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Monasterio de San Isidro de Dueñas (Palencia) 

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 “Te alabarán mis labios”

 

Victoria Serrano Blanes
Periodista
 

En plenos montes calcáreos del Cerrato Palentino se levanta el insigne monasterio de San Isidro de Dueñas, conocido popularmente como “La Trapa”, donde todavía hoy, tras más de diez siglos de historia, de los monjes cistercienses sigue brotando la alabanza y el honor al único que hace maravillas. Junto con la belleza arquitectónica de sus viejos muros convive otra de mayor relieve y altura, el recuerdo de San Rafael Arnaiz, modelo de docilidad y generosidad en su respuesta al “ven y sígueme” de Cristo.

Su construcción se remonta al siglo VII, pues existe constancia de que estuvo ocupado por monjes visigóticos. En el siglo XII era un monasterio benedictino, más tarde fue priorato del Cluny (también benedictino) y posteriormente perteneció a la Congregación de San Benito de Valladolid, de enorme relevancia en España. Tras la célebre desamortización de Mendizábal en 1835 los monjes fueron expulsados. En 1891 se asentó la primera comunidad trapense, y de ahí hasta la actualidad.

La comunidad está formada por 43 miembros, aunque en el presente solo residen 35 en el monasterio. Los restantes se encuentran en diversas misiones; bien en las fundaciones esparcidas en otros países, bien de capellanes en monasterios de monjas, estudiando en Roma, etc. El abanico de edades también es amplio. Recogemos el testimonio de algunos de los monjes:

Hermano Cristian, de 31 años y nacido en Santa cruz de Tenerife, es el submaestro de novicios y enfermero. Lleva casi cinco años y ha profesado los votos temporales. ”Soy el único de los 18 nietos que tiene mi abuela que ha descubierto a Dios. De hecho a mi me bautizaron pero no se me transmitió la fe. Mi padre fue al monasterio de Santa María de Huerta, en Soria, y compró miel. Yo sentí curiosidad por saber quiénes eran los monjes y cómo vivían. Me apunté a catequesis en la parroquia por iniciativa propia, y comencé a caminar por los senderos de la fe a los 13 años. Un año después tomé la Comunión y más tarde la Confirmación.

Leí la biografía espiritual del Hermano Rafael y ese fue el gancho para hacer mi primera experiencia en el monasterio. Sin embargo, como uno camina por donde quiere, aunque Dios siempre está esperando, sentí la llamada a esta vida retirada y no lo quise aceptar. Llegué a estar cuatro años desvinculado del monasterio e incluso de la Iglesia, pero finalmente comprendí que Dios me hacía un efecto embudo y no podía seguir escapando. Volví a retomar el contacto con el monasterio, y en 2008 di el salto definitivo y pasé la puerta. ¿Qué me ha hecho cambiar el calorcito de Tenerife por el frío de la estepa castellana? Nada menos que Jesucristo. Él complementa de tal forma a la persona, que no hay afuera en el mundo nada que pueda parecérsele”.

Hermano Carlos, natural de Madrid, tiene 42 años y lleva 21 años en el monasterio. Se encarga de la sacristía. “Vengo de una familia no creyente pero que seguía los convencionalismos sociales, y me apuntaron a catequesis. Recuerdo que al principio me escapa, pero el segundo año comenzó a gustarme. Me impliqué en la parroquia y Jesús se convirtió para mí en una persona cada vez más atrayente; ni el trabajo ni las chicas me llenaban como lo hacía Él. Cuando estudiaba bachillerato, el profesor de religión nos hablaba de la Trapa, de que aquí los monjes no comían carne ni pescado y pasaban un frío tremendo. Lo que a los 15 años me espantaba, a los 19 comenzó a atraerme. Con la ayuda de un sacerdote discernimos que podría tratarse de una llamada personal a la vida contemplativa. Al entrar por primera vez sentí en el corazón la certeza de que este era mi sitio. Ingresé el día de la Inmaculada de 1991”.

