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Primero Dios 

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He decidido sacaros de la tribulación de Egipto al país de los cananeos, los hititas, los amorreos, perizitas, jivitas y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel. Ellos escucharán tu voz, y tú irás con los ancianos de Israel donde el rey de Egipto; y le diréis: Yahvé, el Dios de los hebreos, se nos ha aparecido. Permite, pues, que vayamos camino de tres días al desierto, para ofrecer sacrificios a Yahvé, nuestro Dios(Éx 3,17-18).


Quiero empezar esta catequesis con una pregunta: ¿Qué hay detrás de las palabras que Dios dice a Moisés quien, a su vez, tiene que transmitidas al Faraón: Permítenos que vayamos camino de tres días al desierto, para ofrecer sacrificios a Yahvé, nuestro Dios?

Si nos fijamos bien, todo esto parece un contrasentido. No parece muy razonable que la primera y más urgente necesidad que un pueblo sufriente, embrutecido por la esclavitud con la violencia interna y externa que ello supone, sea la de adentrarse en el desierto para dar culto a Dios. Bien es cierto que Yahvé se portó muy bien con sus antepasados. Mas después como que se escondió mucho, mucho tiempo…, demasiado; y les ha dejado caer en el más profundo de los sufrimientos.

Justamente por lo increíble del cuadro escénico no es posible atribuir la redacción de este texto a ninguna mente humana. Sólo por la acción del Espíritu Santo pudo alguien coger pluma y pergamino, y grabar palabras que nunca y bajo ningún concepto se hubieran escrito desde la sabiduría humana.

Por supuesto que los dioses mitológicos habrían “inventado por medio de los hombres” una liberación mucho más real y acorde con el sentir normal de los pueblos; nos habrían transmitido toda una serie de acontecimientos favorables y fantásticos que culminarían con la huída y liberación de los oprimidos. Entonces, más adelante, sólo mucho más adelante, se daría lugar a una acción de gracias a los dioses del Olimpo.

La intención catequética del autor, iluminado, como ya he señalado, por el Espíritu Santo, es más que evidente. El buen orden de las prioridades es el que fragua el orden, es decir, la armonía del hombre. No es que poner a Dios en primer lugar devenga en un detrimento para la persona, sino todo lo contrario; el mismo Dios cuida tierna y solícitamente a todos aquellos que a Él se acogen como Padre.

y es que Dios se manifiesta como Padre. Cómo no recordar ahora las bellísimas palabras de Jesús a sus discípulos: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mt 7,7-11).

P. Antonio Pavía 

Partamos, como si fuese un pan, este hermosísimo texto. Dice Jesús a los suyos:

Vosotros tenéis el pecado original; sois, por lo tanto, avarientos, rencorosos, envidiosos… Aun así os desvivís por vuestros hijos y llegáis hasta privaros de cosas que necesitáis por satisfacerles. Si vosotros hacéis esto con ellos porque son vuestros hijos, qué no hará Dios con todos aquellos que, por la fuerza y poder del Evangelio, han llegado a ser hijos suyos.

Ser hijos de Dios. No vamos ahora a entrar en cuestiones teológicas acerca de este tema. Nos vamos a limitar simplemente a lo que nos dice Juan en el Prólogo de su Evangelio. En él podemos ver que Jesús da poder de “hacerse hijos de Dios” a todos aquellos que reciben y acogen su Palabra: “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1,9-12).

Es un recibir la Palabra, el Evangelio, no sólo en la mente sino y sobre todo en el corazón, allí donde realmente Dios se hace Presencia viva. Acogida así en el corazón, ya no tiene sentido el hablar de prioridades. Al acogerlo, el hombre ha escogido su prioridad absoluta.

Por la palabra sembrada en el corazón Dios es el primero en todo. Lo demás, lo “otro” que el hombre necesita porque vive en el mundo, Él, que es Padre, se lo dará por añadidura. Esto podría parecer una exageración o literatura barata. En efecto, podría serio, y de hecho lo sería, si no fuera porque son palabras textuales del mismo Hijo de Dios, el Señor Jesús: “Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis … Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?.. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6,25-33).

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