Miércoles, Agosto 23, 2017
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Miramos más allá 

Es bien cierto que aún quedan muchos días para que llegue el domingo de Pentecostés. Ahora, sin embargo, debemos mirar más allá del tiempo en el que estamos y tratar de conocer, si es que nos da el corazón para tanto, cuál ha de ser nuestra actitud en este tiempo, digamos, intermedio entre el encuentro de Cristo y María en la mañana del domingo por excelencia y aquel en el que el Hijo de Dios envíe a sus discípulos a predicar y a transmitir la Buena Noticia del Reino de Dios.

Sabemos que la pervivencia de la Pascua durante los cincuenta días en los que ahora mismo estamos tiene, como fecha, una que lo ese simbólica. Siete semanas es un signo de plenitud según el significado que el número 7 tiene en las Sagradas Escrituras. Por eso también vienen a ser como una imagen de la eternidad a la  que estamos destinados gracias a Cristo por haber muerto en la cruz para salvación del mundo.  Por eso, hasta el momento exacto en el que (Hechos 2, 1-3) “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos” tenemos que ser conscientes de que Cristo ha resucitado y que tan importante hecho espiritual y material nos ha de guiar en nuestro camino, por supuesto, hacia el definitivo Reino de Dios pero, a corto plazo, por el que nos lleva hasta tan radicalmente esencial momento de nuestra alma y de nuestra vida como discípulos de  Cristo.

Por lo tanto, mirando más allá de este ahora mismo en el que estamos debemos, sin embargo, ser cristianos a carta cabal. Cristo muere y resucita y hasta que sea infundido el espíritu en Pentecostés no podemos olvidar que debemos amarnos y que debemos perdonar; que debemos ser caritativos con los que más nos necesitan y que debemos acercarnos a los que sufren por dolencias físicas o espirituales; que debemos llevar la esperanza donde se haya perdido y, sobre todo, no perder nunca la nuestra porque sería como pecar contra el Espíritu Santo pues lo haríamos contra la Providencia de Dios. Y si así actuamos habremos hecho lo que Cristo quiere que hagamos. Por eso la Pascua es el tiempo más importante para los discípulos de Cristo porque nos sirve para que los demás tiempos no pierdan su propio sentido.

No podemos olvidar, además, que al igual que los apóstoles, al descubrir que Cristo había resucitado se lanzaron a evangelizar sin miedo alguno, exactamente igual debemos hacer nosotros, sus hermanos en la fe. Sabemos, a la perfección (después de haber pasado tantos siglos desde entonces) que Jesucristo está con nosotros y que, además de esperar que llegue Pentecostés para sentirnos especialmente enviados en misión, en la misma ya estamos desde que somos capaces de comprender que Dios tiene una para cada uno de nosotros y que no podemos dejarla escondida, por ejemplo, bajo el celemín.

Vemos, pues, que tenemos numerosas tareas espirituales que realizar en este tiempo especial en el que esperamos la venida, de nuevo, del Espíritu Santo. Y recordemos, por tanto, a la Iglesia primitiva y seamos como aquellos que esperan para fundar su luz, su camino y su verdad pero hagámoslo no de forma tibia sino plenamente seguros de que con nosotros está Jesucristo y que, en nuestras tribulaciones, propias del ser humano, nunca nos abandonará.

Eleuterio Fernández.

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