Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|Miércoles, Agosto 23, 2017
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Por sus frutos los conoceréis 

Roma, año 67 d. C., un grupo de cristianos permanece escondido en las caballerizas de la rica casa de un importante patricio romano, el procurador Flavio Emeritus, destacado funcionario del emperador Nerón. Ya llevan allí tres días esperando el mejor momento para huir de Roma. Algunos criados del procurador Flavio son también cristianos y han conseguido esconder a sus hermanos en la fe para evitar que caigan en manos de los soldados del emperador. Han preparado la huida para esta noche. Desde hace meses los cristianos son perseguidos y asesinados cruelmente por mandato del emperador Nerón. Se les acusa injustamente de todo tipo de crímenes, pero sobre todo del incendio de Roma ocurrido hace un año. Marcus es el secretario personal del procurador Flavio. Sabe muy bien que el grupo de cristianos al que acoge y esconde es muy especial porque en él está Pedro, el pescador de Galilea considerado por todos como la cabeza de la Iglesia de Jesús en Roma.

—Aquí tenéis las provisiones para el viaje: agua, comida, túnicas y dinero.

— Gracias, Marcus. Pero, ¿de dónde has sacado todo esto? ­—pregunta Pedro.

—No te lo he querido decir hasta ahora para no complicar más las cosas, pero mi amo Flavio sabe que estáis aquí, y él mismo me ha entregado este dinero para las necesidades del viaje.

—¿Sabe tu amo a lo que se expone por dar cobijo y ayudar a un grupo de cristianos?

—Lo sabe perfectamente. Nadie mejor que él conoce la crueldad de nuestro emperador al que, muy a su pesar, sirve con su trabajo. Aunque no habla mucho conmigo de esto, creo que simpatiza con nuestra fe. No sé muy bien de qué nos conoce pero alguna vez me acompañó de incógnito en nuestras reuniones nocturnas antes de iniciada la persecución. Hemos querido mantener todo esto en secreto por su seguridad y la mía.

—Es evidente que la mano de Dios no distingue entre plebeyos y patricios, ricos o pobres, esclavos y libres. Las almas son las mismas y a todas las busca el Señor —señala Pedro con tono paternal.

—Sí, ciertamente mi amo es rico. Siempre lo ha sido. Pero desde que le sirvo, hace más de quince años, nunca le he visto disfrutar de verdad de su inmensa riqueza. Por el contrario, su vida privada es muy austera y se preocupa continuamente del bienestar de sus súbditos, como si fuesen sus hijos. Ha puesto en marcha muchas obras sociales en su jurisdicción para los más necesitados del distrito. Es muy respetado entre nosotros por su condición de patricio pero también por su bondad. No sé si es cristiano o no, pero por sus obras lo parece.

—Dale las gracias de mi parte. No olvidaremos fácilmente su valiente generosidad.

—¡Vamos! Ahora es buen momento, ya es noche avanzada. Salid ya y que Dios os proteja —les apremia Marcus, bastante preocupado.

Pedro y su grupo se van alejando en la espesura de la noche hacia el bosque. A las cuatro horas de su partida, aún de madrugada, se escuchan fuertes golpes en la puerta principal de la casa del procurador Flavio.

—¡Abran la puerta! En nombre del Emperador, ¡abran la puerta!

Un criado, muy asustado, abre y al instante, empujando al criado, varios soldados romanos entran en la casa del procurador. Tras ellos lo hace su oficial.

—¡Rápido, avisad a vuestro amo! Es un asunto grave —ordena el centurión a los criados que ante el estruendo de lo golpes, casi en pleno, se concentraron en el atrio de la casa.

A los pocos minutos aparece también el Procurador Flavio con cara de preocupación . Detrás de él, su querido sirviente Marcus.

—¿Qué ocurre aquí, centurión? ¿Qué horas son estas de irrumpir de este modo en la casa de un funcionario del emperador?

—Procurador Flavio, si no fuese un asunto grave no estaría aquí con mis hombres. Esta noche hemos apresado a un grupo de cristianos que intentaba huir de Roma por el bosque. Nos consta que han estado escondidos en esta casa y bajo la protección de alguno de sus sirvientes. Tengo orden de apresarle por grave traición a Roma.

—En mi casa no hay ningún traidor —contesta con seriedad el procurador al centurión—. Le deben de haber informado mal.

—Mire estas túnicas, procurador —un soldado, a la indicación de su superior, arrojó al suelo del atrio varias telas de tejido fino—. No son de plebeyos. Las llevaban encima los cristianos apresados, para protegerse del frío del bosque. Llevan grabado el sello de su casa…. Parece que sus criados le roban y, además, para ayudar a traidores del Imperio y de los dioses.

Con tono cada vez más crispado el centurión añade:

—No puedo estar aquí toda la noche interrogando a su servidumbre. Entrégueme al culpable o todos pagarán por ello.

—No es necesario ningún interrogatorio. He sido yo —contesta con serenidad y entereza el criado Marcus, que dando un paso al frente y poniéndose por delante de su señor se delata ante el centurión—. Yo albergué a esos hombres en esta casa y les protegí de la injusta persecución a la que se les somete. Lo hice porque son mis hermanos de fe en el único Dios verdadero y en su hijo Jesucristo. Yo también soy cristiano como ellos.

