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Perspectiva de “género” católica 

Mucho se habla, más ahora durante el mes de junio, cuando cierto sector de la sociedad se empeña en darle visibilidad ad nauseam a la causa gay, del “género”, denominado “teoría” por sus promotores e “ideología” por sus detractores. Según la visión simplista y estereotipada que transmiten los medios de comunicación, frecuentemente superficiales, simplemente la Iglesia católica, las comunidades evangélicas y todo integrista, conservador y reaccionario están en contra del “género” en bloque, mientras que los progres se encontrarían a favor, ¿es esto correcto?

Sin embargo, los términos para referirse al “género” no se agotan en “teoría” o “ideología”; existe también la “perspectiva de género”, la cual, por lo menos en su formulación, ni lo rechaza ni lo bendice, es más aséptica. Se contenta con afirmar, simplemente, que es una herramienta útil para analizar sociológicamente la realidad humana. Pocos imaginarían, además, que existe una auténtica “perspectiva de género católica”, es decir, un modo de aproximarse a la realidad social del hombre, que considera relevante la categoría “género”, presente en los documentos y en la enseñanza oficial de la Iglesia.

En efecto, en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia (n. 286) del Papa Francisco leemos:

“Tampoco se puede ignorar que en la configuración del propio modo de ser,  femenino o masculino, no confluyen sólo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las experiencias vividas, la formación recibida, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas, y otras circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptación. Es verdad que no podemos separar lo que es masculino y femenino de la obra creada por Dios, que es anterior a todas nuestras decisiones y experiencias, donde hay elementos biológicos que es imposible ignorar. Pero también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido. Por eso es posible, por ejemplo, que el modo de ser masculino del esposo pueda adaptarse de manera flexible a la situación laboral de la esposa. Asumir tareas domésticas o algunos aspectos de la crianza de los hijos no lo vuelven menos masculino ni significan un fracaso, una claudicación o una vergüenza. Hay que ayudar a los niños a aceptar con normalidad estos sanos «intercambios», que no quitan dignidad alguna a la figura paterna. La rigidez se convierte en una sobreactuación de lo masculino o femenino, y no educa a los niños y jóvenes para la reciprocidad encarnada en las condiciones reales del matrimonio. Esa rigidez, a su vez, puede impedir el desarrollo de las capacidades de cada uno, hasta el punto de llevar a considerar como poco masculino dedicarse al arte o a la danza y poco femenino desarrollar alguna tarea de conducción. Esto gracias a Dios ha cambiado, pero en algunos lugares ciertas concepciones inadecuadas siguen condicionando la legítima libertad y mutilando el auténtico desarrollo de la identidad concreta de los hijos o de sus potencialidades”.

Es decir, Francisco se limita a rescatar lo elementos razonables que contiene la “perspectiva de género”. No todo está mal en ella, no se rechaza en bloque. Es necesario expurgar los elementos positivos, valiosos, constructivos que ofrece a la sociedad, separándolos de otros contenidos de matriz ideológica y perniciosa (denunciados en el número 56 del documento). La masculinidad y la feminidad no son algo rígido, y por ello no supone ningún desdoro para el hombre participar en las tareas del hogar. No solo es posible, sino conveniente e incluso necesario hacerlo. Además, hay que superar viejos clichés esclerotizados que suponen una “sobreactuación de lo masculino y lo femenino”, de forma que cada quien pueda desarrollar libremente las inclinaciones que sean de su gusto, y así una chica ser futbolista mientras un chico se dedica a la danza, sin despertar por ello ningún tipo de extrañeza o suspicacia.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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