Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, julio 15, 2018
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Que mi alimento sea hacer siempre tu voluntad 

«Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en ella, sino que los discípulos se habían marchado solos. Entretanto, unas barcas de Tiberiades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan sobre el que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí?”. Jesús les contestó: “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello».  Ellos le preguntaron: “Y, ¿qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?”. Respondió Jesús: “La obra que Dios quiere es esta, que creáis en quien Él ha enviado”». (Jn 6,22-29)

 


 

El relato que se nos presenta ocurre inmediatamente después de que Jesús diera de comer a cinco mil hombres con cinco panes de cebada y dos peces y antecede a la explicitación de que Él es verdadera comida y verdadera bebida, de consumo obligatorio para quienes quieran tener acceso a la vida eterna. Según deja entrever San Juan, todo el comportamiento de Jesús está en función de esa gran revelación, fruto de su inmenso amor a los hombres, que será la Eucaristía que piensa dejarnos como herencia permanente de la que todos estamos llamados a beneficiarnos.

Con estas ideas como antecedente, se puede pasar a analizar el comportamiento de los judíos y comprobar que no dista mucho del que hoy tenemos bastantes cristianos. En efecto: maravillados por la facilidad con que el Maestro ha satisfecho hasta la saciedad su primaria necesidad de alimentación, al día siguiente lo buscan afanosamente y no paran hasta encontrarlo.

También nosotros, que creemos en Él, hemos podido ver cómo nos ha saciado con sus dones cuando nos ha proporcionado lo que en algún momento ansiaba nuestro corazón más que nada: aprobar ese examen que no llevábamos demasiado bien preparado, conseguir un buen trabajo, un ascenso antes de lo esperado o un aumento de sueldo cuando más lo necesitábamos, salir ilesos de un accidente o recuperarnos pronto de cierta tremenda enfermedad, conseguir el amor de determinada persona, etc.

Por eso, como conocemos su poder, lo buscamos de mil maneras, pero… no lo encontramos; da la sensación de que nos ha abandonado. Entonces, de la misma manera que los judíos del Evangelio cruzan el mar hasta alcanzarlo en Cafarnaún,   nosotros vamos a la Iglesia y no cesamos de rezar pidiendo sus dones para salir de apuros y… ¡que se haga nuestra voluntad! Naturalmente, parece que el Señor no nos escucha.

Lo que pasa es que Él nos quiere preparar para darnos el mayor don que pueda imaginarse, ese que a cada uno de nosotros nos facilitará el camino a la Vida. Pero, enfrascados en nuestros mezquinos intereses, nos empeñamos en no atender sus sugerencias y, de hecho, no aceptamos su voluntad. ¡Tememos las “exigencias” evangélicas!

En realidad, todo lo que el Señor nos concede y todo lo que permite que nos pase, aunque nos parezca malo, no son más que gracias para llevarnos a la Vida. Jesús desea ser amado sobre todas las cosas, no porque necesite de nuestro afecto, sino porque sabe que esa es la manera de que seamos inmensamente felices, cualesquiera que sean las circunstancias que nos rodeen. Y para eso, es imprescindible que nos abandonemos en sus manos de la misma manera que un niño pequeño va agarrado a la mano de su padre sin la menor preocupación por lo que le pueda pasar: se siente seguro. En cambio, nosotros tendemos a huir de la precariedad, a querer tener todo previsto, a planificar nuestra vida hasta en los menores detalles y, para asegurarnos de que… “se hará nuestra voluntad”, no paramos de rezar pidiendo por el cumplimiento de nuestros deseos. Y encima, ¡nos creemos mejores que los que no van a la Iglesia!

El resultado es que vivimos angustiados, nos auto-justificamos con dichos como ese de “A Dios orando y con el mazo dando”, que no recuerdo haberlo visto en ningún Evangelio… No cabe duda de que el mundo va tan mal como va, en parte, por la falta de cristianos auténticos y por la sobreabundancia de fariseos modernos.

Sí, conviene rezar y mucho; pero desde la humildad de sentirse el último, desde la aceptación de la voluntad de Dios sobre todas las cosas, abandonándose en sus manos en todo momento y agradeciéndole cuantos acontecimientos nos ocurran porque absolutamente todos son estupendos para nuestra salvación individual y la de muchas de las personas que nos rodean. Esto es lo único que verdaderamente importa.

Juan José Guerrero

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