—Pues acabemos con este asunto ahora mismo —sacando su espada se dirige a Marcus para degollarle, pero el procurador Flavio se pone delante de él.

—No toques a este hombre.

El centurión se asombra de la actitud del procurador. Ajusticiar a un plebeyo tras una manifiesta falta grave es natural en la vida de Roma. Flavio, mirando con serenidad y valentía a los ojos del centurión sale en defensa de su criado:

—Él no es responsable del delito. Esos cristianos fueron alojados en mi casa con mi consentimiento. Soy el único responsable de todo. Este criado solo cumplía mis órdenes. Si tienes que apresar a alguien es a mí —concluye con tono desafiante.

—¡¡Es el loado procurador Flavio Emeritus un traidor de Roma, un cristiano!! —exclama con ira y asombro a la vez el centurión—. ¡Por todos los dioses! ¡Arrestadlos a todos! —grita el centurión mientras envaina su espada con brusquedad—. ¡Salgamos cuanto antes de esta casa de locos!

En una de las cárceles de Roma centenares de cristianos esperan su destino. Unos arderán como antorchas humanas para iluminar los jardines del emperador Nerón, otros serán crucificados o decapitados. Algunos servirán como diversión a la plebe en el Circo mientras son devorados por las fieras. En torno a Pedro todos rezan y se mantienen consolados con sus palabras. Pedro se acerca a Flavio, que se encuentra sentado en un rincón de la fría cárcel junto a su fiel sirviente Marcus y otros criados de su casa.

—Procurador Flavio, quisiera darte las gracias por todo lo que has hecho por nosotros.

—Aquí no hay procuradores ni reyes, ricos ni pobres. Todos somos iguales y a todos nos espera lo mismo…

—Siento que tengas que compartir este final con nosotros. Marcus nos dijo que simpatizabas con nuestra fe.

—No lo sientas, Pedro. Probablemente este suceso me ha obligado a proclamar lo que siempre he llevado dentro y no he tenido el coraje de manifestar hasta ahora. Espero esta vez sí estar a la altura de su llamada…

—¿Qué quieres decir con eso? No te entiendo.

—Tú no te puedes acordar porque ha pasado mucho tiempo, pero ya nos hemos visto en una ocasión en Judea. Allí vivía entonces con mi familia. Hace muchos años Él me pidió que le siguiese y no tuve valor. Por eso espero esta vez, con muchos más años, tener el coraje de seguirle en lo que me pida…

—¿Conociste al Señor?

—Sí, en un breve pero inolvidable encuentro.

Y comenzó a relatarle a Pedro el viejo pero imborrable recuerdo: «Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico» (Mc 10,17-22). 

Tras el relato y ante la atenta mirada de Pedro, el procurador Flavio continuó hablando:

—He vivido todos estos años intentando no apegarme a mis muchos bienes para no ser como uno de esos ricos que “nunca entrarán en el reino de los cielos”. He tratado de compartir lo que tengo y he procurado no cimentar mi vida en las cosas materiales. He rezado al único Dios verdadero. Nunca me olvidé de Él. He intentado vivir como un cristiano, a pesar de mi cargo y mi riqueza. Creo que por eso ahora estoy aquí como uno de vosotros…. Hoy por primera vez en mi vida, aunque lleno de humano temor, tengo la paz que tanto he buscado y que nunca la riqueza ni mi rango me otorgaron. Hoy, al declararme cristiano ante el centurión y sentenciarme yo mismo a la muerte, siento que por una vez y con total claridad no le he defraudado, que he vivido en la plena verdad. Es irónico pero cuando llego al final de mi vida es cuando parece que empiezo de verdad a vivirla.

Pedro miraba con ternura a ese joven rico ya un poco más viejo, y abrazándole le dijo:

—El Señor te miró como mira a sus elegidos. A unos les quiere a su lado al instante y a otros más tarde.

—No he podido nunca olvidar esa mirada. Me ha perseguido toda mi vida desde dentro del corazón. Era la mirada del verdadero amor, de aquel que es capaz de dar la vida por mí, aunque no lo merezca. Por eso, para mí ahora estar aquí contigo es un motivo de profundo gozo. Por fin puedo devolver la mirada de verdadero amor a aquel que me amó primero y a quien en otro tiempo no tuve el coraje de corresponder. “Ven y sígueme”, me dijo entonces y no le seguí, pero ahora sé que lo estoy haciendo.

—Flavio, yo creo que ese día el Señor al mirarte ya contempló en tus ojos este momento que ahora compartimos. ¡Qué dicha poder dar testimonio de Él con nuestras vidas! Él no nos abandona y pronto veremos su rostro cara a cara.

A los pocos días, Pedro moría en el monte Vaticano crucificado boca abajo y Flavio era devorado, junto a toda su servidumbre, por las fieras en el anfiteatro de Roma, ante la curiosa mirada del que fuera su emperador.

Texto: Jerónimo Barrio
Ilustraciones: Raquel Fernández de Bobadilla

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