Padre Juan Javier, es el abad. Nacido en Sonseca (Toledo) tiene 42 años. “He nacido en una familia cristiana pero con una fe convencional, sin estar demasiado involucrada en la Iglesia. A los 15 años empecé a asistir a un grupo de oración en la parroquia, pero cuando comencé la Universidad me distancié. Por las mañanas tenía un trabajito en correos, por la tarde estudiaba Empresariales, mis padres me compraron un coche, los veranos me iba a Inglaterra a estudiar inglés… Todo me sonreía y me decía a mí mismo: ‘¡Me como el mundo!’. Pero al mismo tiempo me sentía vacío. Por un desengaño sentimental me volví a enrolar en la parroquia, esta vez de una forma más seria. Al poco, tuvo lugar la JMJ de Santiago de Compostela, en 1989. Recuerdo que estando en el Monte del Gozo, Juan Pablo II presentó al Hermano Rafael como un modelo de santidad. Para mí, que andaba buscando el sentido de la vida, aquello fue una respuesta contundente a lo que el Señor me pedía. Jamás se me había pasado por la cabeza ser monje ni sacerdote, incluso en aquella peregrinación tenía novia, pero esas palabras se clavaron dentro de mí como una daga. A partir de ese momento me pasó como el profeta Jonás, Dios me llamaba hacia una dirección y yo, por puro miedo, tomaba la contraria. Así estuve más de un año, hasta que agarré el toro por los cuernos y en el año 1993 ingresé en el monasterio. ¡Ya han pasado 19 felices años!”.

Padre Gonzalo, de 70 años, y antiguo abad, es de Sestao (Vizcaya). “Trabajaba yo en el Banco Vizcaya, ayudaba en la parroquia, tenía una vida normal, pero poco a poco sentí la llamada. Lo peor era que no sabía cómo decírselo a mis padres. ¡Mi madre cuando se enteró se desplomó! Ingresé a los 23 años y he estado muchos años en las fundaciones que tenemos en Angola, México y Ecuador. Llevo 47 años de vida consagrada y ¡nunca mejor que de monje! Ahora me encargo del jardín de la entrada y veo que es mucha la gente que necesita hablar, ser escuchada y recibir una palabra de parte de Dios”.

Padre Tomás, tiene 76 años y lleva 63 de vida contemplativa. “Me siento muy gozoso. Todo ha sido una gracia de Dios, y la cruz también. Tengo que usar andador y silla de ruedas, ir con cuidado de no caerme… ¡Lo que Dios quiera!”. Desde hace tres décadas se encarga de la flamante biblioteca que posee el monasterio. “Le pedí una biblioteca digna al Hermano Rafael y ha sido un milagro suyo, aunque no esté escrito. Ahora da gusto”.

Hermano Javier, de 44 años y nacido en San Martín del Castañar (Salamanca) desempeña diversas tareas en el servicio a la comunidad; es el encargado del almacén y las compras, de la encuadernación, del mantenimiento, etc. “Siempre he tenido una inquietud misional, hasta mantenía una relación epistolar con los misioneros combonianos, pero sentía que mi vocación no iba dirigida al sacerdocio. El cura de mi pueblo me abrió un abanico de posibilidades dentro de la Iglesia: dominicos, hermanos de San Juan de Dios… y llegamos a visitar varios monasterios. Vinimos aquí, pero como era la hora de la comida, no nos pudieron atender, con lo que fuimos a la iglesia a rezar. Ahí se dio el flechazo; aun en casa no se me iba de la cabeza aquel impacto. Volví de nuevo al monasterio y ya me atendió el maestro de novicios. Yo tenía una dura lucha interior; por una parte sentía que este era mi sitio, pero por otra, como soy muy extrovertido y me gusta mucho la juerga, veía que era el polo opuesto a la vida contemplativa. Sin embargo, decidí dar el paso y a los 18 años ingresé. Estoy feliz”.

la llamada

Ese misterio que no responde a ninguna lógica humana sino al designio divino, es una opción cotidiana que diariamente hay que confirmarla. “El sí de cada día —nuestro fiat— hace presente a la Iglesia”, señala el Hermano Carlos. A lo que el P. Juan Javier añade: “El mundo necesita de una Iglesia joven y dinámica, que anuncie la Buena Nueva. Por eso invitamos a quien quiera a conocer a qué sabe la vida monástica, que venga a conocernos. No vamos a ser todos sacerdotes, monjas o monjes, está claro, pero el que reciba la llamada que no tenga miedo a responderle al Señor. Muchas veces los monjes somos ridiculizados como si fuéramos una especie de espantapájaros, seguidores de una manera arcaica de vivir y sin sentido. La realidad no tiene nada que ver con eso”.

