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Para este viaje no se precisaban alforjas 

“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”

Nelson Mandela

Que España se encuentra en uno de los momentos más críticos de su historia reciente, es una realidad incuestionable de imposible solución a corto plazo —si es que alguien pretendiese ponérsela— lo que no es el caso.

Ya dijo el Presidente del Gobierno que con la aplicación del artículo 155, lo que  pretendía era devolver a Cataluña a una situación de legalidad, que no es lo mismo que recuperar la normalidad tras la quiebra social producida por el nacionalismo separatista.

Claro que esto no debería extrañarnos, teniendo en cuenta la integridad y la solvencia moral y política de los partidos que forman el arco parlamentario en España.

Desde comienzos del milenio, en España se practica la política de regate corto, oportunista, y mirando únicamente a la rentabilidad electoral de los partidos, al margen de los auténticos intereses de la ciudadanía, y mucho menos los de España como nación.

¡Quienes se sientan hoy en el Congreso de los diputados, qué lejos están de estar animados de la sensatez y sentido de la responsabilidad de aquellos hombres de Estado que sacrificaron sus intereses partidarios y personales para hacer posible la Transición!

Con mirada incrédula y un contenido gesto de estupor, no son pocos los españoles que se preguntan cómo se ha podido llegar a la situación en la que ha colocado al país el nacionalismo catalán.

Las cosas nunca ocurren por una sola causa. A una encrucijada como es en la que nos encontramos, se llega siempre por una serie de acciones e inacciones que terminan convergiendo en un mismo punto.

En el caso del nacionalismo catalán, como ya he afirmado en ocasiones anteriores, se ha llegado a la crítica situación actual, por:

La miopía de los dos grandes partidos que han gobernado España como enemigos irreconciliables, cuando solo son adversarios que se alternan en la gobernación del país. No se han dado —o no han querido— darse cuenta, que el verdadero enemigo interior de una nación es siempre el nacionalismo, cuyo  último fin es la desintegración de la unidad territorial de la que forma parte.

El pacto con las formaciones nacionalistas cuando el ganador de unas elecciones no obtenía la mayoría absoluta. Y ello, como consecuencia del tóxico enfrentamiento entre los dos grandes partidos españoles. naturalmente a costa de pagar el resto de España, costosísimas facturas políticas que de otro modo jamás se hubiesen sufragado.

El haber transferido competencias a las comunidades autónomas cuya potestad —sobre todo teniendo en cuenta los antecedentes históricos— debiera haber conservado el Estado, tales como las fuerzas de orden público, la sanidad y la educación.

La incomparecencia del Estado en Cataluña durante 40 años, como fruto de los pactos políticos a los que anteriormente me he referido. Y como cuando alguien deja un lugar vacío, siempre hay otro que se apresta a ocuparlo, el nacionalismo supo aprovechar la vacante para campar impunemente a sus anchas.

En este campar a sus anchas durante casi cuatro décadas, ha jugado un papel decisivo la semilla del odio a todo lo español que se sembró en las nacientes generaciones de entonces, la educación impartida por la escuela pública en Cataluña.

En el proyecto de ningún país con vocación de progreso pueden tener cabida la ignorancia, la intolerancia y la subversión.

Ningún país que aspire a ocupar un lugar destacado en el concierto internacional, puede hacerlo sin lograr que sus ciudadanos posean un mínimo de instrucción y sobre todo, la aceptación general de unos valore comunes que les identifiquen.

Y esto lo saben muy bien los nacionalistas y lo han aplicado implacablemente en un sentido sesgado con la desentendida complicidad del Estado. Un sesgo que hace al ser humano esclavo en vez de libre. Porque en lo que hace aguas nuestro sistema educativo es que solo enseña a memorizar algo que se da por cierto en vez inducir a pensar y preguntarse el porqué de las cosas.

La fuerza de la democracia, se basa precisamente en la aceptación y cumplimiento de todos los valores (normas de convivencia) contenidos en la Ley.

