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Salmo 122: La alegría de la peregrinación 

¡Qué alegría cuando me dijeron:

«Vamos a la casa del Señor»!

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada

como ciudad bien compacta.

Allá suben las tribus,

las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,

a celebrar el nombre del Señor;

en ella están los tribunales de justicia,

en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:

«Vivan seguros los que te aman,

haya paz dentro de tus muros,

seguridad en tus palacios».

Por mis hermanos y compañeros,

voy a decir: «La paz contigo».

Por la casa del Señor, nuestro Dios,

te deseo todo bien.

Si hay un salmo que permanece vivo es el 122 cuando tomamos del autor sagrado las palabras que expresan los sentimientos que embargan el alma de quien se acerca a la meta espiritual, hacia la que ha dirigido sus pies, muchas veces por cumplimiento de un voto o promesa, o también para celebrar la fiesta patronal, o la visita al lugar que le trae el recuerdo de las gracias recibidas.

El peregrino rompe a cantar —y hay veces que a llorar al mismo tiempo— de gozo y emoción, porque tiene ante sí, a la vista, la silueta del santuario donde desea dar gracias a Dios o encomendar una causa íntima. Hay que hacerse cargo del contexto de la peregrinación a pie, a lo más en cabalgadura; de ahí la expresión: «Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén». Cuando se llevan varias jornadas de camino, cuando se ha superado el cansancio, la sed, el desánimo, los contratiempos y hasta los posibles peligros por inseguridad, al dar vista a la ciudad santa, al Monte del Templo, el lugar de la presencia divina, surgen el cántico, la alegría y la emoción incontenibles.

Desde antiguo se creía que los lugares altos eran más sagrados, porque estaban más cerca del cielo, más cerca de Dios. Por eso tantos santuarios se han edificado sobre las montañas. Jerusalén está a 900 metros sobre el nivel del mar, pero si se tiene en cuenta que Jericó está a 250 bajo ese nivel, ir desde allí a la ciudad santa era una subida muy real, más aún si el desnivel se desarrolla en una distancia relativamente corta, solo 34 km.

¡Qué alegría cuando me dijeron: “vamos a la casa del Señor”!

El salmo tiene dimensión comunitaria: «Allá suben las tribus». La peregrinación debía hacerse en caravana, por seguridad y por coincidencia con las fiestas de Pascua, sobre todo. Y un deseo natural que nos intercambiamos en las fiestas principales es el de la paz. Nos felicitamos, y nos deseamos buenos augurios: «Desead la paz a Jerusalén, vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, en tus palacios seguridad».

Jerusalén significa «ciudad de paz». El don de la paz es una súplica constante, y en estos tiempos conviene elevar la súplica por Jerusalén, pero sobre todo por la Iglesia, la nueva Jerusalén, y por tantos cristianos perseguidos. «Por mis hermanos y compañeros voy a decir: “La paz contigo”». Es el saludo religioso, social, sacramental: «La paz con vosotros», así saluda el Resucitado a los suyos.

Siempre es actual el deseo de que nos acontezca el bien y la paz. San Francisco de Asís tomó posiblemente de este salmo su saludo: «Paz y bien».

Con el salmista, y con el rumor de tantos peregrinos que avanzamos por la vida hacia la Casa de Dios, llenos del gozo interior que concede el saberse peregrino y no vagabundo —porque la vida tiene un sentido y se dirige al Santuario eterno, donde habita la gloria de Dios— te invito a repetir, como hace el coro, a modo de antífona: «¡Qué alegría cuando me dijeron: “vamos a la Casa del Señor”».

Ángel Moreno Sancho
Capellán del Monasterio de Buenafuente del Sistal

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