“Estoy muy contento con la vocación, estar siempre en oración continua con Jesús me llena de gozo, me hace explotar a reír sin saber por qué. Sé que eso es el Espíritu Santo, que me confirma que esta es mi casa”, sostiene el Hermano Cristian.

Sin embargo, este llamar y responder no siempre es comprendido, y en ocasiones, menos aún por los más cercanos. Pero como a Dios nadie le gana en generosidad, y todo es recompensado, los obstáculos y la resistencia finalmente son vencidos. “Cuando le comenté a mi padre que estaba decidido a marcharme de monje, lo más suave que me dijo es que estaba loco y que iba a enterrar mi juventud. Pero el Señor, a pesar de estar aquí, me ha concedido, por ejemplo, cerrar los ojos a mi madre cuando murió. Ha sido precioso estar con ella y poderla atender hasta el último minuto”, cuenta con agradecimiento el Hermano Carlos.

“En mi caso, para mi padre fue la hecatombe. Mi ingreso supuso que estuviera cuatro años sin hablarme. Para escribir a mi madre tenía que hacerlo a casa de mi tía, porque si él veía las cartas las quemaba. El cura de mi pueblo le hizo ver que todo era una cabezonería suya. El día que vino al monasterio a verme lo celebramos por todo lo alto. Fue un día de gozo para mí y para la comunidad”, recuerda emocionado el Hermano Javier.

la oración

Es el fundamento en la vida del monje; estar en contacto con Dios, envolverse en un clima de adoración y alabanza es lo único que importa. “Como dice San Bernardo, el nombre de Jesús es melodía en los oídos, miel en la boca y júbilo en el corazón. El Amor se derrama continuamente, lo que pasa es que no siempre Dios encuentra depósitos que llenar. La acción del monje es como ese gran depósito; se deja llenar por Dios para que de su plenitud se derrame la gracia en la Iglesia”, explica el H. Carlos.

Los monjes cistercienses se acogen al espíritu de la Regla de San Benito de Nursia, patrono de los monjes de Occidente, pero esta observancia no es una carga, sino un bien para alcanzar la plena comunión con Dios. De los tres votos que profesan: obediencia, conversión de vida monástica y estabilidad, todos coinciden en que, aunque imbricados unos con otros, el que más cuesta es el de conversión de vida, es decir, “el de renovar el esfuerzo por vivir la vida monástica en intimidad, porque cada día sale la dureza del corazón”, explica el H. Carlos.

la jornada

En la Trapa nada se antepone al amor de Cristo, y sobre esta premisa se asienta cada minuto del día. En todo el arco de tiempo que va desde que el monje se levanta hasta que se acuesta, la soledad, el silencio y la oración concretan su jornada a través de los tres pilares que son: la lectio divina, la oración litúrgica y el trabajo manual. “En la quietud de la noche es cuando se manifiesta el Señor de una manera más clara, por eso comenzamos a las cuatro de la mañana con el oficio litúrgico de maitines y el invitatorio. ‘Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón’, desde esta llamada estamos orientados a abrirnos al Señor. Después de las vigilias, que duran una hora, hay un tiempo largo de oración personal o de lectura de la Sagrada Escritura en silencio. Al finalizar celebramos la Eucaristía, el centro del día, en donde recibimos a Cristo y nos unimos a Él. Después viene el desayuno, el oficio de Tercia y cada uno se marcha a su trabajo. A las 12 es el tiempo de la lectio divina y a las 12:45 h. la Hora Sexta. Después viene la comida, un rato de descanso, el rezo de la Hora Nona y ya por la tarde, de 15:30 a 18:30 el tiempo de trabajo. A las 19:00 nos reunimos todos para la oración de Vísperas, cena y Capítulo, en donde se pueden hacer varias actividades: se lee algo de la regla de San Benito y el abad lo comenta, hay ensayo de canto, clases de espiritualidad monástica y liturgia, etc. Al acabar rezamos el oficio de Completas y, cantando la Salve a la Virgen María, nos vamos a acostar, que ahora en verano viene a ser sobre las 21:15 horas”, comenta con detalle el Hermano Carlos.

Este entramado tan completo y compacto está enfocado para que el trapense se una a Dios, como preludio del encuentro eterno, pero no en una comunión egoísta e individual, sino como intercesor por la humanidad. “Si nos retiramos en soledad y silencio es para orar por el pueblo de Dios. Por la profesión monástica, cuando el amor no se hace exclusivo —puntualiza el H. Carlos—se hace universal. Y nosotros renunciamos al amor exclusivo para tener un amor que ensancha las tiendas y acoge a todos. Con lo cual está multiplicado”.

