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Salmo 11 (10) – En el Señor me refugio 

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
“Escapa como un pájaro al monte”?
¿Por qué los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas de la cuerda,
para disparar en la sombra
contra los buenos?

Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?
Pero el Señor está en su templo santo.
El Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia Él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.
Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.


El libro de los Salmos está incluido en el grupo de los libros poéticos y sapienciales. Son, grosso modo, poemas, y como tales expresan la mayoría de los sentimientos que una persona puede experimentar. He elegido este salmo porque expresa perfectamente los sentimientos que esta sociedad en la que vivimos y nos vemos inmersos, nos aconseja en muchísimas ocasiones.

Salmo de confianza individual, estructurado en dos partes: en la primera (vv. 1-3) el salmista confiesa su actitud religiosa y formula una pregunta a sus oyentes; en la segunda se reafirma en sus sentimientos de confianza en la justicia divina (vv. 4-7).

Los sentimientos que saltan a la vista son el de la confianza y la esperanza; sentimientos que muchas veces brillan por su ausencia en esta sociedad tan desorientada. Porque lo más fácil siempre es huir, esconder la cabeza… Son consejos que habitualmente te ofrecen los más allegados, los bienintencionados, que creen que es lo mejor que hay que hacer: “¿Para qué enfrentarte y ponerte en evidencia, si no es necesario y no vas a salir nada ganando? ¿No es mejor dejarlo estar? ¿Para qué crearse dificultades?”. Al final, estamos dándole la razón a aquellos que piensan que la religión, la relación con Dios, hay que vivirla privadamente de uno con Dios y se acabó. ¿Para qué expresarla públicamente?

Frente a esto, el salmo nos invita a lo opuesto totalmente. A poner nuestra confianza y esperanza de una forma radical en Dios. Si yo he experimentado que Dios está conmigo y me ayuda —me refugio en Él—, ¿cómo voy a huir? ¿De qué tener miedo?

aunque todo parezca noche, no escapes

Es cierto que los malvados tensan el arco, están al acecho. Pero si espero en el Señor —como dice el salmo—, ¿qué pueden hacerme? Si mi esperanza está en Dios, yo sé que actuará y me protegerá frente a estos ataques. Porque la justicia de Dios está con aquellos que esperan en Él, no en los poderosos que confían en su fuerza y su inteligencia.

Por eso, sigue diciendo el Salmo, que se confíe en la justicia de Dios. Esa justicia que Dios ejerce desde el cielo, frente al pobre que solo puede confiar en Él; esa justicia que nos hace estar tranquilos y confiados a pesar del peligro que nos amenaza.

Frente a la violencia a la que nos invita esta sociedad, la confianza y la esperanza en Dios, que protegerá al manso y humilde que se ponga en sus manos, es toda una garantía. De ahí que podamos proclamar al mundo que Dios no está callado, sino que actúa; solamente hay que estar atento en los momentos en que se produce la justicia de Dios; pero resaltando siempre que la justicia de Dios no es la nuestra y que Él, probablemente, utilice su justicia no como a nosotros nos gustaría, destruyendo a todo aquel que va contra nuestros pensamientos, nuestra verdad.

Nosotros utilizaríamos una justicia “justiciera”. La del ancho del embudo; lo más beneficioso siempre para mí, no para el otro. O sea, en nuestro provecho. Pero la justicia de Dios, como se ha dicho anteriormente, es desconcertante, porque es para todo aquel que se acoge a Él, sea de la condición que sea; por eso, en tantísimas ocasiones no la entendemos. No se atiene a nuestros parámetros humanos.

Antonio José Díaz Acosta

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