Pero sin la información necesaria, la democracia no puede funcionar.

La escuela pública en manos de un gobierno nacionalista, constituye el más perverso de los instrumentos de propaganda política. Los nacionalistas y los partidos políticos profundamente ideologizados, defienden vigorosamente la libertad de expresión, pero son enérgicos oponentes de la libertad de pensamiento individual, porque para ellos, la escuela pública y los medios de comunicación por ellos alimentados, constituyen la vía más eficaz de presión que les permite utilizar todos los sofismas y argumentos emocionales para defender, lo que en última instancia, es su propia posición de poder.

Estos grupos político-económicos, constituyen una amenaza directa para la convivencia de la sociedad en sí mismos, pero sobre todo, cuando tienen en sus manos el control directo de la educación.

Esos intereses dirigidos, son los que moldeando las conciencias desde la más tierna infancia, crean estados inapelables de opinión, excluyentes y xenófobos que se creen en posesión de la verdad absoluta.

Pero nadie puede aspirar a tener siempre toda la razón de su parte; nadie conoce siempre todas las perspectivas, los matices y las interpretaciones de la realidad.

Lo peor del adoctrinamiento escolar es que convierte las aulas en semilleros de la ignorancia, no solo por el sesgo, deformación y alteración de la verdad, sino por centrar el conocimiento de algunas materias en el exclusivo ámbito de la comunidad, excluyendo cualquier tipo de conocimiento sobre la realidad del resto del Estado, a quien se le considera un extraño que nada tiene que ver con el territorio objeto de exaltación del nacionalismo.

La prueba palpable de que esta situación no obedece a especulaciones gratuitas, lo confirma el hecho de que no son pocos los cruzados de la escuela pública que llevan a sus hijos a instituciones educativas privadas, generalmente tan costosas, que se alejan sideralmente de las posibilidades económicas del ciudadano común.

Probada la perniciosa injerencia de los poderes públicos en materia tan trascendente como es la formación de la juventud, es urgente un pacto de Estado entre los partidos políticos orientado a rescatar el espíritu de la educación libre anterior a la injerencia del      poder político en materia tan decisiva para el progreso de un país.

Sin embargo, en estas circunstancias, en las que no caben las medias tintas, los cabildeos, los sí pero no, no se entiende la calculada ambigüedad de la izquierda que se autodenomina constitucionalista, tendiendo una mano al Gobierno al apoyarle en la aplicación del artículo 155 de la Constitución, y por otra, tendiendo la otra mano a los nacionalistas, al condicionar este apoyo, al hecho de que no se tome ninguna medida en contra del altavoz propagandístico de los separatistas catalanes que constituyen medios de comunicación públicos como TV3, Cataluña Radio y otros, y a que la alta Inspección de Educación, no tome ninguna medida en cuanto a la labor de deformación de las conciencias, que desde hace décadas se viene practicando en las aulas catalanas, con lo que se sigue perpetuando la división en la sociedad de la comunidad y en el propio Estado.

Dada la peligrosa situación a la que ha llevado al país y a la propia Cataluña la delirante escalada nacionalista, no es el momento de hacer equívocos malabarismos transversales con el objeto de sacar ventaja electoral, sino de demostrar una inquebrantable lealtad al espíritu de la Transición, que con el refrendo masivo de los españoles, permitió alumbrar la Constitución del 78 y el mayor periodo de paz y prosperidad que ha gozado España en toda su historia. Bueno será que cada uno de nosotros, en el momento de depositar nuestro voto en la urna, recordemos que algo mal hay con el proceder de la izquierda constitucionalista, si la oportunidad controla su lealtad.

Lo cierto es que a la vista de todo lo que en Cataluña no se va a solucionar con las medidas tomadas por el Gobierno, a la vista de que la enfermedad no se va a erradicar, a la vista de que los agentes patógenos que la han originado siguen vivos y persistiendo en su intento… ¡Para este viaje, no se precisaban alforjas!

César Valdeolmillos Alonso

 

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