¿Y qué decir de la Madre? María lo es todo. Es el acueducto que lleva hacia Dios. El monje cisterciense tiene una consagración especial a la Virgen, bajo la advocación de la Asunción. “Es por la que recibimos a Cristo, la mediadora, la que nos conduce a la salvación”, sostiene con devoción el Hermano Javier y corrobora el resto. 

el enemigo

El demonio, como de costumbre, ronda en toda ocasión y circunstancia. “Todos pecamos en algo, no somos ángeles —apunta el abad— y aquí dentro el demonio es más fino. Afuera el bien y el mal es más obvio; en cambio en el monasterio, como no hay mujeres, ni cine, ni bares… la tentación se debate entre una cosa buena y la voluntad de Dios”.

“Desde que te levantas —comenta el H. Carlos— ya comienza a tentar. ‘¡Buf, ¿para qué te vas a levantar tan pronto, con lo a gusto que se está en la cama?’ Este es el esfuerzo de conversión del que hablábamos. Aquí en el monasterio, el demonio se disfraza de ángel de luz y trata de convencerte con cosas aparentemente buenas. ‘¿Pero qué haces aquí, con lo que podrías ayudar a la gente afuera?’. También engaña con escrúpulos, con juicios, etc. Según se va creciendo en la vida espiritual el demonio va cambiando de táctica; se va adaptando a la debilidad de cada uno: la soberbia, la ira…”.

“Hace años tuve una tentación fuerte: uno de mis mejores amigos tuvo su primer hijo, y el demonio se valió de eso para machacarme diciéndome, ‘¿Ves, tu amigo ya tiene un hijo y tú estás haciendo el tonto?’. Gracias a Dios pude vencerlo pero estuvo un tiempo fastidiándome mucho”, confiesa el H. Javier.

la Providencia

Desde sus inicios en marzo de 1891, los monjes se han dedicado a la agricultura y a la ganadería. Hasta el año 1968 la comunidad contaba con la fábrica de chocolates La Trapa, pero en ese año vendieron el negocio junto con la marca. En la actualidad posee una granja de 160 vacas de ordeño y una industria de pasteurización y envasado de la leche, que constituye su principal sustento. También cultiva diferentes cereales (cebada, trigo, maíz y centeno) como pienso para la vaquería y una pequeña huerta para el propio consumo.

Pero como Dios derrama prodigios a manos llenas, no solo en lo material sino, y más importante aún, en la dimensión espiritual, todos experimentan que el Señor es providente. “La mayor prueba de la providencia de Dios es lo mal que lo hacemos en la lechería y lo bien que nos va”, exclama el H. Carlos. “El evangelista se ha quedado corto al decir que Cristo da el ciento por uno; es el dos mil o más por uno”, añade el H. Javier.

el mañana

La comunidad afronta el futuro con ilusión. De momento cuenta con un novicio, Rubén, de 21 años y natural de Burgos, quien próximamente realizará su profesión temporal. “Aunque ahora estemos en vacas flacas es un tiempo de esperanza, porque de este declive de valores Dios sacará algo bueno y auténtico. Es como la caída del Imperio Romano, que de su decadencia salió el cristianismo. La gente que va a llegar a los monasterios es gente que se está convirtiendo ahora, muy herida. En su miseria van a experimentar la misericordia y salvación de Dios, con lo cual, hay futuro”, expone confiado el H. Carlos.

la función abacial

“He estado seis años en el monasterio de Oseira (Lugo) como superior y cuando creía que de por vida me afincaba en Galicia, me eligieron abad de San Isidro de Dueñas. Aunque la mitad de los días me abrume por el peso, estoy feliz en la medida que sé que hago lo que Dios quiere. A veces me siento como un abad bombero; esta es una comunidad pequeña y siempre estoy tapando agujeros, pero así me pide Dios que exprese mi caridad con el hermano. Como un padre con sus hijos, debo ceñirme al carácter de cada uno. ¿Qué es ser feliz? ¿Estar dando saltitos como en el Lago de los cisnes? La felicidad es algo más profundo. Para mí es ejercer el don de la paternidad como hombre y como cristiano en lo que Dios me pide, que es en la entrega por los otros, y al mismo tiempo, sanando mis heridas, cubriendo mis carencias, pues yo también soy muy deficitario”, reconoce el nuevo superior.

