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Pentecostés. El Greco 

Doménikos Theotokópoulos
(1541 – 1614),

el pintor cretense conocido como el Greco desarrolló la mayor parte de su carrera en Toledo, ciudad a la que llegó en 1577 y donde alcanzó la madurez como artista.

Allí pintó, junto con “La Adoración” y “El Bautismo de Cristo”, el tema de “Pentecostés”, como parte de un retablo para el colegio de Doña María de Aragón, entre las fechas de 1595 y 1600. El último de los temas muestra una clara influencia de Tiziano y presenta un tratamiento similar al que el pintor veneciano dio a la misma escena que realizó para la iglesia de Santa María della Salute en Venecia, si bien la obra del Greco manifiesta una clara independencia en cuanto al tratamiento del color y de las formas, peculiaridad que ha caracterizado siempre su pintura.

Las gesticulantes y alargadas figuras del Greco, en la escena de Pentecostés se adaptan al formato vertical, en el que se comprime el espacio, situando la acción en un emplazamiento irreal donde la sensación de profundidad se anula. La irrealidad espacial, acompañada de los gestos de asombro de los apóstoles que rodean a la Virgen, muestran que lo que acontece es algo sobrenatural, que una presencia divina inunda la estancia. “De repente vino del cielo un viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; y quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concediese” (Hch 2,2-4).

El Espíritu Santo en forma de paloma actúa como foco lumínico e irradia su luz sobre el Colegio Apostólico. La luminosidad incide sobre ellos de manera simbólica, ya que esta luz  encarna la gracia que Jesús les prometió que vendría con su Santo Espíritu.

El Maestro había muerto para después resucitar y ascender a los cielos, pero es en el momento en que Cristo derrama su Espíritu cuando los apóstoles toman conciencia de su vocación evangelizadora y de la misión universalista de la Iglesia que con ellos acaba de nacer. El Espíritu Santo irrumpe con fuerza en la escena y se posa sobre sus cabezas en forma de lenguas de fuego y a través de ellas más que de las suyas propias  anunciarán a las gentes cuál es el verdadero sentido de la resurrección. La victoria de Cristo sobre la muerte transforma sus vidas, pero es el Espíritu quien les hace comprender el verdadero significado de este triunfo y el que los transforma en hombres nuevos que abandonan la reclusión a la que les sometía el miedo. Ya no temen morir como murió su Maestro: ahora la muerte ha sido vencida.

La de Pentecostés es una de las Doce Grandes Fiestas Bizantinas y, por tanto, su representación está muy presente en la tradición artística oriental, a cuya herencia se suscribe el Greco, especialmente en su etapa cretense. En Oriente se fijan los patrones iconográficos del tema, de los que después se hará eco el arte occidental. El  punto principal de controversia en esta iconografía es la presencia de la Virgen. Ella no está referida en el texto bíblico, pero sí se la representa en multitud de imágenes desde los primeros siglos del arte cristiano, como aquí recoge el Greco. Theotokópoulos no solo incorpora a la Madre de Cristo, sino que junto a ella coloca a María Magdalena, tomando como fuente la cita de los Hechos de los Apóstoles anterior a la narración de la Pentecostés: “Todos ellos  perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14).

Teniendo en cuenta este pasaje se puede legitimar que María estuviera allí cuando el Espíritu Santo se derramó sobre los apóstoles, aunque los que critican su presencia lo hacen sujetos a la literalidad del texto bíblico y a que ella ya era poseedora de este Espíritu desde que concibió en su seno al Salvador; aunque lo que se pretende con el protagonismo de su imagen es ofrecer una lectura más simbólica que histórica del episodio de Pentecostés. La Iglesia que nace este día lo hace igual que lo hizo el Salvador: el Cuerpo de Cristo Renovado que es la Iglesia surge por la acción del Espíritu Santo y a través de su madre María.

1.- Rostros de las dos mujeres

Llama especialmente la atención en la obra del Greco esta presencia femenina dentro del juego de miradas que se establece entre los personajes. Los rostros de las dos mujeres se unen y mientras la Virgen levanta los ojos hacia el Espíritu del Señor, que ya la cubrió con su sombra en el momento de la Anunciación, la Magdalena baja humildemente la cabeza arrepentida de sus pecados y una lengua de fuego se posa también sobre ella bendiciendo su humildad.

2.- Discípulos

Dispuestos de forma circular, el resto de personajes distribuidos en tres planos rodean a María, que centra la composición y nos dirige con su mirada a la paloma que corona la obra.

3.- San Pedro y San Juan

Los escorzados San Pedro y San Juan abren la escena situados de espaldas, pero sus gestos ilustran de forma más elocuente incluso que los rostros que no vemos el sobrecogimiento de lo que están viviendo.

4.- Miradas

Todos los apóstoles excepto dos miran a lo alto. Junto a la Magdalena, uno de ellos centra sus ojos abiertos con asombro en la Madre de Cristo y otro fija su mirada en el espectador introduciéndolo en la escena, que posiblemente sea el retrato de algún contemporáneo del artista cretense.

5.- Espíritu Santo

El Greco juega con la correspondencia de las miradas de manera que la composición se centra en la figura de la Virgen, cuyos ojos nos guían hacia el Espíritu Santo a la vez que todo queda envuelto en una atmósfera en la que intencionadamente lo natural y lo sobrenatural se funden. Cuando el Espíritu de Dios desciende sobre aquellos que le siguen toda su vida se llena de la presencia divina y la transforma en una vida nueva.

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