San Rafael Arnaiz

El Hermano Rafael, joven firme, fuerte y entusiasta, quien vivió y murió en este monasterio es un modelo de santidad. Aunque no tuvo una vida larga, murió con tan solo 27 años por una severa diabetes, su ejemplo de amor incondicional a Dios y a su voluntad ha sido fecundo. El P. Alberico ha sido el vicepostulador de la causa, cuyo proceso de canonización ha durado tan solo 46 años; el 11 de octubre de 2009 fue elevado a los altares. “Por un año no llegué a conocerle; Rafael murió en 1938 y yo llegué poco después, pero sí tuve relación con sus tíos y con su hermano. Tenía una convicción muy profunda hacia la vida contemplativa, aun estando fuera, por eso insistía tantas veces en volver aunque la enfermedad se lo impidiese. La cruz siempre es cruz, pero al impetrarla con los ojos de la fe ya no es el madero sangriento que se lleva solo, sino que es Cristo quien ayuda a llevarlo, y Rafael tuvo ojos para ver al Señor en ese leño seco”.

La santidad y el testimonio del Hermano Rafael son realmente impresionantes. Cualquiera que se adentre en sus escritos, recogidos en las casi cien obras publicadas en torno a su persona, se impregnará de una espiritualidad sublime y a la vez al alcance de todos. “Cuando uno se coge a Rafael, ya no lo puede soltar, y prueba de ello es la piedad popular que despierta su figura; tanta gente que nos escribe pidiendo y agradeciendo su intercesión”.

Sin duda son muchos los que viven y mueren en olor de santidad, pero en el caso de San Rafael Arnáiz, sus escritos —descubiertos por casualidad, ya que nunca tuvo interés en difundirlos— ponen de manifiesto su entrañable entrega a Dios, reflejada en su principal premisa: “Solo Dios, solo Dios”. “Cuando él vino a esta casa eran 117 monjes y pasaba totalmente desapercibido. Además, por su enfermedad era oblato y no podía tener relación con los profesos. Hay muchos hermanos que podrían estar también en los altares como son el H. Nicolás, el H. Isaías, el H. Zacarías y otros tantos; auténticos santos que, como no han dejado escritos, es muy difícil iniciar el proceso, pero están gozando de la vida eterna, que es donde todos queremos ir”.

4 Respuestas a Monasterio de San Isidro de Dueñas (Palencia)

  1. Fernando Martín Álvarez

    ¡GRACIAS POR VUESTRA PRESENCIA! San Isidro de Dueñas y su Comunidad Monástica siempre en nuestra oración y nuestro recuerdo.

     
  2. Melchor Rodriguez Barrera

    Es dificil entender la vida de estos hombres si no la miras con los ojos de la fe. Hay algo en ellos que a mí, a mi esposa y a mis hijos (que son unos enamorados del Hermano Rafael)nos llama poderosamente la atención, algo que el mundo normalmente no entiende, y es la alegría que brilla en sus ojos. La hemos visto en todos, pero es tremendamente impactante verla en monjes de 92 años, como el hermano Clemente y el hermano Teodoro, con setenta o más años de vida monástica. Es la ALEGRIA de quien lleva a Dios en su corazón y vive íntimamente unido a El. Ellos nos trasmiten el rostro de Dios, un Dios lleno de ternura y alegría, un Dios de hombres llenos de vida y de ilusión. Amamos a nuestros hermanos trapeneses, son parte de nuestra familia.

     
  3. Noelia

    Mi hermano se encuntra ahora alli tengO 13 años y el se llama Ruben Ignacio . Segun me cuenta teneis una idea confundida sobre ellos , teneis que abrir los ojos . Vosotrso creeis que estan alli por k se aburren ? Las personas tenemos algo en comun , que todas queremos ser felices y ellos lo son . Habeces ha que dejar de lado lo que uno quiere para serlo y dejar las personas lo sean por mucho que cueste y a pesar de todo le hecho de menos :(

     
  4. Fernando Martín Álvarez

    ¡La Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas!Mi mujer dice que es “LA RSIDENCIA OFICIAL DE DIOS”, es una manera de decir que en ella se respira realmente vida auténtica de Dios y ¡en estos tiempos cuánto la necesitamos! Yo añado que para nosotros es nuestra casa en la que tenemos de verdad unos hermanos que queremos y nos quieren, con los que estamos en comunión.

     

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